Crónica del especial en Telecinco

Fernando Simón nos cansa a los demás con sus aventuras

  • Jesús Calleja hace una entrega de dos horas para el epidemiólogo al que, efectivamente, se le limpió su imagen profesional ¿alguien dudaba de otra cosa?

Simón en su recorrido hacia la cueva de Ses Llàgrimes Simón en su recorrido hacia la cueva de Ses Llàgrimes

Simón en su recorrido hacia la cueva de Ses Llàgrimes / Mediaset

Durante unos minutos Fernando Simón se quedó solo en lo alto de un acantilado en la isla Dragonera, contemplando el paisaje desde la soledad de las decisiones. Simón, el estilita, ermitaño entre ministros, asesores y fotógrafos de la Moncloa.

Un gurú de voz rota y ademanes tímidos. Un “ser humano”, como resumiría un simple. El ciudadano que tuviera mala imagen de él no puede reconocer que su paso por Planeta Calleja le haya perjudicado;y para los que sienten una admiración popera por el coordinador del Ministerio de Sanidad ante la pandemia el epidemiólogo habrá alcanzado la santidad de asceta fibroso, capaz de escalar el risco que haga falta. Porque trepar es una de sus especialidades.

“Qué bien que no me hiciste caso”, le admitió recientemente su padre, que quería verlo de psiquiatra. Pues precisamente los poderes de este país necesitarían una terapia colectiva. “He conseguido que te arrastres”, le azuzaba Jesús Calleja en la cueva de Ses Llàgrimes, en Alcudia, tal vez el paraje desconocido más asombroso que hemos visto de España en un documental. “¿Qué pinto yo aquí?”, se preguntaba realmente en mayestático el galeno, asombrado ante el poderío natural.

Porque Calleja sabe adornar sus espacios de aventura: entrega a sus invitados a la rendición del parlamento por cansancio o por fascinación. Era inevitable que entre el globo, el buceo (con las cejas aumentadas con las gafas, de caricatura), la escalada y la bicicleta cuesta abajo Simón, tan en forma, estuviera fascinado. Los espectadores fuimos los que nos quedamos cansados. Fueron dos horas de Telecinco: Planeta Calleja de Luxe.

Entre esfuerzo y esfuerzo, unas preguntas. Nadie lo vio venir, insiste. Simón aún se sobrecoge, aunque con un punto ufano, cómo se asumió el confinamiento por los responsables políticos.

Por eso sabe que debe decir que el riesgo de la manifestación del 8-M no era mayor que el de un día en el Metro. Y nunca le han dicho qué tiene decir, subraya el siempre calmado médico que habla bien de todos sus jefes, de Soraya a Illa.

Recordó su mala experiencia familiar con el coronavirus mientras se daba el chapuzón submarino. Le pusieron al lado a Eneko e Íker Pou, campeones españoles de escalada, y terminaron haciendo pan en casa de Miquel Montoro (el niño glotón de “hòstia, pilotes”).

Todo simpático, biosostenible, ecologista, esperanzador (vacunas en diciembre), paisajes sublimes. Hombre, si no eran ingredientes para enjuagar la imagen de Simón a ver qué iba a hacer este hombre durante una semana por ahí fuera de los focos.

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