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Todo el proyecto en la picota

  • El Sevilla actual no se puede permitir tres derrotas en una semana ni dos humillaciones en cinco días

  • La perseverancia en el error señala a Berizzo

Banega se lamenta mientras Guedes celebra al fondo uno de sus dos goles al Sevilla. Banega se lamenta mientras Guedes celebra al fondo uno de sus dos goles al Sevilla.

Banega se lamenta mientras Guedes celebra al fondo uno de sus dos goles al Sevilla. / Kai Försterling / efe

Otro gol en un minuto psicológico y otra vez un equipo que se derrumba psicológicamente. ¿O no fue un derrumbe psicológico? El Sevilla intentó reaccionar en la segunda parte, incluso le dio un arreón al partido con la salida de Corchia y Sarabia, que zamarrearon al Valencia por los costados haciéndole más daño que ese romo tridente que habían formado Jesús Navas, Muriel y Nolito. Pero de nuevo a la contra, tras la falta de eficacia arriba, abrió el boquete por el que se desangra a espuertas la confianza en el entrenador y en el proyecto que encabeza. Porque tres derrotas en una semana, por mucho que sean en lugares de alcurnia como Bilbao, Moscú y Valencia, no se las puede permitir el Sevilla actual. Dos humillaciones, menos aún. Todo el proyecto está en la picota.

Si José María del Nido hablaba de una crisis después de cada derrota, ahora José Castro afronta una crisis triple. El bosque oscuro que se anunciaba para valientes después del parón está sacando todos los fantasmas del imaginario colectivo del sevillismo, que ya empieza a buscar una cabeza de turco al que han puesto nombre y apellidos: Manuel Eduardo Berizzo Magnolo.

Acto seguido al 2-0, obra de Zaza, Muriel evidenció la diferencia de forma y de confianza entre el italiano y él, que tenía una oportunidad para reivindicarse y no la aprovechó. Hasta en la elección de Muriel, el futbolista más caro de toda la historia del Sevilla, un epíteto que lo acompañará hasta que lo supere otro, se pone el proyecto en la picota. Muriel jugaba en la Sampdoria como segundo punta. El delantero centro era el checo Patrik Schick, un zagalón de 1,87 que le hacía las pantallas al colombiano para que sorprendiera desde los costados o la mediapunta. A Schick se lo ha llevado Monchi a la Roma. Y extraña que el ex director deportivo no le dijera a Óscar Arias, antes de encarar el fichaje más caro del club, que Muriel siempre, siempre, jugaba con otro futbolista más alto, otro delantero boya. En Valencia Muriel desperdició varias ocasiones, pero también se halló muy solo en ese 4-3-3 para pelearse con una defensa que ahora mismo tiene un grado de confianza muy superior a la del Sevilla.

El encuentro empezó a torcerse... con un contragolpe que tuvo que cortar Lenglet en el centro del campo, en el minuto 14. Vio la tarjeta amarilla y se quedó tocado por el golpe. Un rato después debía abandonar el campo para ser sustituido por Mercado, que desplazó a Kjaer al perfil izquierdo, donde su rendimiento baja bastante: Zaza le hizo un retrato de categoría con el 2-0... en el perfil derecho. Esa lesión de Lenglet vuelve a poner en el foco a la planificación de la defensa.

Todo eso extraña, y hace que el frente de críticas se abra. Que se busquen culpables más allá de Berizzo. Que surjan preguntas sobre si ese modelo que busca el entrenador de presión adelantada tiene a los futbolistas adecuados, sobre la edad media de una plantilla que ayer se quedó con lo puesto en defensa tras la lesión de Lenglet.

Pero haber encajado diez goles en una semana, haber sufrido dos humillaciones en cinco días reincidiendo en no frenar las contras sólo puede señalar a Berizzo. Él es el responsable, como dijo tras el encuentro, de todo, de las derrotas, también. Y de las dos goleadas seguidas, por supuesto. Empecinarse en un sistema que no funciona, con esta plantilla, que parece no comprender su idea o es incapaz de ejecutarla, puede ser su tumba. Ayer ya tuvo que salir Castro a apoyarlo en público y reiterarle su confianza. Mala señal.

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