Veinte años de la explosión de Las Letanías: "Me partí la columna tras tirarme por la ventana"
Una de las supervivientes, Amparo Jáuregui, batalla ahora para que la Seguridad Social le reconozca la incapacidad absoluta
Tiró a sus hijos por la ventana y los cogieron unos vecinos, pero ella sufrió lesiones graves y estuvo dos años postrada en una cama
Su vecino voló el bloque, causando cuatro muertos y más de una treinta de heridos
Amparo Jáuregui lleva veinte años conviviendo con el dolor. La madrugada del 14 de agosto de 2003, saltó desde la ventana de su casa para salvarse de la enorme bola de fuego en la que se había convertido su bloque. Antes, había arrojado desde ella a sus dos hijos, de 10 y 4 años, que fueron salvados por unos vecinos y salieron ilesos. Ella no tuvo tanta suerte. Se rompió la columna vertebral y tuvo también varias fracturas en las piernas. Pasó dos años postrada en una cama. Dos décadas después, acaba de recibir la notificación de la Seguridad Social que le deniega la incapacidad absoluta. Piensa seguir batallando, aunque admite que esta negativa ha supuesto un duro revés para su moral.
"Era una noche muy calurosa. Recuerdo que nos acostamos tarde, más allá de la una y pico. Habíamos estado todo el día en Isla Mágica. Pasadas las tres de la madrugada escuché mucho ruido en las escaleras. Me asomé a la puerta, olía a gasolina pero pensé que eran algunos chavales que estarían arreglando alguna moto, porque solían hacerlo aquí abajo, junto a la puerta del bloque. Me volví a dormir y al poco tiempo me despertó un estruendo. La pared del dormitorio había desaparecido. Salimos corriendo, fuimos al cuarto de los niños e intentamos salir del piso. Pero la entrada del piso y el salón estaban en llamas", relata esta mujer, que hoy tiene 46 años y sigue viviendo en el bloque que se levantó años después para reemplazar al destrozado por la deflagración.
La gasolina que olió Jáuregui la había vertido por todas las escaleras Matías Martín, un ex presidiario de 72 años que vivía en el piso de al lado. Además de rociar las zonas comunes con combustible, selló algunas puertas y acumuló varias bombonas de butano en su casa. Le prendió fuego y provocó una enorme explosión que causó cuatro muertos, más de una treinta de heridos y casi un centenar de desalojados. Ocurrió en el número 4 de la calle Consuelo de los Afligidos, en el humilde barrio de Las Letanías, en el Polígono Sur.
"Nos fuimos hacia la ventana. Tiré a mis hijos y me tiré yo, con la mala suerte de que un vecino me intentó coger pero no pudo. Me cogió medio cuerpo, pero con el otro di en el suelo caí y me destrocé", explica la superviviente. "Sigo con secuelas. Tengo una incapacidad permanente y estoy luchando por la absoluta, porque tengo patologías graves para tenerlas. Se supone que no me la quieren dar por la juventud. Yo tenía 26 años entonces. Aquello me incapacitó para poder trabajar y para todo. En 2018 me dieron la incapacidad permanente. Hace dos años solicité la absoluta por agravamiento, pero me la han denegado".
Amparo Jáuregui vivía entonces con su ex marido y sus dos hijos. Ahora tiene otra hija de doce años, a la que le ha explicado todo. "Las lesiones fueron muy graves. Estuve dos años sin poder levantarme de la cama. Lo hice por mis hijos, que me dieron la fuerza para ello. Me hicieron una artrodesis en el tobillo, la columna se me partió en forma de V, me pusieron placas y tornillos... El pie lo tengo semifijo, y a raíz de ahí me han salido muchas más cosas, fibromialgia, lumbalgia, cefalea crónica, depresión... Son muchísimos problemas, que la Seguridad Social no valora para darme la absoluta. Seguiré luchando, pues ya que no puedo trabajar necesito tener algo digno para poder vivir. Yo no provoqué aquello".
Tiene una pensión de 500 euros con la que difícilmente llega a fin de mes. "Fue un palo que nos dio la vida, que nos ha cambiado a todo el mundo. Me ha cambiado para mal por la salud física. Pero también para bien en el sentido emocional, pues valoro cosas que antes no valoraba, veo la vida de otra manera". Perdió muchos de sus enseres, algunos por la explosión y otros porque le desaparecieron durante los trabajos de retirada y desescombro. "Alguien los robó".
Veinte años después, lo recuerda todo. Incluso a su vecino el pirómano. "Lo recuerdo de manera precisa. Lo ayudábamos a todo, yo le limpiaba las escaleras. Mi ex marido le puso la antena de la televisión. No sabíamos que había matado a la mujer y que venía de la cárcel, claro. Eso nos enteramos después. Sabíamos que había estado fuera muchos años y que los servicios sociales le habían dado este piso".
Y sobre todo recuerda a María del Valle Trigueros y Miguel Vizarraga, el matrimonio que murió en la explosión, a quien quiso visitar en el cementerio una vez que pudo andar. "Cada vez que me dormía veía a Valle. Era una mujer excepcional. Sentía que no me había despedido de ella y no estaba en paz".
No hay ninguna placa, monolito ni azulejo que recuerde hoy lo que allí sucedió una madrugada tan calurosa como estos días atrás, hace veinte años. La única pista de que algo anómalo pudo suceder allí es que el bloque nuevo es de color blanco y no está pintado del amarillo del resto de la barriada. También la entrada es distinta, con una rampa para minusváldos.
Por lo demás, la calle está mucho más sucia y con señales evidentes de abandono que hace veinte años. La vegetación crece casi libremente en lo que antes era una zona de albero diáfana. Todo está lleno de excrementos caninos. Dice algún vecino que los operarios de Lipasam no vienen desde que algunos los amenazaron porque llegaban temprano y hacían mucho ruido, perturbando así su descanso.
Al edificio ya se le ven muchos de sus desperfectos. Hay zonas con humedades. Las placas solares, que se presentaron como algo muy novedoso en este barrio, fueron sustraídas poco después de instalarse y nunca se repusieron. Hay al menos dos viviendas ocupadas y otra fue entregada por el titular como pago de una deuda. Aproximadamente la mitad de los vecinos siguen siendo supervivientes de una tragedia que les marcaría para siempre.
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