Los niños del Rif

Andalucía y marruecos Griñán finaliza su visita institucional al país norteafricano

Los jóvenes marroquíes sueñan con un futuro en su país sin tener que refugiarse en la emigración y el narcotráfico · Unicef y la Junta impulsan la formación en las aulas

Dos niños marroquíes ofrecen un ramo de flores a Griñán.
Dos niños marroquíes ofrecen un ramo de flores a Griñán.
Antonio Fuentes / Alhucemas

03 de octubre 2009 - 05:04

En las ciudades de Marruecos hay niños en cada esquina. En torno al 60% de su población tiene menos de 20 años. Frente al envejecimiento de Europa, la juventud está en África y guste o no, quieren vivir en el mundo de los lujos. En la ciudad de Alhucemas, capital de esta provincia homónima y de todas las demás del Rif, el pueblo adora a la delegación andaluza desplazada con motivo del viaje oficial del presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán. Vitorean, gritan "amigos" y "ole", dan los buenos días y se interesan por cómo llegamos tras el viaje. Piensan que hemos venido por carretera desde Rabat, ocho horas a través de caminos de arena. Ni el rey ni sus ministros se dejan ver por allí. Constructores españoles ven negocio a pie de playa.

Masas de niños saludan al autobús de periodistas desplazados a esta ciudad que mira a través del mar a la costa andaluza. Motril está enfrente. Estamos tan cerca que la bandera española más lejana está a tan sólo 300 metros, en el Peñón de Alhucemas.

En esta ciudad se ven más velos que en la capital o en Casablanca. Dicen que se ha puesto de moda entre los jóvenes. En otros muchos que tapan toda la cara se adivinan a mujeres mayores. En las teles de los bares, antes veían las cadenas españolas y ahora sintonizan Al Jazeera. El polvorín del radicalismo crece porque quieren las soluciones que su opíparo Gobierno no les ofrece. La esperanza se la da la religión, la mezquita les cobija. Los niños no paran de observarnos, pensando que somos un equipo de fútbol, alguien importante, y corren detrás. Decenas de niños. Cuando bajamos y nos ven, frustramos la infantil ilusión. No somos ni los Iniesta o Messi de los estampados de sus carpetas colegiales que llevan Ahmed y otros de sus amigos y que se agria si se le pregunta por el Real Madrid, porque Marruecos es más del Barça.

Cuentan miembros de Unicef que la educación, los colegios, es la única manera de impedir que un día se convenzan de que cruzar el mar en una lancha de juguete es la mejor solución para ser alguien en la vida. O de que acaben en manos de las mafias del narcotráfico que campan al otro lado de las montañas del Rif. La consigna es educación y formación para que esos niños sean alguien en su país. "El pasado, el presente y sobre todo el futuro tiene que venir de la mano de la cooperación", ha insistido Griñán durante la visita. Esta región es la mayor exportadora de emigrantes, la de mayor pobreza del país. Un terremoto en 2004 les hundió más y gracias a la cooperación intentan ver la luz.

Los impuestos de los andaluces han financiado numerosos proyectos en la región. Plantas solares, infraestructuras, sanidad… El logotipo de la Junta no les es extraño. Griñán visita un centro de salud donde se imparten cursos de formación sexual a jóvenes y se ayuda al parto a las madres de esos niños. Esas mujeres que friegan agachadas en el suelo. La fregona es un artículo de lujo en Marruecos y puede costar unos 15 euros. A los extranjeros les resulta más barato contratar a una mujer que limpie un mes que comprar una fregona.

Griñán visita el hospital general Mohammed V, con una población beneficiaria de 400.000 personas de la región y unidades móviles que se desplazan a ayudar a los poblados, gracias a los impuestos de los andaluces. Otros 300.000 euros se invierten en un programa de formación en el colegio Mulay Rachid de Alhucemas. A las aulas acuden voluntarios niños de tres a seis años, edad en la que es obligatoria la educación. Tienen suerte, otros de su misma edad en el interior del país ya trabajan. Los niños miran a los mayores. Quieren ser alguien en el futuro.

Una chica de unos diez años, Amira, quiere una foto con el presidente porque de mayor su sueño es ser periodista. Griñán sorprende y la anima a fotografiarse con nosotros. Posamos y no le contamos que allí sólo podrá trabajar en los medios oficiales, porque todos los medios son oficialistas, del rey. Mohammed el omnipresente, su cuadro está en todos los edificios públicos, hoteles y hasta en casas particulares. Los corresponsales extranjeros no tienen mejor suerte. Nada más llegar les avisan de las tres líneas rojas que no deben pisar para evitar problemas o la expulsión: la Casa Real, la religión y el Sáhara. El primer ministro, Abbas El Fassi, no se ruboriza al hablar de libertad de prensa. Ahora los periodistas españoles viven con la certeza de que tienen pinchados los teléfonos y que unas chotas de policías los vigilan. Les acusan de instigar a un grupo de chavales que se reunieron para manifestar su oposición a seguir algunos preceptos del Corán. Los corresponsales no tienen miedo, sólo indignación.

Ajenos a las páginas que arden en las hogueras, Amira ve cómo los más pequeños vestidos con trajes regionales cantan al presidente de la Junta, con estrofas en castellano. Decimos choukran o merci. El árabe y el francés son sus idiomas oficiales y el inglés apenas lo hablan.

Las profesoras relatan que los mocosos llevan semanas preparando el momento. Terminada la fiesta, recogemos y nos marchamos (el jueves). Los niños del Rif se quedan y algunos nos piden un saludo, un beso, tocarles las manos, la cabeza. El autobús deja a toda la delegación andaluza a la puerta de un avión fletado, como estrellas de rock, para la vuelta. En sólo 40 minutos estaremos en casa, en nuestro mundo. Si los niños hubieran venido a despedirnos y les viéramos desde las ventanillas, no hubiéramos podido marcharnos mientras observan la estela blanca que dejamos y que les llevaría a ellos y a sus seres queridos a un mundo de lujos que aún ni siquiera pueden imaginar.

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