La táctica de no parecer un político
Puntadas con hilo
Zoido intensifica sus acciones de micropolítica para apuntalar su mayoría sin irrumpir en la división regional
LA clase política no vive el mejor de sus momentos. La tremenda desafección hacia los políticos que revelan las últimas encuestas difundidas no es un mal nuevo. Pero el último sondeo conocido, el barómetro del Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA) publicado esta semana, arroja un dato alarmante al respecto: el 92,7% de los andaluces creen que los políticos se preocupan de sus intereses y no de los problemas de los ciudadanos.
Quizás esta premisa explique hoy en parte el éxito aplastante que tuvo Juan Ignacio Zoido en su carrera por la Alcaldía de Sevilla. Quienes trabajaron en la fabricación del entonces candidato se esmeraron en construir una marca, alejada de los eslóganes y colores del partido. Un rostro, una forma de ser y de hablar que se coló en los hogares sevillanos. Zoido quiso estar hasta en la sopa, ser uno más de la familia y alimentar su imagen de tipo gordito, simpático, bonachón y, sobre todo, servicial, que a todos les recordaba a su padre, a su tío o a su vecino del quinto. Y ése fue el principal objetivo de la campaña. ¿Dónde está el límite entre la hipocresía y la lealtad? En política esta línea es difusa y sólo quienes pertenecen al círculo más íntimo del personaje son capaces de distinguirla.
La principal baza de Zoido está y seguirá estando en lo que algunos denominan la micropolítica y que no es más que hacer ver al vecino, al votante, que al alcalde le preocupa más el árbol que hay que podar y el bache que hay que tapar que los grandes ejercicios dialécticos en torno a las Atarazanas, la capitalidad o los relevos en el partido (la dialéctica desde la tribuna no es su fuerte). De hecho, uno de los juegos de Zoido antes de coger la vara de mando era ejercer de alcalde. Y ganó la partida.
Ahora, a falta de dinero para grandes proyectos, lo que queda es darle una vuelta más a la micropolítica para aplicarla con absoluta precisión. ¿Por qué si no los distritos van a manejar el año próximo el presupuesto para las obras? ¿Qué calles se arreglan y en qué orden? Aquellas donde vivan los vecinos que más veces hayan ido a quejarse a la sede del barrio.
Sólo el convencimiento de que este argumento es el cierto explica cómo el alcalde puede incluir en su agenda una media diaria de ocho actos públicos. Unos se publicitan, otros no, por puro arte de comunicación. Aunque siempre hay alguna parada que otra que se escapa de todas las bitácoras, un compromiso adquirido en plena calle que atender y que vuelve locos a escoltas y asesores. Los actos que discurren sin cámaras ni micrófonos también persiguen dar golpes de efecto, sin presión mediática de por medio, lo que garantiza su éxito. Que la oposición dice que se van a recortar los talleres de distrito, pues cada semana a uno. ¿Ven señoras como el alcalde no mentía? También es cierto que Zoido suele pisar sobre firme. ¿Se subiría al tranvía como hace de vez en cuando si no supiera que el grado de satisfacción de los usuarios es notable? Y cuando la cosa se pone fea o hay que rectificar, incluso pedir disculpas, para eso están los despachos. Venga a mi casa, que tiene las puertas abiertas, y yo le explico.
Pero en ese juego de la micropolítica y de no parecer un político se trasluce otra maniobra. Interna. La entrega absoluta de Zoido con Sevilla y los sevillanos, que diría él, choca con el protagonismo que debería tener como presidente del PP a nivel andaluz. ¿No debería estar jugando a tope ese partido en una división regional? El PP de Zoido ha bajado más puntos en la tabla de Andalucía que en la de Sevilla. A Juan Ignacio se le tiene por un hombre trabajador y disciplinado. Tal vez esté reivindicando que sólo quiere ser alcalde, y feliz. Pero no queda claro. Algo falla, quizás la estrategia. La política es complicada, pero no se entiende sin políticos, aunque a veces a éstos no les convenga parecerlo.
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