La cruzada contra los decibelios
El Porvenir, el Salvador y la Alameda, tres escenarios señeros en los que los vecinos denuncian la falta de respuesta ante casos flagrantes de contaminación acústica
Susana Jákfalvi está especilizada en mestizaje y literatura colonial. Lo lleva en la sangre. Nació en Budapest. Muy niña, cogió con su familia un barco en Génova que la llevó hasta Buenos Aires. En la Universidad conoció a Ángel Leiva, con quien fue alumna de Borges, que les daba clase de Filología Inglesa. Ya casados, montaron talleres literarios y pictóricos en Nueva York y Chicago y en 1990 recalaron en Sevilla. Todo ese mundo de ciudades, océanos y rascacielos lo custodian ahora en un garito de sesenta metros cuadrados cercado por una discoteca cuya inmensidad empequeñece la de la mar océana.
Ángel Leiva, bonaerense, compañero de Susana, ha entrado alguna vez en la discoteca Soho, en la calle Progreso con Felipe II, "pero sólo para hablar de problemas de la alcantarilla. Nuestro local da a su cuarto de baño, lo usa mucha gente y se nos inunda. Este verano han estado de obras".
Los vecinos de la discoteca han presentado numerosas denuncias. "La discoteca está insonorizada", dice Luis Ibarra, 81 años, editor jubilado, cliente en sus años mozos del Guajiro, que se vino a vivir a este inmueble del Porvenir desde Simón Verde. "Lo malo no es la discoteca. Los que molestan son las doscientas o trescientas personas que cada fin de semana se juntan en la calle. No dejan pasar al resto de los coches, tocan los timbres de las casas. Llega la Policía, se va, y vuelven los ruidos y las gamberradas".
"A veces las colas de la discoteca llegan hasta la avenida Bueno Monreal", dice Susana, que da clases de Inglés para españoles y de Español para americanos. Sin Monseñor levantara la cabeza. Ángel y Susana abrieron hace siete años en el mismo bajo que ocupa la discoteca un pequeño local que es un semisótano -lo que en Cádiz llaman baches o en Granada tabucos- y que hace las veces de Club del Cine, Taller Literario y academia de idiomas. "El Ayuntamiento no nos dejó colocar un cartel y mire qué bien se ven los de la discoteca", dice Ángel Leiva, conocedor del Soho londinense.
"Las relaciones con ellos son muy buenas", dice Ignacio Vidal, antiguo jugador de rugby y propietario del restaurante que lleva su nombre en la acera de enfrente. "Pero entiendo perfectamente las quejas de los vecinos. Salgo de aquí a la una y media y el jaleo es de narices. Yo pongo un camarero en la puerta sólo para impedir el paso de los niñatos y niñatas que quieren entrar para pedir agua o entrar al cuarto de baño".
La Organización Mundial de la Salud cifra en 50 decibelios el límite a partir del cual se entraría en la contaminación acústica. Virginia Berro nació en 1942 en la plaza de la Europa y desde 1989 en la Alameda, en la zona de mayor concentración de bares y botellona oficiosa. No le hubiera importado vivir en Budapest, Génova, Buenos Aires o Chicago, siguiendo los pasos de la profesora Jákfalvi, con tal de no soportar los ruidos y molestias que cada día perturban su vida cotidiana.
"En los plenos del Ayuntamiento me dicen la loca", dice Virginia. "Yo no quería ir al infierno y le pedí al Señor que me mandara el infierno a la tierra para poder estar después a su lado en el cielo. Éste es mi infierno, y encima en venganza me han puesto un parque infantil debajo de mi casa". Ha perdido la cuenta de las denuncias que presentó. "La gente aquí no quiere rascarse el bolsillo para pagar un letrado. Teníamos todas las de ganar. Mira Triana, se ha levantado el pueblo y no han dejado que se lleven al Cristo a Madrid metido en un cajón como una lavadora".
El pintor y galerista Fausto Velázquez rebautizó la calle San Isidoro como San Inodoro. "Presenté muchas denuncias muchos años cuando era delegada de Medio Ambiente Evangelina Naranjo. Como no hacían nada, lo dejé por imposible. No hacía falta ni denunciarlo. Lo hacen todos los días delante del Ayuntamiento". Los ruidos y sus molestos compañeros de viaje -orines, botellas rotas, suciedad- obedecen a un ritual aparentemente profiláctico. "Cuando llegan los de Lipasam con la manguera al Salvador, echan a todo el mundo a las calles adyacentes a mear, a vomitar".
Lo normal es que los vecinos denuncien el ruido proveniente de los bares. Hay clientes de un bar, El Realito, que se quejan por la música que salía de casa de un vecino. Colisión de intereses. La música no es mala, todo hay que decirlo, pero supera de sobra los parámetros de la Organización Mundial de la Salud. En un bar que lleva el nombre de un maestro del baile, Realito, que tuvo entre su alumnado a Lola Flores.
El ruido existe. Las denuncias, también. La interpretación de la ley está en un limbo de despachos. "La Policía tiene orden expresa de no bajar de Calatrava", dice Virginia, luchadora en solitario y en precario contra el señor de los decibelios.
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