Una calle para quien calle era

Maribel García Álvarez, viuda de Garmendia, junto a la casa donde nació el escritor y dibujante.
Maribel García Álvarez, viuda de Garmendia, junto a la casa donde nació el escritor y dibujante.

23 de septiembre 2009 - 05:03

UNA calle para Garmendia. Un callejero entero, una Sevilla dublinesa para este leopold bloom que hacía todos los días su carrera oficial. Por dos vías que le sonarían a chino, una página web y un grupo de Facebook, que por lo menos tiene que jugar en el Arsenal, un grupo de ciudadanos "electrónicos" se han puesto a recoger firmas y voluntades para proponer al Ayuntamiento que rotule una calle con el nombre de José Antonio Garmendia.

Del cíber a la taberna. La sociedad sevillana de la información movilizada para quien no tenía ni máquina de escribir. El último amanuense que utilizaba los bares, del Gran Tino a Robles pasando por Trifón, como consignas de sus trabajos para las revistas y los periódicos. Sus dibujos, sus versos y romances al pavía o la sangre encebollada.

"Nació encima de esta farmacia de Mateos Gago", dice Maribel García Álvarez, su viuda, que se casó con él al cabo de veinticinco años de convivencia, en las bodas de plata de un flechazo que surgió en La Burra, nombre que adquirió la taberna de Cipriano Telera que Garmendia le dedicó a su personaje más reeditado, un clásico de las estanterías sevillanas. El mismo nombre, Cipriano, elegido por Miguel Delibes y José Saramago para los protagonistas de sus novelas El hereje y La caverna, respectivamente.

En esta farmacia ahora regida por la farmacéutica María Jesús Rodríguez Cañas está su microcosmos. Mateos Gago esquina con Rodrigo Caro. Epístola moral a Garmendia, vecino de cuna a dos pasos de allí, en la calle Jamerdana, del clérigo y escritor José María Blanco White, aunque él lo prefería tinto "y con agua del grifo", matiza Maribel.

Sus paseos "siempre solitarios", según su viuda, son su autobiografía. Habría que crear otra página web que más que una calle para Garmendia pidiera un Garmendia para la calle. Un príncipe de las tabernas, como le llamó su amigo e introductor en Nueva York Carlos Herrera. Sus torres gemelas eran manchegas: Bodega Morales y Bodega Salazar, ambas en García de Vinuesa. De Valdepeñas la primera. De Almagro la segunda. "Aquí me dedicó un ejemplar de su Cipriano Telera", recuerda Reyes Morales, cuarta generación de una bodega fundada en 1850. Farmaceútica metida en vinos, como la propia biografía de Garmendia.

Sus padres, vascos de Bilbao, vinieron a Sevilla en viaje de novios. A su progenitor, Francisco Garmendia Araucoa, le deslumbró la ciudad. No volvió a Bilbao. Aquí nació su prole, de la que le quedan tres hembras y el benjamín, un Garmendia arquitecto que le contagió a su hermano la pasión postrera por la Costa de la Muerte, por un refugio en el pueblo coruñés de Corrubedo.

Sus quince apellidos vascos se fueron curtiendo en Sevilla. Un día, en un plató de televisión, se los recitó de carrerilla a Javier Clemente, que estuvo a punto de convocarlo en solitario para defender el honor perdido del Athletic de Bilbao. Se licenció en Ciencias Químicas "y enmarqué el título", dice Maribel. Los casó el juez Eugenio Pradilla en su despacho. "Salí del trabajo, fui a desayunar, me casé y volví", cuenta Maribel, que en esa época trabajaba en la Consejería de Cultura. Salió soltera, volvió casada.

"Lo de las calles de Sevilla está complicado", admite Rogelio Delgado, editor y firmante de la iniciativa. "El Ayuntamiento, en su expediente de calles de periodistas, creo que tiene voluntad de ponerla". Pero como en el chiste de Zapata, que no viva muy lejos. "Él siempre señalaba la casa donde nació y decía que deberían poner una placa que dijera: Aquí nació Antoñito Garmendia". Se murió un miércoles de Feria, aniversario de la revolución de los claveles. Hubo sevillanas con traje de gitana en su funeral. Se fue en abril quien cuando la Feria estaba en el Prado había ejercido de anfitrión de Ava Gardner.

Gran Tino. Gonzalo. Robles. Trifón. Bodeguita Romero. Casa Morales. Bodega Salazar. Con su cuaderno de bitácora, un bloc sin blogueros, y su ristra de bolígrafos. Dadme un punto de apoyo, le dijo un día Galileo en casa Gonzalo tomando un huevo al nido. Y Garmendia creó el mostrador. Veía ordinario sentarse en una mesa y extraordinario permanecer de pie. Genio y figura, Quijote velando armas en Puerto Lápice.

Trabajó en La Codorniz y en años mozos fue relevista del 4x100 metros con el doctor Revuelta, el aerostático Jesús González Green y un cuarto atleta que olvidó el cronista. En Casa Morales bromeaba con su clon, el barbudo del coñac de Terry, su particular retrato de Dorian Grey en esta bodega tan centenaria como el cartel donde se trenzan genes de Valdepeñas y Jerez. A dos pasos de la calle Jimios donde se encontraba la taberna del Traga que glosó en un libro memorable.

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