Ruina en Castilla, amores en Andalucía
calle rioja
El quinto centenario de la boda en el Alcázar recupera la vigencia de ‘Carlos V y sus banqueros’, de Ramón Carande · En 1977 sale una edición ‘abreviada’ de 943 páginas
La odisea de un sevillano que logró huir de Doha
Hoy es el día. Se cumplen 500 años de la boda de Carlos V con Isabel de Portugal en el Alcázar de Sevilla. Es el segundo quinto centenario de este monarca. El primero fue el medio milenio del regreso de la nao Victoria completando la Primera Vuelta al Mundo. Esta segunda conquista, la de Isabel de Portugal, fue mucho más placentera. Boda en Sevilla y luna de miel en Granada. Emperador de Alemania, hijo de Flandes, pero andaluz de amores.
Existe una profusa correspondencia entre los novios que permaneció inédita durante muchos años. Ramón Carande da cuenta de ella en la bibliografía de su monumental ‘Carlos V y sus banqueros’, libro de imprescindible actualidad en esta conmemoración. Se refiere a las cartas que aparecen en las obras ‘La emperatriz Isabel’ (1917), de Francisco Javier Vales Failde, e ‘Isabel de Portugal, emperatriz y reina de España’ (1957), de María del Carmen Mazario Coleto, continuación de su tesis doctoral.
“Los historiadores tradicionales nos han contado las gestas del emperador, pero se han olvidado de hablarnos de la suerte de sus vasallos”, dice Josep Fontana en la contraportada de la edición abreviada de la obra. “Situando la epopeya en sus dimensiones económica y social –y liberándola, al propio tiempo, de los tópicos y la retórica-, don Ramón Carande nos muestra que el precio del imperio fue la ruina de Castilla”.
La edición completa apareció en 1967 editada por la Sociedad de Estudios y Publicaciones. Diez años después, la editorial Crítica, de Grijalbo, reduce a dos los tres tomos iniciales. Una edición ‘abreviada’ con dos volúmenes de 592 y 351 páginas que suman 943. Carande se resistió a manejar la “podadera”, como dice en el prólogo, y si lo hizo fue porque encontró la ayuda de Santos Juliá, “mi desprendido auxiliar en el manejo de las tijeras”. Un historiador ya fallecido con una trayectoria muy singular: siendo cura posconciliar llegó a Sevilla como primer párroco en la iglesia de San Pío X, en el barrio de las Letanías. Su primer y único destino antes de secularizarse.
Ramón Carande (1887-1986) tiene noventa años cuando en noviembre de 1977 firma el prólogo a esta edición abreviada de ‘Carlos V y sus banqueros’. En la cubierta, un diseño de Alberto Corazón a partir de una rodela del emperador Carlos V. El libro se lo dedica a su amigo el hispanista francés Marcel Bataillon, con el que coincidiría en los Archivos de Indias y de Simancas.
De su obra decía Carande hace casi medio siglo que “es un libro que no estaba a la moda al nacer, ni lo está ahora”. El libro lo divide en tres partes: ‘La vida económica en Castilla (1516-1556)’, ‘La Hacienda Real de Castilla’ y finalmente ‘Los caminos del oro y de la plata’, que anuncia con unos versos de su amigo el poeta Jorge Guillén: “No te me engrías, dinero, / aunque sin cesar te busco, / ya sabes que no te quiero”. Un historiador de Palencia, un poeta de Valladolid para glosar la ruina de Castilla en el contexto de estos amores de Andalucía.
La estela del matrimonio imperial la disemina Carande en el repaso que hace de las obras de arquitectura religiosa y civil que costeó la corona durante el reinado de Carlos V. “Granada, donde pasa el césar la luna de miel, es la ciudad más favorecida por el moderado afán arquitectónico de Carlos V”. De sus abuelos, los Reyes Católicos, recibió el encargo de conservar la Alhambra.
En 1519 autoriza Carlos V las obras de la catedral, aunque el cabildo no contaba con las rentas “copiosísimas” de los de Toledo y Sevilla. En 1526, el año de su matrimonio, manda el emperador que de los 10.000 ducados que aportaban anualmente al tesoro los moriscos, se destinase el diezmo a las obras de la catedral granadina.
Los recién casados se encuentran con un problema. “Al llegar los novios a Granada, que les fascina, tienen que dormir bajo distinto techo por falta de albergue adecuado: ella, en un convento, y él, en el palacio de los reyes moros”. “Aquel palacio, cumbre del Renacimiento, quedó a medio hacer al morir Carlos V, que no vuelve a gozar los días de felicidad peculiares de aquella temporada (4 de junio-9 de diciembre de 1526), la única sosegada que conozco de su agotador reinado”.
Pasaron por Córdoba en la luna de miel. Dice Carande que el respeto que el emperador tenía por las obras árabes no lo compartían el obispo ni los canónigos. Hicieron las obras a espaldas del emperador, que no conocía la mezquita. Los recién casados llegan a Córdoba el 19 de mayo de 1526. “Yo no sabía qué era esto”, dicen que se lamentó el emperador, “pues no hubiera permitido que se llegase a lo antiguo, porque hacéis lo que se puede hacer y habéis deshecho lo que era singular en el mundo”.
Ordenó que en Segovia se levantara una nueva catedral. La semana en la que Magallanes muere en Filipinas (27 de abril de 1521) son ajusticiados los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado. Revuelta que causó numerosos destrozos en la catedral segoviana. Cuando Castilla y León, hoy comunidad autónoma, eran el corazón del mundo, incluidos sus océanos.
“En 1537 aún no tiene el emperador un palacio en España”, escribe Carande. “Los viajes continuos no le dejan tiempo para disfrutar de una instalación estable”. En sus días se pasa “del fastuoso y costoso plateresco al estilo herreriano, severo y enjuto”. Es mucho más que un cambio artístico. “Esta dirección hacia la sobriedad y desnudez solemne de las superficies inmensas del monasterio de El Escorial, bien pudieron imponerlas las bancarrotas, en serie, de la hacienda española, a partir de 1557”. Un año antes de su muerte.
Viudo y melancólico, busca su final. En palabras de Carande, “la obra verdaderamente personal de Carlos V en la arquitectura español son sus aposentos de Yuste”. Elige un pasaje en la Vera de Plasencia, un monasterio de la orden de los jerónimos. Un sitio donde quiere encontrar “olvido y reposo”. Dice Carande que su hijo Felipe II imitó su sobriedad en El Escorial, obra de Juan de Herrera, autor también del Archivo de Indias a quien el emperador conoció en Flandes “aunque Carlos V no sintió afición declarada por el gremio”, dirá el historiador de sus relaciones con los arquitectos.
El emperador sólo encontró acomodo para morir. El mismo año de su matrimonio con Isabel de Portugal moría en aguas del Océano Índico Juan Sebastián Elcano, el marino que completó el mandato de Magallanes.
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