El pabellón que no se construyó en la Expo 92
Metrópolis | Calle Torneo
La ciudad de los barcos lo fue después de los trenes y el final del dogal ferroviario y el derribo del muro abrió Sevilla al río y al mar. Hay una biblioteca con el nombre de quien celebra el cumpleaños del triunfo electoral más apoteósico.
LO mejor de la calle Torneo es que nadie la llama avenida, como quienes con delirios de grandeza piensan que un pueblo es más si los concejales le dicen ciudad o un maestro de escuela si le llaman profesor. Torneo es una señora calle. Conocida y reconocible. El orden de sus farolas, contadas y numeradas, 38 desde el final de Arjona hasta el puente de la Barqueta, va en sentido inverso al de la numeración de su caserío, que llega hasta el número 84 en el requiebro que la calle hace en la capilla de Nuestra Señora del Rosario, que fue renovada en 1929 junto a San Laureano.
Pares e impares alineadas en el mismo tramo de la calle porque enfrente... había un muro. El muro de Torneo, tan presente en la memoria colectiva como la Pasarela del Prado, es el único pabellón de la Expo que no se construyó, pero su derribo fue el acto más creativo para que esa Exposición Universal se inaugurase el 20 de abril de 1992. Se ha dicho que fue el regalo que Felipe González le hizo a sus paisanos. Justicia poética y social para el abogado laboralista que escribió el prólogo del libro de Alfonso Carlos Comín Noticia de Andalucía.
La Expo es una gigantesca tarta de cumpleaños que celebraba el medio centenario del descubrimiento de América y también el décimo aniversario del triunfo de Felipe González en las elecciones generales del 28 de octubre de 1982. Con 202 diputados, no con 84 como su correligionario que el pasado viernes presidió el Consejo de Ministros en Sevilla.
La Biblioteca Felipe González Márquez, situada en el centro de la calle Torneo, en el paseo Juan Carlos I que va junto a la orilla del río, recibe al visitante con sendas citas de Rosa Montero y de Ana María Matute. Alguno empleada se asustó la primera vez que llegó y se encontró con dos gigantes, recreaciones de Fernando Villalón y Adriano del Valle. Se ven remeros y piragüistas por el Guadalquivir en esta biblioteca situada entre un barco pirata de juegos infantiles y una escuela de Remo. Entre los libros recomendados, dos reinas de lectores, Almudena Grandes (Inés y la alegría) y María Dueñas (El tiempo entre costuras). Tenían 22 y 18 años, respectivamente, cuando Felipe barrió en las elecciones. Escoltadas por José Saramago (Ensayo de la ceguera) y Mario Vargas Llosa (El sueño del celta). El año 2010 que murió el portugués, en pleno Mundial de Sudáfrica, ganó el Nobel el peruano.
Dicen que el nombre de la calle tiene que ver con otro reclamo, Plaza de Armas. Referencia a justas medievales, a torneos ecuestres, aunque con el tiempo los únicos caballos que por aquí cabalgaron fueron los de hierro. El ferrocarril. “La zona se liberó del dogal ferroviario y le regaló a la ciudad un espacio singular”, dice el geógrafo Antonio Martín. “Está deteriorado porque la obra no tuvo el rigor suficiente, pero abre una ventana al río y al Aljarafe”.
Y el paseante ve lo que con el tiempo habría detrás del muro que simbólicamente empezó a derribar el 26 de mayo de 1990 el entonces alcalde de Sevilla Manuel del Valle Arévalo. Cuatro días antes salió el último tren por Chapina. El Gun Hill chapinero. Historia de dos estaciones casi coetáneas. El primer tren salió de la estación Plaza de Armas (vulgo de Córdoba) el 18 de marzo de 1901 y el último circuló el 30 de septiembre de 1990. En 1902 empezó a funcionar la estación de San Bernardo (vulgo de Cádiz) y el 2 de mayo de 1991 hizo su último trayecto. Dos estaciones previas a la Sevilla del 29 que dejan de dar servicio con casi un siglo de historia por los imperativos de la Sevilla del 92. Lo más ferroviario de la calle Torneo es la torre del factor que ha servido como sede para emitir los programas de Radiópolis. Un espacio que te traslada a la novela de Boris Vian La hierba roja o a la película de Jean Renoir La bestia humana, con un soberbio Jean Gabin.
Derribado el muro, en la metáfora berlinesa de Alfred Döblin detrás estaba Triana Alexanderplatz. Ahora se ve esa nueva Sevilla, hija de la dualidad de aquellos dos hombres a los que eligió Felipe, uno de Ronda, otro de Santoña, Manuel Olivencia y Jacinto Pellón, casi contrarios que complementarios habrían sido capaces de emular los trabajos de Hércules. A los pies de la Torre Sevilla, el pabellón de la Navegación, cuyo autor, el arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra, gusta de pasear por las orillas del río con su perro Camarón antes de cruzar Sierpes y la plaza de San Francisco camino de su estudio. Se ve el prisma verde del pabellón de Marruecos, ya no están los deshollinadores que colocó Eduardo Arroyo para mitigar el dolor por el incendio del pabellón de los Descubrimientos. Sobresale un vértice del Auditorio que diseñó Eleuterio Población y lleva el nombre de Rocío Jurado.
El muro que se convirtió en una pinacoteca espontánea abrió sus puertas a la Sevilla que celebrando el descubrimiento se descubría a sí misma. En el caserío con las casas habitadas, la oficina del festival de Cine Europeo es vecina del monasterio de San Clemente. En la zona del bar El Frijolito, que data de 1996, hubo antes de la Expo un mítico bar, El Joven Costalero, una mezcla de Rafael de León y Tarantino.
