El pastor que se sabía el nombre de sus ovejas

Paisano de Valdivieso y Cardeñosa, ser colchonero le permitió la neutralidad balompédica en la ciudad

Los curas casados y las primeras mujeres nazarenas encontraron en él a un aliado

La ciudad de Tánger, de cuya diócesis llegó a Sevilla Amigo Vallejo cuando tenía 47 años.
La ciudad de Tánger, de cuya diócesis llegó a Sevilla Amigo Vallejo cuando tenía 47 años. / D.s.
Francisco Correal

28 de abril 2022 - 08:20

Fue pastor en el Norte del Sur y en el Sur del Norte. Nadie imaginaba cuando en el mes de junio de 1982, en pleno Mundial de Naranjito, llegó desde la diócesis de Tánger a la de Sevilla que aquel franciscano de 47 años terminaría ganándose el afecto y el respeto de una ciudad a la que con mucha humildad pretendía conquistar y que lo conquistó a él por completo.

Fue un cambio de continente y una revolución en los contenidos. Siempre fiel a los Evangelios y también a la personalidad de su nueva feligresía, a la que se fue ganando desde el primer día. Eran tiempos de una nueva política y también de recoger los primeros frutos del Concilio Vaticano II. Una generación de políticos jóvenes (Luis Uruñuela en la Alcaldía, Rafael Escuredo en la Presidencia de la Junta) recibían con los brazos abiertos a un religioso que venía para abrir puertas y no a dar portazos.

Como la parábola del pastor y sus ovejas, yo creo que don Carlos Amigo Vallejo se terminó aprendiendo los nombres de todos los periodistas, almas de ovejas descarriadas al fin y al cabo, que se le acercaron para conocer su opinión sobre los asuntos más dispares, a los que siempre atendía con suma amabilidad. Ya fuera en las jornadas sobre la Historia de la Iglesia que puso en marcha Paulino Castañeda o en su visita anual a la exposición y venta de dulces de los conventos de clausura.

En Amigo Vallejo encontraron un aliado los curas que se habían salido de la Iglesia para casarse, a los que acogió en su seno sin estigmas ni prepotencia, las primeras mujeres que rompieron el techo de cristal de las cofradías para realizar la estación de penitencia. Llegó primero para asistir en sus últimos años de mandato episcopal a José María Bueno Monreal, un hombre fundamental en la historia de la Iglesia de Sevilla y de España. Tomó las riendas sin alharacas, sin ruptura, pero incorporó un lenguaje más moderno incluso en la forma de decir las cosas, a lo que le ayudó su experiencia radiofónica cuando estuvo en Santiago de Compostela.

Desde que en 1906 murió Marcelo Spínola, Sevilla no tiene un pastor de la tierra, pero Amigo Vallejo, ecuménico por cultura y convicciones, se hizo un sevillano adoptivo, un defensor incondicional de las causas de la ciudad. Lo mismo colaboraba en un documental sobre el rockero Silvio que participaba en el libro de homenaje y tributo a su buen amigo Manuel del Valle, alcalde socialista de Sevilla durante ocho años y sobrino de canónigos fusilados en Málaga en agosto de 1936.

Juan Pablo II, al que recibió en sus visitas a Sevilla, lo nombró cardenal, rango eclesiástico que le permitió asistir a las votaciones de las que en 2005 y 2013 salieron Ratzinger y Bergoglio como Benedicto XVI y Francisco, respectivamente, siendo por eso mismo papable en las conjeturas y corrillos vaticanos. Mantuvo una estrecha colaboración con el poder temporal, que se escenificó con el traslado del Seminario de San Telmo, en el palacio de los Montpensier que es sede del Gobierno andaluz, a su nueva ubicación junto a la avenida de la Palmera. Le preocuparon las heridas abiertas en las barriadas más desfavorecidas y en los colectivos más vulnerables. Todavía resuenan los ecos de su homilía un día después de que los sicarios de la ETA asesinaran a Alberto Jiménez-Becerril y a Ascensión García Ortiz, su esposa, en la madrugada del 30 de enero de 1998. Los ecos de los disparos en la calle Don Remondo retumbaron en las estancias del Palacio Arzobispal.

Fue neutral en lo balompédico, a lo que le ayudaba su condición de colchonero, credo que compartió su sucesor en la diócesis, Juan José Asenjo Pelegrina. Pero celebró los éxitos de los dos equipos de la ciudad: los del Sevilla, a quien entrenó Vicente Cantatore, que también estuvo en el banquillo del Valladolid, y los del Betis, donde nunca ocultó su admiración y simpatía por su paisano Julio Cardeñosa. Los padres del futbolista procedían de Villabrájima, pueblo muy próximo a Medina de Rioseco, la villa natal de Amigo Vallejo, localidad muy fértil en buenos eclesiásticos.

Vallisoletanos en Sevilla. Como el catedrático de Historia del Arte Enrique Valdivieso, que llegó a la ciudad en 1976. Sus estudios sobre el Barroco versaron sobre el patrimonio histórico-artístico en el que Amigo Vallejo hacía realidad la revolución cotidiana de las virtudes teologales. Un pastor que nunca condenaba, que gozaba de mucho predicamento entre personas que no eran creyentes, pero creían en su bonhomía y su capacidad de diálogo. Francos y Placentines, el Tigris y el Éufrates de las cofradías, tienen en la calle Cardenal Amigo Vallejo, a los pies de la Giralda, un recuerdo permanente de su legado. El obispo que vino del norte de África al sur de España, a la ciudad donde brillaban el magisterio de Ramón Carande, Carmen Laffón, Antonio Domínguez Ortiz, Pepe Luis Vázquez, Juan Arza y Luis del Sol. Después de dos años de letargo, vuelve la Feria. Antes de que abra la calle del Infierno, Amigo Vallejo ya tiene un sitio en la calle del Cielo.

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