La verdad universalmente reconocida

'Orgullo y prejuicio', la obra más popular de Jane Austen, cumple 200 años.

Pilar Vera | Actualizado 03.02.2013 - 18:19
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Keira Knightley, caracterizada como Lizzy Bennet en la adaptación que Joe Wright realizó de 'Orgullo y prejuicio'.

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Orgullo y prejuicio. Jane Austen. Trad. Jose Luis López Muñoz. Ilustraciones de Hugh Thompson. Alianza Editorial, 2013. 584 páginas. 22 euros.

Las grandes novelas son grandes cuentos de hadas, decía Vladimir Nabokov. Aun así, el autor ruso no veía nada reseñable en Orgullo y prejuicio -aunque terminara incluyendo a Jane Austen en su Curso de Literatura Europea-; algo extraño, ya que la novela tiene perfecta piel de cuento de hadas. Jovencita brillante y humilde encuentra el amor redencionista en la figura de un correcto acaudalado inglés. Su hermana, la beldad local, termina igualmente biencasada con otro digno pretendiente. La hermana estúpida -la hermanastra de la tradición- ve recompensada su estulticia con un infausto matrimonio. Los pajaritos cantan, las nubes se levantan, cada cosa ocupa su sitio y cada uno, su lugar. El universo vuelve a girar en resortes perfectos.

¿Perfectos? ¡No! Pues el gran logro de Orgullo y prejuicio es, precisamente, sortear con éxito admirable el coma glucémico: a Jane Austen hay que agradecerle haber sabido escribir un radiante cuento de hadas parapetada con rayos equis en los ojos.

"Es una verdad universalmente reconocida -abre sus líneas la novela- que un soltero bien situado ha de buscar esposa".

Ahí, en esa aparentemente intrascendente frase, está escondida toda la historia. Una historia que tendrá cobertura de mazapán, pero que es desesperante, y Austen se encarga de hacérnoslo saber: el conflicto no está en el soltero que busque esposa, sino en las muchas mujeres solteras que quieran un marido. Pues no había otra opción, en el escenario de Austen, que depender de un marido: en teoría, algo mejor que depender de un padre o un hermano -como nos demuestra el personaje de Charlotte Lucas, que acepta casarse con un hombre insufrible pero que le permite ser la dueña de su propia casa-.

La pobre señora Bennet se nos dibuja como una descerebrada absoluta, que tenía en casar a sus hijas su "única meta en su vida". Pero Mrs. Bennet -a la que había terminado de desquiciar su poco cariñoso marido- sabía muy bien que tenía que espabilar si no quería dejar a sus cinco hijas -¡cinco!- en la indigencia. Y la competencia al respecto -como se va atisbando a lo largo de las páginas- era feroz. Wellington tenía suerte de estar en la guerra. "Una mujer debe tener un conocimiento profundo de música, canto, dibujo, baile y lenguas modernas -comenta Caroline Bingley, situándose a sí misma como rival de nivel-. Y además de todo esto, debe poseer un algo especial en su aire y manera de andar, en el tono de su voz, en su trato y modo de expresarse". Ahí lo tenemos, el mito de la superwoman, crecido en gracia y sabiduría hace ya doscientos años.

Es un atrevimiento hacer cábalas sobre si tal o cual autor se movía en parámetros similares a los que nos mueven ahora. ¿Era Jane Austen una autora consciente, había en ella una determinación feminista? Difícil decirlo. Lo que sí parece, más allá de sus concesiones a los cuentos de hadas, es que era una mujer sensata.

Probablemente, estaba cansada de no tener, por sí misma, espacio. Y, probablemente, había visto demasiados matrimonios funestos. Demasiados señor y señora Bennet, demasiadas adolescentes tontuelas prendadas de oficiales Wickham, demasiados Charlotte y William Collins, como para unirse al himeneo generalizado.

Podéis creer que encontrar a un hombre está bien -vienen a decir sus historias- pero deberíamos no casarnos a cualquier precio: "Hija mía -aconseja el señor Bennet-, no me causes el dolor de saberte incapaz de respetar al compañero de tu existencia".

"Si las opiniones de Elizabeth sobre el matrimonio procedieran exclusivamente de su propia familia, no hubiera tenido una imagen muy favorable de la felicidad conyugal ni del bienestar doméstica", nos cuenta Jane Austen en uno de los pasajes de Orgullo y prejuicio. Lizzy es bien consciente de las faltas de respeto de su padre, "que exponían a su esposa al desprecio de sus propias hijas".

El matrimonio de los Bennet era un matrimonio desgraciado, con un padre que ridiculizaba de continuo a su mujer y a la mayor parte de sus hijas: "Ninguna de ellas destaca demasiado -opina-, son tan tontas e ignorantes como otras chicas, pero Lizzy tiene un poco más de agudeza que sus hermanas"; "Qué padre tan excelente tenéis -le replica la señora Bennet-. No sé cómo podréis nunca agradecerle sus amabilidades, ni yo tampoco".

Uno se pregunta cómo un personaje como el señor Bennet, de ingenio rápido, humor y cierta formación, ha conseguido estar tan amargado. Porque está amargado, y solo: Lizzy y su padre forman un frente delimitado y aparte del resto de la casa. Ambos son irónicos, hablan con retranca e intentan distanciarse del exceso sentimental que parece dominar la vida de ese microcosmos de mayoría femenina.

Tienen en común, él, Elizabeth y Mary, otra de las hermanas, la biblioteca. El nido de libros paterno como referente de identidad y vínculo. Algo similar le ocurrió a Jane Austen con la biblioteca de su padre; en un caso que se daría también en las hermanas Brontë, que tenían libre acceso a los volúmenes atesorados por su progenitor, terriblemente estricto en otros aspectos.

Orgullo y prejuicio es un cuento de hadas, sí, pero con el contraste justo de angostura. Su escenario, palabras, el ritmo, los propios personajes, tienen una cadencia modélica. Son armónicos. Tienen las medidas necesarias.

Sus protagonistas no pueden disolverse en clichés felices. Lizzy Bennet, capaz, lista, sardónica, es también una gran soberbia -define a su hermana pequeña como "la coqueta más conspicua que jamás se haya puesto en ridículo"-. El encantador y brillante señor Bennet es un desastre emocional, responsable en gran parte de la quiebra de su casa. La señora Bennet es una incapaz víctima de sus circunstancias. Jane será una belleza de buen corazón, pero resulta rematadamente lela. Lydia es una frívola de cerebro hueco, pero es imposible no compadecerla. William Collins es un cursi perverso y acomplejado. El levemente atormentado Fitzwilliam Darcy -poco que ver con un Edward Rochester: no hay otro como él. Ningún otro tiene a una mujer loca escondida en el ático- no exaspera por orgulloso, sino por incapaz social.

Todos los personajes de Orgullo y prejuicio despiertan, en algún momento, un sentido de cercanía, de extraña empatía. Sus conversaciones, gestos, chistes y mundo no pueden ser más actuales. Jane Austen nos dejó una de esas cápsulas del tiempo, que tan demoledoras resultan para quienes las encuentran. Leerlo es muy parecido a destapar una antigua arqueta y encontrar bobadas afines -un recortable, unas cuentas de colores, una entrada, un patín desparejado-, y pensar: qué parecidos hemos sido siempre. Qué tiernos, qué torpes, qué babosos, qué asustados hemos estado siempre.
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