Todos los hermanos se llamaban Fidel
Calle Rioja
Fidel Otero ha muerto en un accidente de moto en la calle Méndez Núñez con los años que tenía el bar que abrió su padre en 1958 en la plaza de San Lorenzo.
TENÍA los mismos 53 años que tiene el bar que abrió su padre, Servando Otero Granda, montañés de San Vicente de la Barquera, en 1958. El bar San Lorenzo es uno de los cuatro bares montañeses de la plaza del mismo nombre: el cuarteto lo completan El Sardinero, Clemente y La Bodeguita, 148 años de historia tabernaria que en mi época de residente de la calle Cantabria (más montaña) regentaba Marcelina con la ayuda inestimable de su hijo Aniceto.
A Fidel Otero le pusieron ese nombre por su abuelo Fidel, que vivió 103 años, casi el doble de los que ha vivido su nieto. En sus connotaciones caribeñas, ese nombre le venía que ni pintado a Servando, su hermano, bautizado con el nombre de su padre, el foramontano que abrió el negocio, y como su abuelo paterno. Servando Otero, el hermano de Fidel, ha viajado casi treinta veces a la isla de Cuba, se sabe de memoria todos los rincones de la República Dominicana, ha estado más de diez veces en Tailandia y en una ocasión estuvo a punto de perder la vida en un safari de Kenia a Tanzania por pararse a hacerle una foto a un camello. Servando ha salido airoso muchas veces de peligros éxoticos, de riesgos nada calculados; su hermano, menos viajero, más sosegado, más sedentario, se mató donde nunca se pensaba que la muerte iba a ir a visitarlo: en una Harley Davidson por la calle Méndez Núñez, la que va de la Plaza Nueva a la Magdalena.
La muerte temprana es siempre una disfunción. El cartel de Cerrado por Defunción que ha conmocionado al vecindario de San Lorenzo, a la numerosa parroquia que acudía a estos bares de los cuatro puntos cardinales, debería haber sido Cerrado por Disfunción. No dan crédito Pedro y Pablo, los clásicos camareros del Bar Rodríguez. Ni Javi, el hijo de Joaquín, tabernero de alcurnia de la calle Jesús del Gran Poder. No he hablado con Rafita, Ricardo o Ramón, el de la Abacería, pero supongo que la incredulidad será igualmente mayúscula por la muerte abrupta de este compañero del gremio. A Juani, que ya perdió a Juan, su padre, en la sala de máquinas del bar El Sardinero, se le encoge el corazón cuando habla de Fidel. Se han visto crecer. Igual que Luis, 36 años en este mismo bar, al que entró soltero y donde sigue ya abuelo de unos nietos a los que ha llevado a la Feria.
La plaza de San Lorenzo se vistió de gala el 1 de abril, Domingo de Ramos, porque tiene tantas hermandades como bares y bodegas: la Bofetá, el Gran Poder, la Soledad de San Lorenzo, amén de las vecindades del Buen Fin, las Penas de San Vicente, el Museo o Vera Cruz. El bar San Lorenzo tiene puertas a la plaza y a la calle Cardenal Spínola, el cura de San Fernando que fundó El Correo de Andalucía.
Tres de los hijos de su abuelo Fidel se fueron a Cuba, y alguno de ellos está enterrado en Camagüey. Algunos de sus primos se fueron a México. Este Fidel era más de los rincones sevillanos que de Sierra Maestra. Era un camarero atípico. Estudió Magisterio, se casó con una chica de San Vicente de la Barquera, el origen de la familia, de la que enviudó hace unos años. La tragedia de una hija que ha quedado doblemente huérfana. Estaba dotado de gran sensibilidad artística. Hace diez años, cuando le hice un reportaje sobre sus viajes a su hermano, trasunto de Indiana Jones, Fidel estaba exponiendo grabados en Alcalá de Guadaíra.
Recuerdo perfectamente la última vez que hablamos. Era la noche del 22 de febrero y yo iba por la calle Crédito a coger el coche para ir al cumpleaños de mi amiga Susi, que lo celebraba con una fiesta china. En esa calle próxima a la Alameda, donde está la piscina municipal, abrieron un hostal-galería, La Caja Habitada, que ese día, con motivo de su primer aniversario, celebraba una performance. El escenario eran los balcones y la calle estaba llena de gente. Me detuve y me saludó un hombre con gorra y abrigo. Era Fidel. Me dijo que había expuesto grabados en este local. Me enteré de su muerte en Antares. Poco antes de que José Luis Manzanares presentara su libro El fin de la crisis, me dio la noticia Rosario, vecina de San Lorenzo que trabaja en el club de la calle Genaro Parladé. Me quedé sin habla. Le ponía cara y bonhomía al cartel de Cerrado por Defunción.
Cuando fui a La Caja Habitada, Adrián, uno de los jóvenes responsables de la sala me dijo que ya se habían enterado. El grabador-tabernero había dejado la caja deshabitada. He paseado después por la calle Méndez Núñez, que uno asocia con una sentencia ("más vale honra sin barcos que barcos sin honra") y he visto las secuelas del espanto. En la esquina con la calle Otumba, una de esas calles misteriosas de la ciudad en la que en tiempos vivieron José de la Peña Cámara, que fue director del Archivo de Indias, y Lola Cintado, primera jefa de prensa de la Junta de Andalucía. Otumba la asociaba uno con la Noche Triste de Hernán Cortés, no con esta tarde triste del primer día de mayo en la que un primer aviso de siniestro se convirtió en tragedia con iniciales que terminaron teniendo nombre, apellidos y una historia detrás de montañeses. Quizás el trasiego más fértil en la historia de esta ciudad, consulados de la Montaña que en la plaza de San Lorenzo, el mismo nombre del bar donde los hermanos Fidel y Servando se turnaban, tenían su asiento.
No sé si sabrá la noticia Rafael Valencia, arabista, académico, cliente de este bar, que eligió para una entrevista entre un bullicio que le recordaba a los cafetines de Marrakech, El Cairo y Bagdad. Cuando Mahoma iba a la Montaña. Junto a la estatua de Juan de Mesa en esta plaza donde falta un artista. El grabador Fidel Otero.
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