Poesía en la paleta

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Poesía en la paleta
Poesía en la paleta
José León-Castro Alonso
- Catedrático de Derecho Civil

31 de diciembre 2016 - 04:31

Anadie nunca le hizo falta saber, cosa relativamente habitual en nuestra ciudad, que el bueno de Antonio Adelardo se llamara además por parte de padre y madre, García Fernández. Él era para casi todos cuantos lo trataron Antonio Adelardo a secas, e incluso muchos creyéndolo llamar por su apellido le aludían como Adelardo.

Entre esos amigos, que muchos y muy buenos los tenía, no faltaban los que a menudo con la más cariñosa de las sornas lo aguijoneaban deseándolo oír y le espetaban: "Claro, claro, Antonio, es que con esa especialidad tuya (recordemos que Adelardo era Doctor en Dermatología y enfermedades venéreas) y la ubicación de tu consulta (en plena Plaza de San Martín, muy próxima a la Alameda de Hércules) no te faltará nunca una numerosa clientela, ¿no es así?". A lo que el bueno de Antonio, lejos de molestarse, se limitaba a sonreír con la claridad y nobleza que adornaban todo su espíritu. Es de justicia aclarar, no obstante, que hay total y completa constancia, por el contrario, y de las mejores fuentes, que Antonio Adelardo casi nunca cobraba nada y que las contadas veces en que lo hacía, solía sugerir a sus pacientes que depositaran los eventuales honorarios en la cercana casa Congregación de las Hermanas de La Cruz. Eso era sólo una parte de aquel gran hombre, todo bondad y generosidad.

Con Adelardo se agotarían fácilmente la inmensa mayoría del amplio elenco de adjetivos que el DRAE ofrece. Bellísima persona, excelente médico, cultísimo casi a su pesar, magnánimo, humilde, comprensivo, descomunal y selectísimo poeta, pintor sublime gracias a un genio creador que le llevó a odiar con su usual vehemencia el impresionismo.

Antonio Adelardo un día cualquiera en sus frecuentes y agotadores paseos sin rumbo por los más recónditos rincones de Sevilla por donde le encantaba perderse, descubría una particular visión de la Giralda -de las muchas desde las que a diario la soñaba-, la guardaba fiel y celosamente en su retina, buscaba más y más inexploradas ópticas, creaba y recreaba incansablemente detalles pictóricos que luego idealizaba y de pronto, como por arte de esa magia que solo los genios atesoran, de allí salía el más hermoso poema que jamás nadie haya podido escribir sobre la turris fortissima.

Y también, viceversa, en otras muchas ocasiones el proceso creativo transformaba el guión sin que no obstante para nada el resultado se viera alterado. Emborronando folios y folios, al fin evocaba aquella esbelta y empinada torre, y al rato la imagen se trasladaba al lienzo ataviada de flamenca y casi arrancándose por bulerías. Y es que al fin y a la postre, como intuyera el incomparable Leonardo, "la pintura es poesía muda, la poesía pintura ciega". Tanto cautivó a Adelardo su Giralda, que llegó a revelarnos el noviazgo inconfesable que mantuvo con el Greco, "...por ti, soñó en Toledo con Sevilla...".

Otras muchas veces, fruto de sus frecuentes ensoñaciones junto al mar, ese Atlántico tan cercano a su natal Olvera, la Giralda emergía como una sensualísima sirena, siempre recurrente. ¡Ay, aquellos verdes y morados de Antonio, incomprensibles para el vulgar espectador, y aquellos bandoleros de generosas patillas y redecillas en la cabeza, o aquellas gitanas adultas, de gruesos labios, de su amada sierra gaditana, mucho más allá, si se me permite, de Lorca, de Bacarisas, o del mismísimo Ressendi! Y también ¡ay de aquel poema al que antes me referí!, que tanto gustaba de declamar, sobre todo cuando en un final absolutamente apoteósico le rogaba a su torre más querida y ensoñada "¡collar del vértigo, palomas, golondrinas, acuérdate de mí cada noviembre, torre como ninguna, ¡amiga mía!". Así era Antonio Adelardo, enternecedor e insuperable.

Adelardo era asiduo, como tantos buenos sevillanos de la época, a una tertulia que en el viejo y añorado Bar España tenía lugar cada lunes y a la que concurrían personalidades tales José Villar Caso, Rafael Cabrera, Antonio Altube, Emilio Pujol, Ángel Rodríguez de Quesada, Joaquín Varela Requena y mi padre naturalmente. Era una de esas tertulias, verdaderos templos de amistad, de las que por desgracia ya apenas quedan en Sevilla. La conversación en ocasiones rayaba en lo políticamente incendiario pero el debate más habitual solía ser la literatura. El único tema que Antonio por principio no admitía era el de la edad, su misterio insondable y su discusión innegociable; siempre quiso permanecer niño y yo creo que hasta llegó a conseguirlo.

En aquella tertulia, con frecuencia a Antonio le hacían recitar algún poema suyo, que todos se sabían de memoria pero que no ocultaban la emoción de ver a Adelardo emocionarse, petición a la que a menudo él se resistía al tiempo que distraídamente se iba entreteniendo en trazar cuatro rasgos caricaturescos de algún contertulio en una servilleta, alguno de los cuales conservo y doy fe de que son más fidedignos que la mejor de las fotografías. Su sencilla y entrañable personalidad se grababa en la memoria de cualquiera, sobre todo por lo compulsivo de su gesticulación, tal vez en ocasiones rayana en el histrionismo, que le hacían ser particularmente sencillo, más convincente y cercano aún.

Aunque me gustaría pensar que jamás se perderá su recuerdo, pues fue amigo noble y leal donde los hubiera, me temo que de casi todo lo demás, sus pinturas y sus poemas, apenas queda nada. Lienzos, escritos, apuntes, dibujos o las mil formas de manifestar su inmensa creatividad y su exquisito arte, desaparecieron o se malvendieron, pero su rastro ha desaparecido casi por completo de los mercados al uso. No obstante todo aquello, sirvió para que al menos prevaleciera ya por siempre la sonrisa y el carisma de un hombre excepcional, un romántico de vocación, como fue el cada vez más admirado Antonio Adelardo.

A la izquierda, Antonio Adelardo García Fernández.

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