Sevilla

Contra todo pronóstico

  • La ciudad volvió a vivir un 5 de enero con la alegría y expectación propias de esta jornada, ajena a los malos augurios

  • El cortejo de la ilusión presume de reunir a toda la familia

Las sirenas de los bomberos caldean al personal. Ponen a tono a los pequeños y a las que con cierta edad hacen, con los ojos, una radiografía exhaustiva del cuerpo de los agentes. El prólogo de la cabalgata tiene aires de desfile militar. De cuerpos de seguridad exhibiendo la fuerza y el orden. Se abren paso entre la masa expectante. Delimitan el pasillo. Pasarela de la fantasía a la espera del color que le niega el cielo. "Abran paso", dice una voz tosca. Con la Policía montada viene un poni. Émulo de la cabra legionaria que despierta el griterío infantil.

El aire sopla fuerte en la calle Feria. Viento desapacible que despoja de globos los balcones. El cortejo se hace esperar. Se había anunciado su presencia para las 17:30. Veinte minutos después llega la Estrella de la Ilusión. Entran en escena las bandas. Las madres contornean el cuerpo al son de la corneta. Acaba de pasar el desfile de coches de autopromoción. Un concesionario viviente. "Niño, coge los barriletes que tiren, porque los caramelos duros me cuesta comerlos", le grita la abuela al nieto. Comienza la batalla del azúcar. Póngase a salvo quien pueda. Resulta imposible fijar la mirada en las carrozas. Analizar sus detalles. Desde las alturas caen misiles de golosina. A un golpe le sigue otro. No hay respiro.

La comitiva mete el turbo. Imprime velocidad en la calle Feria. En pocos minutos la cabecera alcanza la Plaza del Duque, y de allí a la de la Magdalena. Se presenta la noche. El alumbrado navideño conoce su penúltimo encendido. La más entrañable de las vísperas viene también preñada de melancolía. Es el principio del fin.

Siguen tirándose caramelos. De los duros. De los que como no se esquiven producen un impacto sonoro en la frente. El paraguas continúa sin uso. Ni una gota. Llega el primer Rey. Melchor pasa tan rápido que no da tiempo a verlo mientras se recogen del suelo los caramelos lanzados. Están patrocinados por una empresa española de cosmética. A estas alturas de la tarde el maquillaje desaparece de los rostros femeninos. La algarabía ha dado al traste con la sombra de ojos y el pefilador de labios. Al primero lo desdibujó la emoción y al segundo, los gramos de azúcar que fueron degustándose.

"Vienen a paso mudá", dice un espectador que se queja de que las bandas no toquen. "Que se note que esto es Sevilla", grita otro mientras aprieta fuerte entre sus manos una copa de aguardiente. El aliento que desprende constata la ingestión etílica. Aporta un vaho que provoca muecas de poco agrado entre los presentes.

La cabalgata integra a toda la familia. Abuelos, hijos, nietos, tíos y sobrinos se afanan por coger los caramelos que irán directos a la bolsa, una especie de fondo común doméstico que surtirá de dulces víveres las largas noches de invierno. Las tiendas de globos han hecho el agosto con los balcones de la calles Feria y Correduría. Los barrotes quedan ocultos tras el plástico multicolor. Colgaduras de la alegría para recibir a los Reyes de la Magia.

Y casi sin darnos cuenta el cortejo llega a su tramo final. Metáfora perfecta de la fugacidad existencial.In ictu oculi. Aunque aquí más bien valdría decir aquello de "en un agacharse y levantarse del suelo la cabalgata ha pasado". Deja tras de sí un importante parte de lesionados. Un golpe en hombro ajeno cuando se intentaba coger un balón. Otro herido en un labio por el lanzamiento de un caramelo. Y a quien se le quedó pegada la suela del zapato de tanto azúcar.

La última carroza, la de Baltasar, llega rezagada. Delante lleva la banda que pone bocabajo Feria entera. Virgen de los Reyes hace a todos bailar. Mover los brazos. La calle adquiere con ella un deshinbido aspecto de sambódromo brasileño. De carnaval adelantado. La agrupación examina de inglés a los presentes con la interpretación de la célebre -y tópica- We wish you a Merry Christmas, la cual en boca de muchos sevillanos llega a ser impronunciable. Pero poco importa a esta hora el dominio del idioma anglosajón. La gente bota en los balcones y en las aceras. Dejan escapar los globos. Cae serpentina de las azoteas. Y hay quien hasta grita "musho Betis" al paso del Rey negro.

Se rompen las gargantas en la tarde de este viernes gris que ha ahuyentado el agua. Sólo al final hizo falta el paraguas. La jornada se salva al milímetro. La cabalgata deja su tradicional senda blanca. Reguero de azúcar por donde andarán los sueños del 6 de enero. El camino que lleva a la infancia. Allá donde habita -como dijo el pregonero de esta casa, Carlos Navarro- la verdad más desnuda. El paraíso que no entiende de pronósticos.

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