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Ni en aquel mar de 'manitas'

  • El Sevilla bordeó el ridículo más sonoro de sus periplos europeos, incluso mayor que cualquiera de las goleadas que padeció la pasada campaña

Sergi Gómez es expulsado en el minuto 56 por el árbitro francés Benoit Millot. Sergi Gómez es expulsado en el minuto 56 por el árbitro francés Benoit Millot.

Sergi Gómez es expulsado en el minuto 56 por el árbitro francés Benoit Millot. / Mehmet Altan (Akhisar)

La temporada pasada del Sevilla fue como un concierto de Alejandro Sanz: recaudó un puñado de dinero y, tras un mar de manitas, los seguidores se fueron satisfechos a casa. Y todas y cada una de las manitas que sufrió, incluso la del Eibar en Ipurua, hubieran sido menos humillantes que el empate que a punto estuvo de conceder, de perpetrar el Sevilla en una ciudad turca cuyo nombre olvidarán los hinchas en unas semanas. Lo que no les conviene olvidar es el circense número de quienes vistieron la zamarra blanca en la delirante noche turca.

El sevillista añejo sabe que nunca fue fácil volver del periplo europeo con la sonrisa en la cara. Las primeras seis aventuras acabaron sin triunfo, aunque en la primera las tablas fueron de prestigio, un empate a cero ante el ilustrísimo Benfica en la Copa de Europa que hizo bueno el 3-1 de la ida. Luego hubo menos épica en los viajes de ese torneo: un plomizo 2-0 ante el Aarhus en Dinamarca, un aparatoso 8-0 ante el Real Madrid de Di Stéfano.

Ya en el 62, en su única incursión en la extinta Recopa, el Sevilla fue laminado por el Rangers en Glasgow (4-0). Y más tarde, en la Copa de Ferias, cayó a las primeras de cambio por sendas derrotas ante el Dinamo de Pitesti rumano (2-0) en el 66 y ante el Eskasehispor turco (3-1) en el 70. Hasta el 82, en Bulgaria, ante el Levski Spartak, no vencieron fuera los sevillistas (0-3).

Ni siquiera instaurado entre los grandes de los torneos continentales, rey de la Liga Europa con sus cinco títulos y cerca de los 200 partidos europeos, ha cambiado esa tendencia negativa en sus singladuras. Incluso en las que terminaron con plata por las calles de la ciudad.

Aquel Sevilla de Juande, camino de Eindhoven, perdió en San Petersburgo ante un Zenit menor, empató en Inglaterra ante un Bolton vulgar, se trajo de Lille un inquietante 1-0. Y camino de Glasgow, empató en Liberec, perdió en Pamplona. Y apenas ganó lejos del Sánchez-Pizjuán.

El tricampeón equipo de Unai Emery fue a su rebufo, sobre todo en esas insulsas liguillas iniciales: de nuevo Liberec (1-1), Rijeka (2-2), Standard de Lieja (0-0), Feyenoord (2-0)...

Ayer fue como si los sevillistas, con su ejercicio de desidia, quisieran limar las siderales diferencias técnicas, tácticas y hasta físicas que hay entre ellos y el Akhisar, como se vio en Nervión dos semanas atrás con el 6-0, para volver sin la victoria en la bodega del avión, hacer un guiño a su historia y acercar así, de algún modo, la final de Bakú. Un supersticioso de la escuela caparrosiana lo hubiera firmado.

Pero no. Tan corto es el Akhisar, tan lejos está del nivel medio de todos esos equipos a los que el Sevilla no pudo derrotar como visitante en su historia europea, que al final el Mudo Vázquez forzó un penalti y, con un jugador menos, el Sevilla venció y mantuvo el liderato.

No ya la derrota, el mero empate, hubiera sabido como una humillación aún más amarga que cualquiera de las manitas de la temporada pasada. Muchos olvidarán pronto el nombre del equipo turco. Que Machín se lo grabe a fuego.

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