¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Hotel España
EL Gobierno se propone aprobar una ley que regule la muerte digna. Está muy bien. El derecho a morir con dignidad es una aspiración de casi todos los mortales. En Andalucía ya la tenemos. Fue aprobada con los votos del PSOE y del PP, lo que significa que más allá de las interpretaciones políticas la preocupación de morir con decoro es compartida. Ahora será distinto: se presta demasiado a la ironía, e incluso al sarcasmo. Digamos que las circunstancias no son las más apropiada para dignificar el fin. Muchos tenemos la sensación de estar viviendo las postrimerías de muchas cosas. Empecemos por el Gobierno, convaleciente de sus errores y de las cornadas de las crisis mundial y con el pie puesto en el estribo. Sigamos con los desempleados que aplazan cada día su aniquilación con las últimas ayudas. Con los funcionarios, amortajados con el papel de los decretos; con la dignidad, asesinada impunemente por la corrupción; con el estado de bienestar, estigmatizado por las estrategias neoliberales; con un futuro requeante; con un presente más bien fúnebre, y con una esperanza convertida en ceniza. En una panorama tan lúgubre, preparar la ley de la muerte digna parece en muchos aspectos una broma macabra. Hay demasiados indicios del fin como para aceptar en silencio una ley de la muerte digna. Como en los velatorios, será reprimir los chistes.
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