Un viaje del torno al pupitre
Calle rioja
Mañana se inician los actos conmemorativos de los 50 años de apertura del colegio de las Mercedarias de San Vicente, que abrió en octubre de 1960
Taxista es el oficio de su padre y de su hermano. Algo le quedó. Es una de las dos religiosas del convento de la Merced que tiene carnet de conducir. La otra es Lolita, el último ingreso. “La crisis llegó antes a los conventos que a la sociedad”, dice Rosario Martín Caparrós, sevillana de la Alameda (1956), hija y hermana de taxistas, antigua alumna de las Mercedarias de San Vicente, donde entró como alumna con nueve años y como monja con 21. Le ha tocado vivir como directora los 50 años de existencia del colegio, celebración que se inicia mañana.
Hasta el 6 de octubre de 1960, fecha de inicio del colegio, el edificio albergaba un convento de monjas de clausura papal que se dedicaban a bordar, vender los huevos del gallinero y hacer flores para una Feria que les quedaba tan lejana como Luna o Marte. Empezaron diez o doce alumnos. “El primero fue un varón, con la fama que ha tenido como colegio de niñas”, dice la madre Rosario, a quien le gustaría dar con el paradero de aquel alumno pionero.
“Fueron diez o doce, no más. Dos años después ya se daban clases de Mecanografía, Taquigrafía, Corte y Confección y Bachillerato para Enseñanza Libre”, cuenta quien entró siendo la monja número 24 de una congregación en la que hoy conviven ocho. “En España la cosa está difícil. El futuro hoy es México (allí las mercedarias tienen tres casas) y en los países de habla hispana”. De hecho, Rosario, que enseña Conocimiento del Medio y Religión a alumnos de quinto, accedió a la dirección cuando su predecesora, la madre Mari Luz, una gallega de infancia guipuzcoana, se marchó a fundar un colegio mercedario a Guatemala, donde continúa.
La historia del colegio de la Merced es como un reloj de precisión diocesana. Lo inauguró el cardenal Bueno Monreal en 1960; ofició la misa de los 25 años Monseñor Amigo Vallejo en 1985 y ha confirmado su asistencia el nuevo titular de la diócesis, Juan José Asenjo, para la misa que cerrará el 17 de octubre los actos conmemorativos.
No es la madre Rosario la única antigua alumna en el claustro. María Dolores Jiménez, Lola para sus cientos de alumnos, entró como profesora en el curso 75-76. Entre sus alumnas tuvo a Macarena, psicóloga del centro, y a María José, profesora de Inglés. También fueron alumnas Inma y Sonia, profesora de Preescolar, y Tere Castillo, que da Educación para la Ciudadanía. Hay profesoras como Concepción Mejías (Conchita) que desarrolló tuda su vida laboral como profesora del centro.
A la niña Rosario que vivía en la Alameda siempre le fascinó saber “qué había más allá de aquellas puertas por las que una no podía ni asomar la cabeza”. El convento decidió abrirse al mundo. “Cambió nuestra forma de vestir, pero el estilo de clausura permanece. La clausura está en darte a Dios, en la oración, en la renuncia a muchas cosas o el sacrificio. Nuestro carisma es la liberación, como aquellos cautivos a los que liberaban los primeros mercedarios, caso de Cervantes”.
El colegio acoge a un total de 235 alumnos. El 12 de marzo tendrá lugar un encuentro de antiguos alumnos. La directora recuerda el valor que le echó la superiora de 1960, la navarra Mariana Senosiaín, para dar un paso de gigante con estos pequeños.
Rosario ha sido superiora en una congregación de la que forman parte religiosas que ya estaban cuando llegó: la madre Ana María o la madre María Isabel, que hace las veces de portera y fue su maestra de novicia. Todos los días oyen misa a las ocho menos cuarto de la mañana. Las pilas de la fe para un programa que incluye Aula de permanencia matinal y comedor. Y un ideario. “Para tener un colegio como cualquier empresa, no vale la pena”, dice la hija y hermana de taxistas, aficionada a la lectura y a los viajes. Sus últimos hallazgos: Toledo y París.
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