Calle Rioja

El único ‘palo’ que no duele

  • Tradición. En la Campana, rosa de los vientos de la Semana Santa y del corazón de la ciudad, todo ha cambiado, modas, bares y edificios, menos el hombre que vende palodul

Manuel Ordóñez, en su puesto de palodul en la Campana, delante del escaparate de Zara. Manuel Ordóñez, en su puesto de palodul en la Campana, delante del escaparate de Zara.

Manuel Ordóñez, en su puesto de palodul en la Campana, delante del escaparate de Zara. / Juan Carlos Muñoz

EL autor intelectual de esta crónica es el arquitecto Francisco Barrionuevo. El otro día coincidimos donde Tetuán empieza a llamarse Velázquez y me hizo una observación propia de su oficio. Contó que hace unos sesenta años pasaba por esta misma zona camino del colegio de los Maristas en la calle Jesús del Gran Poder. El niño que se hizo arquitecto y también poeta, traductor y hasta concejal de Urbanismo volvía por la vía del costumbrismo.

“Todo ha cambiado, los edificios, la forma de vestir, los medios de transporte. Lo único que sigue exactamente igual es el hombre que vende palodul en la Campana”. Palo Dulce, que suena a nombre de pueblo mexicano próximo a Tijuana.

Ya no están el Café de París ni el bar Flor ni el bar Tropical de Pepe Pinto ni la Chester, sinécdoque de su puesto de cigarrillos a deshora. Pero ahí sigue imperturbable el hombre con su puesto del palodul. Manuel Ordóñez nació en 1983, hijo de la barriada de Torreblanca. Se turna con Manuel Ordóñez padre, que cogió el sitio y el puesto de un hombre que perdió la visión.

“La temporada alta del palodul es el otoño, el invierno y la primavera. Una vez que termina la Feria, el palodul afloja”. A las estaciones de Vivaldi le falta una para completar el ciclo. Falta una semana para que llegue el verano, que siempre aparece antes que los toldos. Y los Ordóñez, padre e hijo, cambiarán el palodul por los higos chumbos.

Igual que el picudo rojo se está cargando el palmeral de Sevilla, dice Manuel que hay una enfermedad que está diezmando las chumberas “y nadie se preocupa por ello”. Los higos chumbos los suele coger en Parque Alcosa y el palodul es ribereño de Coria del Río. Cerraron los cines de verano, parábola del cambio climático, y ya no se ven esos puestos de hugos chumbos junto a los carteles con las películas de Charles Bronson, Lee Marvin, Antonio Ozores y Concha Velasco.

Durante la Feria del Libro, el vendedor de palodul vio en los puestos de El Corte Inglés el libro El crimen del palodú, de Julio Muñoz Gijón, continuación de El asesino de la regañá. “Lo tengo que leer”. Dice que el último libro que leyó fue “una novela para leerla con mi hija Ainoa, que se la pusieron en el colegio”.En Semana Santa, la zona del palo dulce es una turbina de cofrades. Los Ordóñez, con ese apellido de dinastía de toreros, “yo nunca he estado en la Maestranza, los toros los veía con mi abuelo materno por la tele”, se desplazan y se colocan entre el bar Duque y la calle Alfonso XII.

Todas sus aficiones son “confesables”. “Me gusta el deporte, me hubiera gustado seguir estudiando Geografía y disfruto mucho tocando el tambor”. Ha pertenecido a un par de bandas de música en Semana Santa. El palodul es la juanola callejera, una medicina sin receta que uno asocia con los paseos del Loco de Moguer con el burro Platero.

“Dicen que el palodul es muy bueno para las enfermedades del estómago, de la garganta”, dice el vendedor de Torreblanca. “Un hombre vino a por varias tiras por recomendación de su médico. Hay gente que se lo lleva para hacer infusión con el té y también para cócteles, va muy bien con la ginebra y con el anís”.Palo Cortado es un vino que conoce muy bien Caballero Bonald. Palo Dulce es esencia y tradición. “No es un árbol, es la raíz de la planta del regaliz. Está bajo tierra, en invierno sin hojas; en verano con muchas hojas, por eso cuesta el doble cogerlo”.

Cambiarán el palodul por los higos chumbos. No coge vacaciones. Hace unos años se quedó parado, damnificado de uno de los eres de la UGT, donde trabajaba de vigilante. También ha sido cerrajero, una vez le tocó un servicio en la casa de Belén Ordóñez, hermana de Carmina, hijas y nietas de los Ordóñez toreros. Una rama de Ronda diferente.

Entre Zara y la menina del contenedor de Ágatha Ruiz de la Prada. Cuando llegó el primer vendedor, Amancio Ortega no estaba en el Forbes y vivía en Arteixo. Forma de cigarrillos, van en trenzas, puro campo en la ciudad.

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