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Sevilla FC | Supercopa de España

Fútbol contra la nostalgia

  • Tánger se intenta transformar para atraer aún más al turismo en su lucha con Marrakech

Alineaciones. Fuente: elaboración propia. Gráfico: Dpto. de Infografía Alineaciones. Fuente: elaboración propia. Gráfico: Dpto. de Infografía

Alineaciones. Fuente: elaboración propia. Gráfico: Dpto. de Infografía / Dpto. de Infografía

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La final de la Supercopa de fútbol española entre el Barcelona y el Sevilla va a ser un acontecimiento histórico en Tánger, una ciudad en plena transformación urbana que no termina de desprenderse del aura de nostalgia y malditismo que siempre la han acompañado.

Nadie ha explicado todavía cuánto dinero ha pagado Marruecos –al Barça, al Sevilla y a la Federación Española– para llevar el partido a Tánger, pero se trata de una apuesta de futuro en términos de promoción, para que la ciudad quede asociada a la imagen de fiesta y atraiga así a más viajeros.

El año pasado visitaron Tánger 312.074 turistas extranjeros y casi otros tantos nacionales, un récord en los últimos años pero muy lejos de los 2,5 millones que visitaron Marrakech, la joya de la corona del turismo marroquí. Con un paseo marítimo y un puerto deportivo recién inaugurados, además de un nuevo museo arqueológico (pomposamente llamado “de civilizaciones mediterráneas”), la ciudad quiere apostar ahora por una idea de modernidad que le sacuda el polvo de esa imagen de antro decadente que muchos occidentales vienen a buscar.

Tánger se ha convertido en poco tiempo en uno de los motores económicos del país gracias a su cercanía al megapuerto de TángerMed y de la planta de montaje de Dacia-Renault, y el hecho de saberse preferida por el rey Mohamed VI hace que todos sus sueños sean grandes, a veces megalómanos. Un ejemplo son los cruceros: hace tiempo que Tánger quiere que su puerto sea escala obligada de los enormes navíos que surcan el Mediterráneo con turistas ávidos de gastar, pero en todo 2017 sólo atracaron en su muelle 16 barcos con 20.000 turistas, uno de tantos “sueños quebrados”, como titulaba recientemente el diario L’Economiste. Las razones son diversas: una oferta de ocio limitada, unos precios más caros de lo que el turista imagina (sobre todo si la comida viene regada con alcohol) y el espectáculo de un puerto donde nunca faltan niños de la calle tratando de colarse en un camión ni subsaharianos mendigando algo de ayuda.

Tánger carece del glamour a veces postizo de Marrakech, y su autenticidad no necesita probarse, pero esa autenticidad reposa sobre una imagen libertina de “sexo, droga y rocanrol” que dejó de ser cierta (si alguna vez lo fue) hace ya cincuenta años.

Por aquí pasaron los Rolling Stones, Jimmy Hendrix y U2; Paul Bowles la llamaba “ciudad de ensueño” y aquí invitó a sus amigos beatniks, a lo que fue “su patio de recreo –como la definía recientemente la revista marroquí de historia Zamane–: un lugar único en el mundo, en África pero al lado de Europa, donde se codeaban espías y prostitutas y donde todo estaba permitido: la homosexualidad y las drogas”.

Queda algo –poco– de aquel Tánger canalla y cosmopolita, y va desapareciendo: esta semana se supo que el mítico Café Haffa, construido en la ladera de una colina que mira hacia la punta de Europa y donde los efluvios del hachís compiten con los de la hierbabuena del té, se ha salvado por los pelos del cierre.

El Haffa se salva por el momento, pero el imponente Teatro Cervantes se cae a pedazos, la plaza de toros (única en África) ha sido declarada monumento nacional pero nadie sabe qué hacer con ella y el histórico café “Madame Porte” es ahora una franquicia de McDonalds. Pero la nostalgia es poderosa, y la literatura o el cine vuelven a aquel Tánger una y otra vez: lo hizo la serie “El tiempo entre costuras” y lo sigue haciendo Arturo Pérez Reverte con su serie de Falcó: regresan al Tánger de hace cincuenta años que mitifican sin haberlo conocido.

No regresan a otro Tánger más verdadero y más miserable: el que retrató el novelista tangerino Mohamed Chukri en “El pan a secas”, una ciudad de chaperos, borrachos y mendigos, que era como la “cara B” de aquel Tánger refinado y esteta.

El Tánger de 2018, dirigido por un alcalde islamista, ya no es ni sombra de aquella ciudad internacional, aunque las costas europeas siguen ejerciendo de imán desde los cañones del Boulevar Pasteur. Hoy unos y otros, el rey, los empresarios y los islamistas, coinciden en una cosa: en que quieren atraer a los turistas para servirles un Tánger más de este siglo. Esta vez mediante el fútbol.

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