“Don Carlos había sido el novio de Europa”

Calle Rioja

En el cuarto centenario de la muerte de Carlos V, Carriazo publicó un libro sobre los preparativos de la boda imperial. “De un matrimonio interesado llegó a brotar un idilio dulcísimo” (Ramón Carande)

Portada del libro de Carriazo (1959) sobre la boda del Emperador y los amores en el Alcázar.
Portada del libro de Carriazo (1959) sobre la boda del Emperador y los amores en el Alcázar.

La novia tenía 22 años, el novio acababa de cumplir 26. Isabel de Portugal, casada por poderes en el palacio de Almeirin, entra en Sevilla el 3 de marzo de 1526. Carlos V, su prometido, lo hace el día 10, justo una semana después. “Pero el novio no estaba en ninguna Capua, o lecho de rosas, sino en las difíciles conclusiones de sus paces con Francisco I, de las que dependía la salud de Europa y la defensa de la Cristiandad”.

En estos términos se expresaba Juan de Mata Carriazo en un librito excepcional que editó Archivo Hispalense con el título ‘La boda del emperador’ con el subtítulo ‘Notas para una historia del amor en el Alcázar de Sevilla’. Aunque se publica en 1959, el depósito legal del libro está fechado un año antes. En 1958 se cumplía el cuarto centenario de la muerte de Carlos V (1500-1558). En los preparativos del quinto centenario de su boda con Isabel de Portugal (1503-1539), este texto que el cronista encontró junto a un contenedor de basura cobra un valor excepcional.

La obra se inicia con una descripción del lugar de la boda, el Real Alcázar de Sevilla, en palabras de Rodrigo Caro, “la casa real y palacio de los reyes de España, llamado vulgar y comúnmente alcáçar, voz árabe que se le quedó de la habitación de los reyes moros, cuando poseyeron esta ciudad”. Un compendio de palacios construidos entre los siglos XII y XVIII: el palacio almohade de finales del siglo XII, contemporáneo de la mezquita mayor de Sevilla y de su Giralda; el palacio gótico con la impronta de Alfonso X el Sabio, cuya unidad de estilo “con la iglesia de santa Ana y torre de don Fadrique es evidente”; y finalmente la apoteosis mudéjar de Pedro I, arte arquitectónico procedente del reino de Granada.

“El emperador Carlos V, junto al acierto principal de la elección de esposa”, escribe Carriazo, “tuvo el acierto secundario de la elección del lugar para sus bodas: Sevilla, y el alcázar. En este lugar se cruzan el paralelo de la felicidad privada y pública del emperador, y un meridiano de antecedentes históricos”.

Antecedentes que merecen la atención de Juan de Mata Carriazo (Jódar, Jaén, 1899-Sevilla, 1989): las historias de amor de Hermenegildo e Igunden, que ayudada por san Leandro intenta que el visigodo abandone el arrianismo; la de Egilona, que pasará de viuda del rey Rodrigo, derrotado en la batalla del Guadalete que cambia la historia de España, a esposa de Abdelaziz, hija del moro Muza, mujer que “conoció los lechos del último monarca visigodo y del primer emir musulmán”.

La historia de amor de Almutamid e Itimad. “Si alguna vez la poesía se ha sentado en un trozo de España, fue con Mutamid de Sevilla”, escribirá el arabista Emilio García Gómez. El rey que termina derrotado por los almorávides y desterrado en África. Su hijo Al-Mammún se casó con la mora Zaida, que enviudó cuando su esposo muere defendiendo Córdoba de los almorávides y se enamora “de oídas, que no de vista”, de Alfonso VI.

Fernando III se instala en el Alcázar tras la conquista de la ciudad en 1248. Trece años antes enviudó de Beatriz de Suabia, que le dio diez hijos. Juana de Ponthieu le dará tres más. Y muchas habladurías de madrastra por la relación con algunos de los hijos de su primera esposa. La prometida de Carlos V no fue la primera portuguesa que contrajo matrimonio con un rey español.

