Cuando suena Bach, Mozart habla

Calle Rioja

Tributo. La Academia de Bellas Artes rindió homenaje al organista José Enrique Ayarra con un triple acto religioso, académico y musical, tres de las dimensiones del cura aragónes

El quinteto Casiopea toca una pieza de Schubert en el homenaje a Ayarra en la Academia de Bellas Artes.
El quinteto Casiopea toca una pieza de Schubert en el homenaje a Ayarra en la Academia de Bellas Artes. / Víctor Rodríguez

GRANDE entre los grandes. Así llamó Juan Rodríguez Romero en su panegírico a José Enrique Ayarra (Jaca, 1937-Sevilla, 2018) durante el acto de homenaje que le rindieron sus compañeros de la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría. Lo hacen siempre, explica Fernando Fernández, secretario general de la institución, para honrar a los que se fueron. Lo hicieron antes con Manuel Seco, el orfebre, acto al que acudió su hija, la arqueóloga especializada en Egipto Myriam Seco, y pronto le tocará el turno a la memoria y el recuerdo de Manuel Pellicer, una institución de la enseñanza de la Prehistoria y la Arqueología.

El homenaje fue triple: primero, una misa en la Capilla de los Pinelo que se quedó a todas luces pequeña para la afluencia. Oficiaron los hermanos Manuel y José Luis Peinado, canónigos como Ayarra. El primero, de la promoción siguiente, compartió con el organista el ritual de la tonsura, convivieron durante 33 años en la Catedral. Después recordarían al músico que dio conciertos en 62 países, descubridor de Correa de Arauxo, intérprete de la música sacra, pero Peinado evocó “el alma sacerdotal” de quien tocaba una música “técnicamente perfecta y profundamente religiosa”. Recordó a los trabajadores de la catedral llevando a hombros el féretro con los restos de Ayarra hasta la puerta de San Miguel. En alguna confidencia, imaginaba que no hubiera música en el cielo, extremo que desmentía su interlocutor con la cita evangélica de los ángeles, arcángeles y coros celestiales.

La segunda parte fue el acto académico propiamente dicho, introducido por Isabel de León, marquesa de Mérito, presidenta de la Academia de Bellas Artes de la que Ayarra fue miembro durante casi cuatro décadas. “Ha sido un gran tesoro para Sevilla, un gran orgullo para España”.

En sus oposiciones a organista tuvo que examinarse de Teología en Latín, recordóManuel Peinado. En los Pinelo volvían el Trivium y el Quadrivium en torno a este cura de auditorios y confesionarios. Allí se dieron cita el Derecho, la Historia, la Arquitectura, la Pintura, la Música.

Fernando Fernández leyó fragmentos de la última voluntad del organista. El testamento lo debió redactar en plena forma porque murió mientras preparaba el concierto de vísperas de Cuaresma. Expresaba su deseo de que lo enterraran en su Jaca natal, confiaba en la misericordia de Dios para que le perdonara la vanidad en el ejercicio de la música. Dejó buena parte de su patrimonio para Cáritas y a la Academia le donó un cuadro hecho a mano por su madre en hilo de seda que representaba la estampa de la dama y el unicornio. En ese testamento reconocía en Bueno Monreal, el obispo que se lo trajo desde Jaca a Sevilla –con escalas en Ubrique y Umbrete– su modelo de sacerdote ejemplar.

Emilio Gómez Piñol leyó la semblanza de Ayarra hecha por Ignacio Otero, que lo considera “artífice del renacimiento de la música de órgano en Sevilla”. Murió durante el año Murillo y bajo la presencia de un retrato del pintor, académicos, familiares y amigos asistieron a una estampa evocada por Juan Rodríguez Romero de dos virtuosos nimbados por la sencillez: Manuel Castillo y José Enrique Ayarra, que estrenó algunas de sus composiciones.

María Esther Guzmán tocó una pieza de Bach a la guitarra, algo tan difícil como la música de los Beatles, que tanto le gustaban a Ayarra, al órgano. “Tocamos juntos en la Catedral y en los Venerables. Fuimos compañeros de la Academia. Lo conocí cuando era una niña en el Conservatorio”, decía emocionada la guitarrista de quien formó las voces de las monjas de clausura.

Ayarra nació el día del Libro de 1937 y los músicos que ayer le rendían tributo salían de un breve ensayo en la Biblioteca de la Academia de Bellas Artes. El Quinteto Casiopea interpretó un Adagio de Schubert. Música celestial para un aragonés que bajó de la nieve al azahar. Bach y Schubert con el colofón de las palabras de Mozart con las que terminó su panegírico el sanluqueño Juan Rodríguez Romero: “La música es mi vida y mi vida es la música, y quien no entienda esto no es digno de Dios”. Su hermana y una sobrina de Ayarra asistieron al emocionado homenaje.

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