Los Morancos de Tijuana
El capítulo español de 'Mentes criminales: sin fronteras' despierta más risas que cualquier episodio de comedia
Hay chozas tropicales en Pamplona y toros que comen carne humana
Levantemos un muro para que no nos lleguen de Estados Unidos series tan malas. Una muralla que vaya desde playa hasta el monte. Desde Santurce a Bilbao, desde Donostia hasta Iruña, en un camino flameado por banderas españolas, rumbitas de Andy y Lucas y toritos que se relamen con carne de difunto. Una España mexicana, como se ha plasmado otras veces en la TV de Estados Unidos, donde en lugar de aceras hay arena empercochada, chozos y paredes sin enlucir, como en esos rincones caribeños donde los estadounidenses se ponen hasta las cejas de tequila por un puñado de dólares.
Esta es la televisión de Trump. El entretenimiento gratis y a domicilio donde el presidente se convirtió en el ídolo de sus paisanos. Para una audiencia impresionable, sugestionable, miedosa, cateta y alarmista. Mentes criminales: sin fronteras se dirige a los 68 millones de turistas yanquis que dejan su tierra sin saber dónde se meten. Efectivamente, muchos no tienen ni pajolera idea de dónde se meten. Tengan cuidado ahí afuera. Y la secuela de Mentes criminales, con el teniente Dan, el demacrado Jack Garrett (el actor Gary Sinise) les habla con mucho miedo de un asesino español que tritura la carne de sus víctimas para alimentar a los toros de su ganadería, en un país donde te pueden asesinar simplemente por mear frente a la iglesia y donde los curas son reacios a dar pistas. Una revisión de los sanfermines de Hemingway con el sello de Los Morancos.
El capítulo, que emitió Cuatro la pasada semana y que se puede visionar hasta el jueves en la plataforma Mitele, es para reír a carcajadas pensando en cómo este cuentecito de terror puede dar miedo al resto del planeta. Son 40 minutos que andan entre el fango, porque la serie es tediosa y tontaina con avaricia. La Pamplona convertida en Tijuana con paredes de cartón piedra no la mejora ni la peor ambientación de un restaurante tex-mex.
A lo largo del episodio aparecen pistas falsas que pretenden dar intelectualidad al relato y a sus agentes protagonistas, hablando del terrorismo vasco, de tradiciones sacrosantas, activistas violentos e interpretaciones taurinas que quedan hechas trizas para cualquier espectador extranjero que se dignara a mirar en google. Si hablan de una inexistente "plaza de Baskonia" en la capital de Navarra es un pecado muy venial para la catarata mamarrachera con la participación de un actor español, Carlos Leal, que era el gran malo de El internado. El toro bravo, como se llama el capítulo, es puro disparate. Tanto como series tan nuestras como Águila Roja. Por ejemplo.
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