La guerra según Queipo
Un libro reúne las memorias que redactó el general durante su estancia en Italia, en las que aparece un militar "contradictorio" y "con enemigos en los dos bandos"
"¿Qué lleva a un hombre de 61 años, director general de Carabineros -es decir, con la vida resuelta- y con cuatro hijos a jugarse la vida en Sevilla, una de las plazas más difíciles del país?". A esta pregunta sobre el papel que jugó Gonzalo Queipo de Llano durante la Guerra Civil trata de responder Jorge Fernández-Coppel, que ha tenido acceso -gracias a sus vínculos con el hijo y el nieto del militar- a las memorias de la contienda que el general, una de las figuras cruciales en el golpe de Estado que precedió a la dictadura, redactó durante su temporal "exilio" -es el término utilizado por el autor en Italia, donde vivió el general tras uno de sus muchos "encontronazos" con Franco.
Esos documentos, manuscritos en su versión original, y entre los cuales se incluye una carta de 1947 de Queipo al dictador en la que el primero le reclama a éste "libertad de prensa" y la instaurción de la democracia, constituyen, junto con "multitud" de documentos sobre sus desaveniencias con Franco, el núcleo de Queipo de Llano. Memorias de la Guerra Civil (La Esfera de los Libros), volumen al que seguirá una segunda parte que se centrará con el periodo que antecede a la guerra, su paso por África, la dictadura de Primo de Rivera y su papel durante la República. Un contexto, dice Fernández-Cappel, que es "imprescindible" conocer para "entender" la figura del militar, una figura con una "vida muy complicada" y en realidad "desconocida" -según el autor- de la que se han escrito "muchas cosas sin fundamento". Por ejemplo, dice el autor, la acusación, formulada por Ian Gibson, de que fue él -con el célebre que le den café, mucho café- quien ordenó la ejecución de Federico García Lorca. "Eso es demagogia barata. No se puede acusar de un asesinato sin tener pruebas, y no las hay. Pero yo entiendo que hay quien necesita este tipo de cosas para vender más libros", replica Fernández-Coppel, que admite que le parecería "muy bien" que se le retirasen a Queipo los títulos de Hijo Adoptivo y la Medalla de Oro de Sevilla siempre y cuando, puntualiza, "se eliminen también las estatuas de Largo Caballero".
El libro retrata a un Queipo "contradictorio", que conspira a favor de la República y luego contra ella, que se define como monárquico y odia ceñudamente a Alfonso XIII, en cuyo funeral, paradójicamente, fue el único general de uniforme. Aparece también un Queipo "cultísimo", experto en "filosofía" e "Historia medieval", que se "avergüenza" de sus "charlas" propagandísticas en la radio, trufadas de exabruptos y arengas brutales. Fue, resume Fernández-Coppel, un "hombre hercúleo", más "propio del siglo XIX, aventurero, experto en duelos, con florete y sobre todo con pistola, al que todos los políticos querían tener de padrino porque le temían".
Piloto de aviación, hijo de militar, apasionado de la intriga castrense, el autor defiende la "audacia" de Queipo, que supo sobrevivir a "los enemigos que tenía en los dos bandos". Los motivos de los republicanos son obvios. Por su parte, los falangistas lo trataban con suspicacia, debido a su enfrentamiento con José Antonio Primo de Rivera, fundador de la organización, a quien le partió un bastón en la espalda después de que éste, iracundo por un sarcasmo del general dirigido a su padre, le propinara un puñetazo en un café madrileño. También por su participación en 1930 en el (fallido) complot republicano de Cuatro Vientos contra la monarquía, en el que también estuvieron implicados Ramón Franco, hermano del dictador, y Niceto Alcalá-Zamora, cuyo nieto, José Alcalá-Zamora y Queipo de Llano, miembro de la Real Academia de Historia, firma el prólogo del libro.
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