Un bar de copas lleva el nombre de Amnesia junto al Centro de Rehabilitación de Daño Cerebral. Junto a la estatua de la vendedora de periódicos, está el Instituto Andaluz de Administración Pública. Hace cuatro décadas, era un hervidero de mujeres trabajando en Semengar, la fábrica textil de Sebastián Mendoza García. “De allí salían pantalones, chaquetas, camisas”. Máquinas de coser, mesas para el corte, el auténtico tiempo entre costuras. “En el descanso, las empleadas se repartían para tomar café por todos los bares de la calle Lumbreras”, dice Eulogio García, que en el bar de sus padres sorteaba discos entre las trabajadoras con el número del cupón.
Torneo evoca unas atarazanas en las que los trenes sustituyeron a los barcos. En ella desembocan calles cuyos titulares tienen una indiscutible autoridad personal. Narciso Bonaplata, esquina con el centenario colegio de las Salesianas, sale al río, aunque los barcos los puso su cómplice en la fundación de la Feria José María Ybarra. Conviven en el callejero el arabista Pascual de Gayangos y el Imaginero Castillo Lastrucci y se le hace justicia junto al bar Los Vázquez a Luis Rey Romero, mítico director del colegio san Francisco de Paula.
Bonaplata tenía una fundición, actividad que también proliferó por las calles adyacentes. Una de ellas la regentaba un Balbontín, cuyo apellido se hizo un sitio en la arquitectura, socio imprescindible de Delgado-Roig. No es el fundidor y cofundador de la Feria el único catalán de la calle Torneo. UOC son las siglas de Universitat Oberta de Catalunya. Atiende al periodista Sara Iglesias. Aprendió catalán, pero nació en 1989 en Aracena, paisana de Florentino Pérez Embid, que tiene una calle muy cerca de allí. Sara trabaja para esta Universidad que tiene setenta mil alumnos en sus cursos de enseñanza virtual y sede en Colombia. No olvida el paisanaje en una doble dirección: este fin de semana termina en Aracena la Feria del Jamón, ese estradivarius con cuerdas de bellota, y pronto abrirá Rufino, la mítica casa de pastelería de la localidad, sucursal en Sevilla. Sara hizo Magisterio en Inglés y estudia Psicología en una Universidad que abrió sus puertas el 6 de octubre de 1994 y es rector Josep AntoniPlanell.
El 62 de Torneo es el edificio más alto de toda la calle. Torneo 33 es la última promoción. “La exclusividad que busca en el centro de Sevilla”, se lee en un cartel. Una obra que permaneció muchos años paralizadas, por mor de la crisis, y cuyos bajos sirvieron de almacén para guardar enseres del imaginero, arquitecto de retablos, Guzmán Bejarano.
La calle Torneo se prolonga hacia el sur por Arjona, incluido el subterráneo que después abraza al puente de Triana; al norte con su prolongación, que se denomina Avenida Concejal Alberto Jiménez-Becerril, perpendicular a Procuradora Ascensión García Ortiz, asesinados por Eta el 30 de enero de 1998. Aquel día de mayo de 1990 en que Manuel del Valle, el autor de la foto de la tortilla con los ganadores del 82, derribaba simbólicamente el muro de Berlín, de su corporación ya formaba parte el joven edil al que pararon en seco aquella noche de infamia en Don Remondo.
Tiene razón el geógrafo. La vista es espectacular, los indicios de la metamorfosis, pero también los del deterioro. Tiene la calle Torneo dos puentes, el de la Barqueta que en su puesta de largo tuvo que repetir la ceremonia del anclaje, y el de la Pasarela, que entró en el Guinnes como el más esbelto. Tiene carril-bici y fue efímera pasarela de una Bienal de Arte Contemporáneo que duró lo que la verdad en un mitin.
Uno de los principales monumentos de la calle Torneo es su gasolinera. Abrió sus puertas en 1970, albores de la crisis del petróleo. Un conductor que ese año llenara el depósito de su Gordini o su Cuatro Latas estaría más próximo a la Exposición de 1929 (41 años) que a nuestros días (48). Más cerca de Aníbal González que de Cruz y Ortiz. El tiempo es puro vértigo. No hay tren que lo iguale. Cambian la hora donde ya cambiaron el siglo.
A un lado, la modernidad; al otro, la tradición
Al otro lado, América y el mundo. Se fueron los trenes y llegaron los cruceros de turistas y los que utilizan esta parte del río como pista deportiva para pruebas náuticas. Fotos de la antigua estación Plaza de Armas se pueden ver en el centro comercial que conserva el nombre, junto al hotel que diseñaron Víctor Pérez Escolano y Antonio González Cordón. Las estaciones de Plaza de Armas y de San Bernardo cerraron respectivamente en 1990 y 1991 y Sevilla cogió el último tren del 92. La calle sin casas, la parte que corresponde al antiguo muro, es una aisgnatura pendiente. Una zona objeto de abandono y vandalismo, poco propicia para el paseo y el disfrute. Lo increíble de esta calle es que por un lado comunica con la Sevilla tecnológica, de las apuestas innovadoras y parte de un campus de contenidos científicos; por el otro, con el corazón de la Sevilla cofrade, de las tradiciones. Hay un puente imaginario que une ambos sumandos para que se retroalimenten y la modernidad de Sevilla no sacrifique su esencia. Después de los barcos, llegaron los trenes. Manuel del Valle fue el García de Vinuesa del muro de Torneo. Cinco alcaldes después, esa historia sigue en el subconsciente colectivo. Hay muros que nadie consigue derribar, entre otras cosas porque nadie los ve.
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