Sevilla-Valencia | La crónica Epílogo con poso de superpotencia

  • El Sevilla cierra con triunfo sobre un rival directo y con un cuarto puesto empatado con el tercero una Liga extraña por el parón y por las dudas de su afición.

  • La acción del gol de Reguilón ilustra el hambre de un equipo y otro.

Los jugadores del Sevilla celebran en una piña el gol de Reguilón. Los jugadores del Sevilla celebran en una piña el gol de Reguilón.

Los jugadores del Sevilla celebran en una piña el gol de Reguilón. / Antonio Pizarro

El Sevilla cerró con otra alegría, en lo que a la Liga se refiere, una de las mejores temporadas de su historia y también de las más extrañas, no sólo por la falta de público y las alturas en las que acaba por la desgracia mundial que ha traído el Covid-19, sino también por la exigencia en la que se ha instalado su afición, que mientras recordaba antes del inicio del duelo ante el Valencia a Biri-Biri en su adiós, parece totalmente de espaldas al espíritu de alegría y combatividad que insuflaba el morenito –así se le decía con cariño en sus tiempos y no se escandalizaba nadie– delantero gambiano.

Esa alegría con la que el sevillismo celebraba cada gol, cada triunfo, ese gesto siempre sonriente de Biri-Biri que cautivó a su afición tanto que fundó su peña más grande en torno a él y que la mantuvo hasta nuestros días, ha desaparecido y en su lugar a menudo convive con una frustración casi enfermiza que impide saborear los éxitos de un equipo que, en el caso que nos ocupa, puede permitirse el lujo de llegar a la última jornada peleando por el tercer puesto y hasta acabar empatado a puntos con su inquilino, un objetivo que con los presupuestos de Real Madrid y Barcelona es lo mismo que definirlo como ser el campeón de los humanos.

El Sevilla de Lopetegui cierra una Liga espectacular, cuarto empatado a puntos con el tercero, un Atlético con el que iguala en el goal average particular además y que tiene que irse a la diferencia de goles para superarlo en la tabla. Quién sabe con ese nueve que tanto ha echado en falta la exigente afición blanca... Pero, en resumen, una campaña liguera como muy pocas pueden hacerle sombra en la historia del club. Una de Juande, otra de Jiménez (una paradoja su parecido con la tirria hacia el actual técnico), la de Sampaoli o una de las tres de Emery.

Y lo hizo ante un equipo que este año lo superaba en presupuesto (aunque no en límite salarial), dejando un poso de superpotencia mundial en esto del fútbol, muy por encima de un Valencia que aspiraba a estar el año que viene donde ya por méritos propios esrán los de Lopetegui.

Para empezar, el entrenador vasco le dio rigor a la cita con una alineación con todo lo que tenía que tener. Salvo Banega y Fernando, aparte del lesionado Vaclík, el de Asteasu puso sobre el campo guarnición suficiente como para que nadie pudiese decir ni mú sobre su papel en esta última jornada pese a no jugarse, digámoslo así, nada tras haber visado su billete para la Champions con tiempo para evitar prisas.

De todas formas, de reojo se miraba lo que sucedía en el Wanda Metropolitano, por si había que acelerar para darle al cuadro la pátina de brillo que hubiese dado la tercera plaza. Y los de Lopetegui les pusieron ganas ante un equipo que se cerraba con el 4-4-2 heredado de Marcelino y que buscaba las contras de Guedes, que se rompió pronto, y Gameiro. La puerta de Domenech la martilleaba lo que se podía. Un pie suyo salvó la mejor ocasión de la primera mitad, de un Óliver Torres que esta vez retrasó su posición e hizo de Banega en la línea en la que más titubeaban los blancos, sobre todo por pérdidas en las entregas y las dudas a la hora de cerrar de Gudelj. Por ello Parejo tuvo un par de intentos que resolvió Bono, el segundo por una falta evitable del serbio.

Pero tras el paso por vestuarios, el Sevilla, como se dice ahora, soltó el cubata y metió la directa dispuesto a decidir y sumar los tres puntos por si al Atlético le daba por dar un patinazo en la recta final, algo con lo que amagó. Munir dio un poste y el Valencia, un flan como todo el año, empezó a temblar. Llamativa fue la acción del gol de Reguilón, en la que el equipo que no se jugaba nada parecía ser el Valencia por la pasividad de su defensa y el que luchaba con uñas y dientes por sus objetivos vestía de blanco. El madrileño se fue al suelo para llevarse una disputa con Parejo poco tenso, se hizo con el balón y, ante la mirada atónita de Paulista, lanzó un latigazo con su pierna mala, la derecha, para poner el balón en la escuadra.

Del Valencia que se jugaba la vida prácticamente no había noticias y sólo con la salida de Kang-In Lee se animó algo aunque a borbotones y sin orden ante una de las dos defensas más seguras del campeonato.

El Sevilla se va a Alemania con una Liga de 70 puntos, con 17 partidos oficiales sin conocer la derrota, con casi los mismos sin recibir un gol en contra y con la sensación de que se ha convertido en algo muy grande. Gracias a Monchi, sí, pero también a gente como Lopetegui, a unas estructuras que no han llegado ahí desde la nada y a una plantilla que ha demostrado ser de oro puro. Y aún queda.

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