El abrazo de dos íntimos enemigos

Calle Rioja

A la consulta del dentista sevillano José María Llamas junto a la Feria llegó un ejemplar dedicado de la nueva novela de Vargas Llosa, que puso junto al libro que Gabriel García Márquez le dedicó en México

A la izquierda ejemplares (tapados) de Vargas Llosa. A la derecha, expositor de García Márquez.
A la izquierda ejemplares (tapados) de Vargas Llosa. A la derecha, expositor de García Márquez.

19 de noviembre 2010 - 05:03

EN el escaparate de la Casa del Libro conviven estos días dos íntimos enemigos. A un lado, El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa. Al otro, Yo no vengo a decir un discurso, de Gabriel García Márquez. El Nobel de 1982, año del Mundial de España, y el Nobel de 2010, año del Mundial que ganó España. Mejor de visitante que de local.

Esa convivencia tiene en Sevilla un precedente que es una bella secuela de la encarnación de la ficción en realidad. El dentista José María Llamas (Málaga, 1955) fue de los primeros en comprar y leer la última novela de Vargas Llosa. Le sorprendió llegar a su consulta, junto al campo de la Feria, abrir un paquete y encontrarse el libro del que ya había dado cuenta. Pensó en alguien a quien regalárselo hasta que lo abrió por la primera página y encontró la dedicatoria. "Para José María Llamas. De Mario Vargas Llosa. Un fuerte abrazo". Regalaría el que ya había leído.

Vargas Llosa escribió hace años un artículo que tuvo mucha más repercusión que el discurso que en su momento leerá durante la recepción del Nobel en Estocolmo. El escritor peruano hacía uso de una metáfora y venía a decir que un mundo sin literatura era un mundo de afasia y tartamudez. Esa analogía desencadenó una catarata de reacciones, unas mesuradas, otras menos condescendientes, procedentes del colectivo de tartamudos. De las primeras, a la oficina de Vargas Llosa llegó una educada nota de uno de sus admiradores, el doctor José María Llamas, que años después ha encontrado el abrazo postal de tan célebre remitente.

El doctor Llamas le contó en su carta al escritor que había sido invitado a Madrid para dar una conferencia sobre cómo dar una conferencia y hablar en público. Ha colocado la novela dedicada en su estantería junto a un ejemplar también dedicado de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. Al escritor colombiano lo conoció en México, donde el doctor Llamas coincidió en un congreso profesional con un dentista nicaragüense que había sido uno de los siete comandantes del Frente Sandinista que entró en Managua para derrocar a Anastasio Somoza. El ex guerrillero era amigo personal de García Márquez y se lo presentó en una cena.

El sueño del celta y El amor en los tiempos del cólera comparten la vecindad que perdieron sus autores. Por si hubiera desavenencias entre los personajes de estos libros, hijos figurados de sus autores -el novelista es el único hombre madre capaz de engendrar-, el doctor pondrá una aduana fronteriza con su libro de cabecera, las obras completas de Jorge Luis Borges, que murió el mismo año 1986 en que su país, Argentina, ganó el Mundial de México.

El último verano pensé en el doctor Llamas. Sonaban los himnos de España y Portugal en el partido de octavos de final del Mundial de Sudáfrica. Daba miedo la dentadura de los portugueses: se veían sus dientes, piedras de sílex antes de entrar en el combate rectangular, porque cantaban el himno de su país. El de España no tiene letra y no veíamos a los nuestros amedrentar a la cámara con ese esqueleto a escala que es la dentadura. José Saramago acababa de morir y se disputaban un puesto en cuartos los dos sumandos de su Iberia soñada, el equipo de José y el de Pilar. Dos nombres unidos ahora en una película que se estrena en el festival de cine de Ronda. Saramago también ganó el Nobel en año de Mundial: se lo llevó Francia en París, un equipo lleno de negros para sonrojo de Le Pen. El portugués era amigo de los dos enemigos que comparten la estantería borgiana de José María Llamas. El dentista fue a dar una conferencia en Oporto, ciudad que será una fiesta con la reedición amistosa de aquel duelo de octavos entre dentaduras e himnos del Mundial de Sudáfrica. El amistoso se disputó un día después del primer cumpleaños de Saramago sin Saramago. Al Nobel de Azinhaga le habría divertido el homenaje a Manuel Vázquez Montalbán en uno de los cambios de la selección lusa: entra Pepe por Carvalho.

Muy cerca de la estantería donde comparten celebridad García Márquez y Vargas Llosa (los primeros apellidos de ambos forman los de Eulogio García Vargas, mi suegro, que creció en el Macondo de Santa Olalla criando cochinos), en el Círculo Mercantil pronunció ayer Andrés Trapiello el pregón inaugural de una nueva edición de la Feria del Libro Antiguo. De casta le viene al galgo, porque hace años encontré en Lucena, capital cordobesa del mueble y el bricolaje, a un librero de viejo que era primo de Trapiello. Es uno de los más consumados practicantes del género de los diarios, que noveló el viaje de exiliados republicanos a bordo del Sinaia acogidos por el México de Lázaro Cárdenas, una ficción de poetas-detectives y hasta la muerte de don Quijote. Libro en el que apunta una teoría sobre la desmemoria histórica del ingenioso hidalgo para revelar su lugar de procedencia: olvido voluntario para no convertirlo en parque temático de turistas, en aquelarre de cabreros y molineros.

A José María Llamas le regalé un ejemplar del libro de relatos del novelista y criminólogo brasileño Rubem Fonseca El cobrador. Su librería es una casa de las Américas. Le hizo ilusión saber que otro tartamudo genial, el fotógrafo Atín Aya, hizo el cartel del pregón taurino que hace diez años dio en Sevilla Mario Vargas Llosa. Círculo de afectos que en la historia que nos ocupa empezó con un enfado lleno de desenfados. Y desemboca en el fado de Saramago, que le ganó cuatro-cero a Pilar. Pepe por Carvalho.

stats