Obituario

Fallece José María Íñigo, un profesional directísimo

  • El periodista vasco presentó emblemáticos programas de TVE como 'Estudio abierto' o 'Fantástico'

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En sus ademanes y expresiones latía un poso atento, de cortesía innata, llegó a ser un amable marciano como contertulio en la televisión actual, en la que aparecía como un antepasado de retrato bigotudo, custodio de otros tiempos catódicos en los que fue pionero y vanguardia. José María Íñigo (Bilbao, 1943) mantuvo su curvada pelusa incluso cuando lo mandaron de cronista de Supervivientes,hace once años, cuando se quitó su conocido peluquín y se echó encima unos kilos de más.

Un aspecto desconocido pero reconocible para aquel maestro de ceremonias y del directo de Fantástico, el último dominical gigante de TVE, en el que los niños que vieron llorar a Arias Navarro escribían sus deseos a El Conseguidor. Un programa donde anónimos acudían a su minuto de gloria descoyuntándose en ¿Y usted qué sabe hacer? entrelazados entre concursetes, play-backs, entrevistas y lucha libre de mentira, de esa que llegó de EEUU y se quedó entre nosotros. Tras José María estaba Paco, su hermano, productor de aquellos monopolios del entretenimiento que congregaban a quince, veinte, millones de espectadores. Y delante del apellido, Cinecentral, la productora familiar, por la que tuvieron que declarar en polémicas auditorías de Prado del Rey. Alguna cifra se le descabalgó de vez en cuando al señor del bigote, siempre adelantado a su tiempo. Fue el segundo español en tener móvil, asegura la propia Telefónica.

En 1969 Salvador Pons, el director del uf, del UHF, le puso al frente del primer programa con alma de late-show, Estudio abierto.Para que aprendiera lo que se hacía en América, un argentino, Solly Wolodarsky, fue orientando a Íñigo de cómo hacer tele fresca.Y aprendió rápido. Antes de ponerse por primera vez ante la mesa a hacer entrevistas, Chema había conducido un rompedor espacio musical, Último grito, cosecha del 68, inventando códigos visuales y videoclips prehistéricos. Venía de Londres, donde por mediación de un amigo se hizo con un pase que le daba validez para convertirse en "corresponsal" de la BBC, y de ahí llegó a donde quería: a la Cadena Ser, a presentar discos de Los 40 Principales, acordando horarios con el llorado Joaquín Luqui.

Estudio abierto, hasta las tantas los miércoles en la semiclandestina Segunda Cadena, entre promociones musicales, dio paso a personajes de la primera línea de su tiempo pero también a personas mundanas, dispuestas a relatar sus extrañezas: el avistamiento de un ovni o una faceta coleccionista compulsiva. La clase media comenzó a verse en el espejo interactivo. Tras un fugaz paso en la sobremesa con Hora 14-15, aquella intención de Estudio Abierto impregnó al estelar Directísimo, en 1976, espíritu de esas miradas de reojo a la libertad y a la normalidad. Íñigo , que llegó a hacer sus pinitos en el cine, se acompañó de Uri Geller para arreglar algún reloj. Quién sabe qué sugestión escondía el israelí de la noche de los cucharones rotos.

Bueno,lo que escondía Geller era una sustancia de aluminio que rompía el acero de las cucharas. Después se acompañó del presunto doctor Manuel Rosado, un milagrero de remedios delirantes que fue denunciado por 73 mujeres lapidadas por su no tan mágica depilación definitiva. Rosado acabó entre rejas por narcotráfico. En su afán por la sorpresa y el espectáculo, Íñigo coqueteaba con la trampa, mientras ganaba 150.000 pesetas por cada domingo de la transición (unos 30.000 euros si lo extrapolamos al poder adquisitivo actual). Años después, para recuperar Estudio Abierto en TVE-2, se resignó a cobrar veinte mil duros cada miércoles.

Pese a todo, confesaba entonces: "la televisión sólo da popularidad, una cosa que no sirve para nada". Antes de pasar a las tardes, su gran éxito nocturno en la Primera Cadena fue Martes noche fiesta (1977-78), delirio del pantalón de campana desde un meollo de sangría de guiris, el Florida Park. En aquel directo constituyente de las sorpresas, donde los famosos acudían a saludar, Lola Flores perdía un pendiente, Mari Carmen la de sus muñecos se desmayaba con el león Rodolfo o unos espectadores se enzarzaban a puñetazo limpio. Paco Gandía, Enrique y Ana o Miguel Bosé debutaron en esta apoteosis de lentejuelas y claveles arrojados al escenario, la gran misión que tenían los espectadores en blanco y negro. El 14 de abril del 82 regresó con Estudio Abierto, y llegó a afeitarse el bigote para aparentar menos edad. Sus entrevistas mezcladas con discos terminaron en la noche de la tragedia del estadio Heysel.

El 29 de mayo del 85 el entonces presidente de la Junta, José Rodríguez de la Borbolla, se quedó sin interviú porque Íñigo había conocido horas antes que el director de TVE, José María Calviño, iba a eliminar el programa. El presentador prefirió hacerse el harakiri y no hacer la última entrega, vacío que no llegó a notarse debido a la prolongada duración de la infortunada final europea. Además del visceral desplante a Íñigoo le reprocharon los ingresos colaterales que recibía por Homenaje, un espacio mensual la mar de jugoso. Al año siguiente se incorporaba a la televisión vasca, a la ETB-2, con Íñigo en directo, pero ya no fue lo mismo. Se convirtió en errante ocasional de la pantalla mientras llevaba adelante sus revistas, otra especialidad, como Viajes y vacacÍñigoo En Telecinco condujo en 1994 el debate ¿De qué parte estás? y en Antena 3 la teletienda El canguro. Obras alimenticias. La recuperación le llegó con el operación post-triunfo de Vivo cantando, que ganó Karina.

En su misión rescate particular se afianzó en El show de Flo, en la Primera, donde después no llegó a cuajar su revoltijo Carta de ajuste. Superviviente, José María Íñigo , con menos pelos, como sus más rendidos incondicionales, hablaba en No es un día cualquiera en Radio Nacional con Pepa Fernández, y relevó a Uribarri para comentar Eurovisión. Se ha muerto en vísperas de la cita lisboeta. Íñigo fue digno y siempre señorial profeta del entretenimiento perpetuo de ahora. Él nos lo dosificaba como regalo con celofán de los tiempos rotundamente analógicos, Cuando sólo teníamos un canal y cuarto.

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