“Sevilla está en España, pero España no está en Sevilla”

Calle Rioja

‘El crimen del palodú’, adaptación de la novela de Julio Muñoz, termina mañana en la Sala Cero con todo vendido y más de cien representaciones

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Los inspectores Jiménez y Villanueva atados en la taberna junto al tabernero-filósofo.
Los inspectores Jiménez y Villanueva atados en la taberna junto al tabernero-filósofo. / M. G.

Es como un cartel de Fiestas Primaverales. Tres nazarenos irrumpen en el patio de butacas y aparece un cadáver en la portada de Feria. Tres nazarenos en el redondel, como la copla de Gabriela Ortega. Es el arranque explosivo de ‘El crimen del palodú’, que mañana domingo cierra este ciclo de representaciones en la Sala Cero con todo vendido.

El elenco artístico se duplica respecto al ‘Diario del Asesino de la regañá’, una precuela de la primera entrega de las delirantes historias de los inspectores Jiménez y Villanueva que se cocieron en el magín de Julio Muñoz Gijón, Rancio Sevillano. Sólo repite José Manuel Peña, que se bifurca en el periodista reo de la pena de sevillanía y en el tabernero en una muy verosímil recreación de la taberna de Pepe Yebra. Jiménez es Manuel Monteagudo; Villanueva, Moncho Sánchez-Diezma; y la comisaria secuestrada y enamorada, Paqui Montoya.

Antes entramos en la iglesia de los Terceros a ver el impresionante misterio de la Cena (el primer paso que vi de la Semana Santa de Sevilla, Domingo de Ramos de 1980, un año antes de que naciera Julio Muñoz) y a la hora de la cena ya estamos ubicados en el patio de butacas para reír a carcajada limpia con un humor muy fino y sutil. Porque ‘El crimen del palodú’, igual que ‘El asesino de la regañá’, constituyen una metáfora de la pérdida de identidad de las ciudades, el asedio del sushi y el kebab.

Ha llegado un tiempo en el que exagerar no es sino adelantarse a los acontecimientos. Los mentores de la quintaesencia esquina con la Quinta Avenida hablan de horrores como otra torre Pelli (sería la Torre Melli) en la calle Placentines o que haya wifi en el Tremendo. Pero hay exageraciones que son la pura realidad: antes y al final de la obra, vemos las colas de turistas en El Rinconcillo, la taberna más antigua de Sevilla, que data de 1670, en la esquina de Alhóndiga con Gerona (antes Sardinas), que tiene hasta su historiado libro escrito por Fátima Rosado de Rueda. Tampoco es una exageración una Semana Santa que dure tres semanas, “eso ya lo estamos consiguiendo”, dice uno de los personajes.

Casi toda la acción transcurre en la taberna más genuina de Sevilla, la de la calle Boteros donde era vecina de Garlochí. Julio Muñoz mete el dedo en la llaga de la dialéctica Madrid-Sevilla con el descacharrante encuentro entre el madrileño Villanueva y el sevillano Jiménez. Una pareja que físicamente recuerdan a Quijote y Sancho; también a Plinio y don Lotario, la pareja de policías locales de Tomelloso que inmortalizó en sus novelas Francisco García Pavón (en el café Gijón, el segundo apellido de Julio, le hice la primera entrevista de mi vida).

Sobrevuela la acción la personalidad de dos sevillanos inmortales, certificado de Pureza esquina con calle Troya: Paco Gandía, el visionario de la calle Viriato con el que se acabó el petróleo, y Silvio Fernández Melgarejo, nacido en La Roda de Andalucía, el último pueblo de Sevilla en el límite con Málaga, reencarnación de Elvis en el verano del 77, el mismo que Adolfo Suárez, tal día como mañana, despedida del palodú, convocó las primeras elecciones democráticas para gloria de la UCD. Siglas que ya están en el rincón arqueológico de las máquinas de escribir y las selectas neverías de los cines de verano.

El palodú es metáfora e instrumento de tortura, que nunca se verá expuesto, en el castillo de San Jorge. Es también apócope del palodulce, como le llama el inspector Villanueva. Por algo Antonio Burgos, otro periodista de Bami igual que Julio Muñoz, escribió un ‘Libelo contra Madrid’. Para que los académicos dejaran decir palodú. Hay una arquitectura del palodú. Hace unos años, me crucé en la Campana con Paco Barrionuevo, que además de poeta y arquitecto fue concejal de Urbanismo del Ayuntamiento de Sevilla. Me hizo una certera observación: en un siglo, lo único que se había mantenido en ese rincón delimitado por el balcón del antiguo Café de París era el hombre que en una silla de playa vende el palodú. Nada del resto queda. Ni el puesto de Curro sin Curro vende ya periódicos.

En la Campana está la parada del 27 donde una vez fui con Julio, después de su maratoniana firma de libros de El Corte Inglés, hasta Sevilla Este. Pero hay una frase en la obra que más del 27 es del 98 de Unamuno y de Azorín: “Sevilla es España, pero España no es Sevilla”. No es una verdad de Perogrullo. El autor se ha debido leer el libro de las puertas y murallas de Juan Miguel Vega, que tampoco quiere wifi en el Tremendo, porque uno de los personajes pide “murallas para los Eramus”. “¿He estado yo en Amberes ni ná?”. ¿Jugó Erasmus en el Feyenoord (de Rotterdam) ni ná? Prosigue la investigación en la Feria del 19, un año antes de las dos Ferias sin Feria del Covid, de las dos Semanas Santas sin Semana Santa pero con Cuaresma. El tabernero es un filósofo taurino que regenta un local que evoca el de ‘Irma la Dulce’, la película de Billy Wilder, con la metafísica de ‘Historia de una taberna’, el libro que Antonio Díaz-Cañabate le dedicó a la madrileña taberna de Antonio Sánchez. Un torero sin fortuna que llegó de Valdepeñas, como el bisabuelo de Reyes Morales, para abrir un museo de callos, tortillas y vermús.

El diablo inventó el rebujito y llamó suites a los antiguos corrales de vecinos. Ana Graciani le da una vuelta inteligente a la historia de Julio Muñoz, tocayo nada casual de Julio Verne, y Antonio Campos hace un excelente trabajo de dirección de actores. El método es más de Ladinsky (el Atila apátrida que jugó en el Betis) que de Stanislaski. Y la producción de Sofía Aguilar.

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