La Maestranza | Segundo festejo de la Feria de San Miguel El Cid, triunfal despedida de Sevilla

  • El diestro saltereño, con el mejor lote, excelente con el capote y al natural, consigue el único trofeo del festejo

  • Enrique Ponce y José María Manzanares, de vacío

  • Desigual corrida de Victoriano del Río

El Cid, paseado a hombros en el ruedo por sus fieles. El Cid, paseado a hombros en el ruedo por sus fieles.

El Cid, paseado a hombros en el ruedo por sus fieles. / Juan Carlos Muñoz

La tarde fue de El Cid y para El Cid. El saltereño se convirtió antes y durante en el gran protagonista del segundo festejo de la Feria de San Miguel. La plaza ofreció un lleno y no se notó –al menos, a simple vista– la sustitución del lesionado Roca Rey por Enrique Ponce en una tarde calurosa en lo climatológico y en el cariño con el que recibió y despidió la afición sevillana a El Cid.

El diestro sevillano recibió una ovación al término del paseíllo en este adiós del Baratillo –le restan dos grandes retos en su campaña española:Madrid y Zaragoza– por su excelente palmarés (cuatro Puertas del Príncipe –dos en 2005–, una en 2006 y otra en 2007) y ese toreo al natural con el que deslumbró muchas tardes.

El Cid, con el mejor lote, toreó soberbiamente con el capote y la muleta al cinqueño y nobilísimo segundo, al que desgraciadamente se le acabó pronto la gasolina. Con el capote ganó terreno hasta los medios con verónicas de gran calidad y suaves, jugando bien los brazos, hasta cerrar con una bella media verónica y una alada larga. Para fijar al toro en el caballo se hundió en una media abelmontada. Brindó al público. Y sin probaturas y en los tercios reverdeció su mano izquierda de oro en naturales sublimes. De nuevo otra serie de categoría con la zurda con el cartuchito de pescao en la apertura. Con la derecha, poco a poco, la intensidad fue bajando a medida que el animal perdía gasolina. Una faena clásica, redonda que quedó sin premio porque El Cid –¡¿Manuel, cuántos trofeos habrá perdido en su carrera por la espada?!- propinó un bajonazo y todo quedó en una fuerte ovación.

En el cuarto, El Cid se desquitó en el uso de la tizona y cortó una oreja por una faena muy distinta. Toreó nuevamente bien a la verónica. Realizó un trasteo con garra que comenzó sonando la música desde el primer muletazo junto a tablas, con una apertura gallista. El diestro sevillano se entregó con sinceridad y alegría juvenil ante un colorao de buenas embestidas, aunque no humillaba. Interesante faena, aunque sin llegar a la categoría del primer trasteo y en la que, además de la música, el público se entregó con apasionamiento hasta cerrar con gritos de "¡Torero, torero!". Mató de estocada trasera y desprendida. El toro tardó en caer. Y los tendidos y gradas se llenaron de pañuelos blancos. Oreja.

Enrique Ponce, quien tras lesionarse gravemente una rodilla, ha retornado con fuerza a los ruedos, volvía a Sevilla, donde la empresa no contó con él para la Feria de Abril. El valenciano se enfrentó en primer lugar a un cinqueño con nobleza. La faena, que brindó a El Cid, no llegó a tomar vuelo. Lo mejor, algunos muletazos con la diestra dibujados con gusto. Mató de estocada baja.

El cuarto, un serio cinqueño, burraco, justo de fuerzas y que llegó a la muleta con escaso recorrido realizó una labor porfiona que acabó en un arrimón y con la paciencia de parte del público, que increpó al torero para que cortara el infructuoso trasteo.

José María Manzanares, quien reaparecía tras una lesión en la mano derecha que le ha tenido apartado de los ruedos en las últimas fechas, no estuvo fino. Con el tercero, de buenas hechuras, con movilidad, aunque sin clase, realizó una faena desigual, abusando por momentos de despedir al toro, y luciéndose en otros con elegantes pases y adornos caros, como un cambio de mano deslumbrante. Intentó matar recibiendo y pinchó. Mató al segundo envite de estocada y fue silenciada su labor.

El sexto, bien presentado, resultó flojísimo pese a que el tercio de varas quedó en un simulacro, con un puyacete y un picotazo. Manzanares compuso bien la figura en unas bellas verónicas. Con la muleta intentó lo imposible con un toro sin fuerza ni condiciones para el triunfo.

Como si en un guión estuviera ya establecido, El Cid, que no pudo contener las lágrimas en varios pasajes de esta dulce y merecida película, salió de la plaza entre aclamaciones y paseado en el ruedo a hombros de sus fieles en una despedida con regusto en varios pasajes y, sin duda, triunfal y merecida por su magnífico palmarés en la plaza de toros de La Maestranza de Sevilla.

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