Sevilla

Las modelos de un escultor sevillano

  • El autor narra cómo Pedro Duque Cornejo talló a Santa Justa y Rufina

Santa Justa y Rufina, durante la procesión del Corpus. Santa Justa y Rufina, durante la procesión del Corpus.

Santa Justa y Rufina, durante la procesión del Corpus.

Amanecía en la ciudad eterna del sur de Europa, Sevilla. En esta mañana de junio, dos mujeres de singular belleza se encontraban paseando en torno a la colosal Catedral que habían levantado a instancia del Cabildo en siglos anteriores y la insigne torre que era conocida con el sobrenombre de la Giralda. Ninguna de las dos dejaba de llamar la atención, no sólo por su deslumbrante melena del color moreno, las finuras de sus rostros o los labios rojos perfectamente encarnados, o más bien por sus miradas altivas, de frescura de vida, que las dotaban de una singular personalidad. La ciudad se estaba preparando para presenciar un año más el desfile procesional más antiguo del orbe cristiano, el que popularmente sería conocida como el Corpus Christi, introducido en Sevilla desde los tiempos de Alfonso X el Sabio, y que había tenido un amplio desarrollo desde el siglo XV, como lo prueban las primeras descripciones del año 1454, recogidas por Gestoso, llegando a su auge durante los siglos XVI y XVII, desbordando su fama más allá de los límites de la ciudad.

Las dos mujeres se colocaron en los inicios de la calle Gradas, frente a la conocida vía de la calle de la Mar, que enlazaba a través de la Puerta del Arenal el famoso barrio de ultramar, pórtico de Europa a las Indias, y que exaltara un siglo antes el Fénix de los Ingenios, Lope de Vega. Una larga comitiva comenzaba a ser presenciada por la gran multitud de todos los ámbitos sociales, teóricamente para rendir culto al Santísimo Sacramento, pero en la práctica, para contemplar a los estamentos sociales más importante de la ciudad, lo que hacía efímero lo que debía ser eterno; lo que hacía vanidoso lo que debería haber sido sobrenatural; lo que se convertía, en definitiva, en el espejo de la decadencia de una ciudad que ya vivía más de las glorias del pasado que de un decadente presente en los últimos años del siglo XVII. Vanidad de vanidades, hubiera dicho el poeta, realidad sin quererlo ver, hubiera mencionado cualquier espectador de la historia. Y es que Sevilla comenzaba a mirarse a sí misma, a través de sus ceremoniales lúdicos, y no veía pasar su propio cadáver, su propio destino.

Se trata de una de las mejores versiones iconográficas de las santas alfareras

Un niño llorando rompió el instante de gozo en el que, hasta ese momento, habían quedado extasiadas ambas mujeres, que enternecidas se acercaron a ayudarle. La seguridad de sentirse protegido llegaría cuando las dos mujeres le consolaron pidiéndole que no tuviera temor, que ellas le ayudarían a encontrar a sus padres, verdadera meta inmediata que soñaba el niño. El niño, más animado, les contó que quería llegar a ser escultor para poder honrar a Dios, mientras que las mujeres les escuchaban con admiración la descripción que le estaba dando de los distintos pasos de los que constaba la procesión. Quedarían muy impresionadas al contemplar la figura de la Tarasca, y como no, el gran número de asistentes acompañaban al Santísimo, no solamente por la ya amplia comitiva de las más de doscientas cincuenta hermandades que habían sido fundada en la Archidiócesis, sino por el alto número de religiosos de las distintas órdenes que se habían instalado en la ciudad desde la etapa de la Reconquista. Por fin, el niño les indicó la maravillosa custodia que Juan de Arfe había labrado en 1587, como proyección de la gloriosa etapa que había vivido la ciudad en las centurias anteriores. Al finalizar la procesión, el pequeño Pedro volvió a inquietarse, no sabía qué hacer, dónde encontrar a sus padres que lo estarían buscando con gran preocupación. Las dos enigmáticas mujeres intentaron acallar su sufrimiento y tranquilizarles al decirle que le ayudarían a buscarlos, por lo que decidieron colocarse a los pies de la Giralda. No cabía de gozo el rostro del niño cuando vio aparecer a lo lejos los padres que creyó haber perdido, y salió corriendo a abrazarlos. Cuando quiso agradecerles a esas mujeres lo bien que se habían portado habían desaparecido, no daba crédito a sus ojos, no sabía si realmente era un sueño vivido o era real.

Unos años después, el niño se había convertido en un reputado artista, era ni más ni menos que el genial Pedro Duque Cornejo ,quizás el más reputado de su generación, alcanzando el prestigio que años ante había tenido su abuelo, Pedro Roldán. Aquel día ya de madurez el escultor se encontraba inquieto, preocupado, en aquella sensación que muestran los artistas cuando la creatividad no llega en ese momento y el encargo hay que culminarlo. Y es que le habían encargado, ni más ni menos, dos tallas de las Santa Justa y Rufina, las insignes santas sevillanas, martirizadas en época romana, cuyo culto se había ido extendiendo por la ciudad desde mediados del siglo XVI.

Cuenta la leyenda que aquel maduro escultor de 50 años asomándose a la ventana de su taller, quedó admirado por dos mujeres morenas de alto talle que en este momento cruzaban la calle. Cuenta la leyenda que aquel maduro escultor de cincuenta años quedó perplejo cuando ambas mujeres fijaron su mirada y le saludaron con una amplia sonrisa que les era conocida. Cuenta la leyenda que aquel maduro escultor de cincuenta años recordó en este instante a esas dos mujeres que le había salvado en aquella ocasión cuando se había perdido, aún niño, en el gentío del día del Corpus, y encontró en ellas su propia salvación. Cuenta la leyenda que aquel maduro escultor de cincuenta años se dio cuenta de que esas mujeres, que conoció cuando era niño, que le salvaron al estar perdido, eran las verdaderas santas que debía de plasmar para las imágenes de la Colegiata del Salvador. Cuenta la historia documental que las tallas de las imágenes fueron no sólo un éxito en su carrera profesional, sino que se incorporaron en la historia procesional del Corpus sevillano, al trasladarse el grupo escultórico, en 1904, a la Catedral de Sevilla. El sueño que aquel niño contó a esas mujeres aquel día del Corpus de finales del siglo XVII de dedicarse a la escultura para honrar a Dios, igual que sus padres y su abuelo, se había convertido en realidad al realizar una de las mejores versiones de iconografía de las santas alfareras de la historia del arte sevillano. Y es que en Sevilla ocurren hechos que la historia no recoge, pero se quedan en la memoria colectiva.

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