El novio llegó una semana después que la novia tras lograr la paz con Francia

Alfonso VI se casa en 1328 con María de Portugal, “la mujer más desgraciada de toda la historia de España”. Los hijos los tendrá el rey con Leonor de Guzmán, que valiéndose de una hechicera mora intenta matar a la esposa legítima y al niño al que María acaba de dar a luz en Burgos en 1332. El vástago será Pedro I el Cruel fuera de Sevilla; el Justiciero de puertas adentro. “¿Cabe mayor desdicha que la de esta mujer, despreciada por su marido, desterrada por su hijo, condenada a muerte por su propio padre?”, se pregunta Carriazo.

Los reyes Trastámaras vivieron poco en Sevilla. Juan II y Enrique IV se casan con sendas esposas portuguesas. La del segundo con Juana se preparó en Sevilla y tuvo lugar en Córdoba. Con la reina vinieron doce doncellas “de deslumbradora belleza que fueron piedra de escándalo”. Dice Carriazo que el protocolo de la llegada de esta reina “es el precedente y modelo inmediato de la llegada de la Emperatriz”.

Isabel la Católica entra por primera vez en Sevilla el 24 de julio de 1477. En septiembre de ese año llegó Fernando el Católico. “Pero la Reina no venía a divertirse, sino para hacer justicia, de la que Sevilla estaba muy necesitada”. El 30 de junio de 1478 nace en el Alcázar su hijo Juan, “el príncipe que murió de amor”. Los monarcas vuelven otras veces “para seguir desde aquí la guerra de Granada”.

Carriazo se detiene en el árbol genealógico de Isabel de Portugal, la prometida de Carlos V. Juan II de Portugal muere sin descendencia y le sucede su primo el duque de Beja, don Manuel, que se casa con doña María, tercera hija de los Reyes Católicos. De esta pareja nace Isabel el 25 de octubre de 1503.

La boda podía no haberse celebrado en Sevilla. Había partidarios de hacerla en Toledo, ciudad que ese año 1526 celebraba los tres siglos de su catedral. Y la novia también podía haber sido otra distinta a Isabel de Portugal. “Don Carlos había sido el novio de Europa, prometido a casi todas las princesas de su tiempo”, escribe Carriazo. Y menciona las distintas pretendientes: Claudia de Francia, hija de Luis XII; María de Inglaterra, hija de Enrique VII; Renata, cuñada de Francisco I. La boda con María Tudor estaba apalabrada, incluso fue educada a la española. Dos hermanas de Carlos V se casarán con dos reyes de Portugal: Leonor con Manuel el Afortunado; y Catalina con el hijo de éste, Juan III.

La boda con su prima Isabel, que requirió una doble dispensa papal, fue un golpe de fortuna. Carriazo lo dice con palabras de su amigo Ramón Carande: “De un matrimonio interesado llegó a brotar un idilio dulcísimo”.

Los dos, con una semana de diferencia, pernoctaron en el monasterio de San Jerónimo y entraron en Sevilla por la Macarena. Ella, en una litera que cambió por una “hacanea blanca” (una jaca). Él, en un caballo “de color de cielo” con una vara de olivo en la mano, “que era símbolo de la paz que acababa de concertar, y a la vez homenaje y símbolo de Andalucía”. “Es quizá el sitio más apacible que hay en toda España”, dijo del Alcázar Andrea Navagiero, embajador de Venecia, invitado al enlace.

Dicen que fueron los días más felices del emperador que siete años antes apadrinó la primera Vuelta al Mundo. No tuvieron luna de miel. Hechas las paces con Francia, a pesar de Inglaterra, tenía previsto desde Sevilla partir a Italia, “para desde allí pasar a Alemania y acudir en persona a las cosas de Lutero, que cada vez estaban más dañadas”. Y coleaba el contencioso con los portugueses. El emperador, que no era “cosmógrafo ni astrólogo”, no quería más conflictos, “que no ya el Maluco, pero la misma Castilla le cedería él de buena gana”. Su mejor conquista de Portugal la había hecho en el Alcázar. Amor a primera vista.

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