Feria de Bilbao | Octavo festejo de las Corridas Generales 2018 Urdiales, naturalidad y torería

  • El riojano, con un toreo caro ante un gran lote de Alcurrucén, corta tres orejas y abre la Puerta Grande

  • Ponce, que flojea con la espada, y El Juli, con el peor lote, de vacío

Diego Urdiales, en su salida a hombros por la Puerta Grande de la plaza de Vista Alegre de Bilbao. Diego Urdiales, en su salida a hombros por la Puerta Grande de la plaza de Vista Alegre de Bilbao.

Diego Urdiales, en su salida a hombros por la Puerta Grande de la plaza de Vista Alegre de Bilbao. / Miguel Toña / Efe

La octava de la Feria de Bilbao, con tres cuartos de entrada, deparó como triunfador a Diego Urdiales ante un gran lote del variado encierro de Alcurrucén. El riojano impregnó el ruedo de Vista Alegre de una naturalidad envidiable y una torería excelsa, cortando tres orejas y saliendo a hombros por la Puerta Grande.

Ya nos contó el legendario Curro Romero en estas páginas, hace un lustro, que “hay uno, Diego Urdiales, que sabe torear, pero siempre le ponen con las corridas duras”. Urdiales ratificó los elogios de El Faraón de Camas e hizo las cosas con gusto y sentimiento en una primera faena que brindó al actor Juan Echanove. Ante un toro encastado, frío de salida y codicioso en la muleta, los mejores momentos llegaron por el pitón derecho, especialmente en una serie con cuatro muletazos de mano baja y un interminable pase de pecho. Entonado con la izquierda, el epílogo tuvo destellos artísticos. Mató de estocada y fue premiado con una oreja.

El sexto toro, bajo, que se dejó pegar en varas, embistió con franqueza y calidad a un Diego Urdiales más relajado que en su primer acto, andándole al toro en el prólogo muleteril y cuajando una faena a fuego lento, a base de cintura, con las muñecas, en la que tanto con la diestra como al natural nacían con cadencia los muletazos, acompañados con oles. Algunos naturales fueron oro líquido. Ese toreo fundamental, enmarcado en un sutil temple, estuvo aderezado por destellos bellísimos, como un trincherazo hondo o algún molinete como recurso ¡Toreo caro! ¡Y el público en pie! Se tiró a matar con verdad y pinchó en hueso en lo alto para enterrar la espada en el segundo envite. El público, enloquecido, pidió con fuerza las dos orejas que fueron concedidas. Vuelta al ruedo con un ramito de romero –¡Gracias Curro, por aquel reconocimiento a un torero que entiende como usted que el toreo es, ante todo, arte...!–.

Ponce fue silenciado debido al fallo a espadas, tras despachar un lote desigual. Sin molestar al toro en el capote, realizó a media altura un trasteo con temple y sin apenas emoción ante un animal flojo, noble y sin brío. Falló con la espada.

Con el cuarto, en el tipo, que esperó en banderillas y en la muleta fue acortando su recorrido, yendo a menos, Ponce realizó una faena larga e interesante desde el punto de vista técnico, en la que lo más brillante sucedió por el pitón derecho, especialmente en una serie con ligazón. Cerró con la poncina y, nuevamente, anduvo desacertado con la espada.

El Juli puso toda la carne en el asador ante el peor lote. Con su primero se marcó unos faroles y Urdiales, en su correspondiente quite, respondió con unas bellas verónicas –lo mejor de la tarde con el capote, coreadas con oles–. El madrileño realizó una labor voluntariosa que comenzó a pies juntos en los tercios y en la que continuó robando muletazos, sin opción a la ligazón, a un toro castaño, largo, noblón, pero muy parado. Mató de estocada trasera caída y fue ovacionado.

El quinto fue devuelto tras partirse el pitón derecho. En su lugar, un astado sin cuajo y derrengado, que también volvió a los corrales. Y como tercero tris un toro serio, de llamativa pinta –berrendo, calcetero y lucero–, corniabierto –el de mayores dimensiones de cornamenta– de la corrida, que se empleó en varas y acudió bien en banderillas. Pero en la muleta dio muy mal juego. El Juli se entregó con la zurda ante un astado que ametrallaba con tornillazos por el izquierdo y acometía a regañadientes por el derecho. Falló con la espada.

Tarde para el recuerdo por el toreo auténtico, sin aderezos vanos, de un Diego Urdiales que artísticamente estuvo inmenso.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios