Cómo sobrevivir a Adamuz

Una superviviente de la catástrofe que viajaba en el Iryo 6189 descarrilado relata la atención prestada por el operador ferroviario privado

Los vagones descarrilados en Adamuz siguen en la zona inmovilizados y precintados

Imagen del espacio Iryo de Atocha donde se produce un primer contacto con los psicólogos.
Imagen del espacio Iryo de Atocha donde se produce un primer contacto con los psicólogos. / M. G.

El horror que siguió al impacto permanece pegado a la memoria de quienes salieron del vagón 8 del tren Iryo 6189 que descarriló en Andamuz y fue golpeado por el Alvia 2384, provocando 46 muertos y 125 heridos. Quienes sobrevivieron a Adamuz recuerdan el desconcierto y un frío que no dependía del clima, sino del cuerpo que intenta sostenerse cuando el suelo deja de ser estable. En ese punto exacto, antes de las sirenas y antes de que alguien pronunciara la palabra descarrilamiento, comenzó un después que aún condiciona los días de muchos. 

Una viajera del vagón 8 –que prefiere no ser identificada– estuvo en el centro de ese caos. Regresaba de un viaje de ocio entre Málaga y Madrid que cambió para siempre en segundos. En su vagón murieron siete personas, alguna de ellas le eran allegadas. Ella misma sufrió daños físicos que todavía exigen tratamiento. 

Enfrentarse a esa experiencia traumática produce un fortísimo impacto piscológico y por eso Iryo puso desde los primeros momentos medios al alcance de quienes lo necesitaban. La pasajera del vagón 8 explica que aceptó sin dudar la ayuda psicológica que la compañía ofreció desde la misma noche del accidente. Ese gesto marcó el primer punto firme tras el trauma. El tren descarriló y otro convoy lo arrolló en sentido contrario; la comisión de investigación ha apuntado como hipótesis que la vía provocó el siniestro. Ninguno de esos detalles está presente en la conversación de este diario con la superviviente: ella está centrada en recuperarse y valora la respuesta y ayuda que ha recibido. La asistencia psicológica se la ofrecieron a su novio, cuando recogía efectos personales en la estación de Atocha. Él la apuntó allí mismo. Y la respuesta fue inmediata: “No recuerdo si fue incluso el mismo día o a la mañana siguiente”, relata la víctima. 

La primera conversación no llegó en una sala de espera. Llegó tras sonar el timbre de su casa. Una sesión con el psicólogo en su propio domicilio. El objetivo: dar contención rápida y ordenar lo ocurrido antes de que la mente levantara muros más altos. La llamada se produjo muy pronto. La visita, poco después. La rapidez marcó la diferencia: “Normalmente estos procesos médicos son más lentos, por eso no esperaba que una compañía del sector del transporte nos diera el servicio tan rápido, porque no suele pasar”. 

La primera cita en casa 

Jesús Linares, psicólogo y coordinador de la atención de Iryo, a través de Psiconnea, en Madrid, fue quien acudió a su domicilio en la primera cita. Ella recuerda el tono de voz del primer contacto y el alivio que sintió al escuchar un plan claro: evaluación, pautas, seguimiento. “Poder hablar con una persona ajena al accidente y que es un profesional que te da herramientas en un momento como éste es una gran ayuda”, afirma. Subraya un dato que repite en varias ocasiones: la inmediatez. No esperaba esa diligencia por parte de una empresa del transporte. La encontró. 

"Poder hablar con una persona ajena al accidente y que es un profesional que te da herramientas en un momento como éste es una gran ayuda"

La conversación en casa permitió poner nombre a las primeras reacciones: insomnio, sobresaltos, tensión muscular, imágenes que irrumpen y devuelven al vagón 8. Necesitaba pautas para entender qué le ocurría y para impedir que el cuerpo actuara como si el choque hubiese sucedido el día anterior. “La experiencia ha sido positiva”, resume. El apoyo alcanzó también a quienes viajaban con ella y a sus familias. La idea fue simple y nítida: no dejar a nadie sin escucha. Tras la visita inicial, llegaron llamadas de seguimiento con la misma voz profesional. La continuidad evitó repeticiones innecesarias y protegió a la víctima de tener que reconstruir una y otra vez el relato. 

Linares añade otra pieza que ordena el caos emocional: se trata de reacciones normales ante un incidente anormal. El marco clínico se apoya en ese principio. La clave está en que los síntomas cedan y que la persona mantenga la mayor funcionalidad posible con apoyo emocional y pautas claras. Cuando eso ocurre, el riesgo de cronificación desciende. La superviviente lo confirma con hechos: duerme mejor y tolera mejor los sobresaltos. Aún queda camino, pero existe una ruta. 

Atención individualizada y disponible las 24 horas 

El dispositivo activado por la compañía funciona con un criterio rector: no hay dos vivencias iguales. La intervención se adapta a cada persona y a cada familia. La psicóloga de campo Marienna Santiago Toro, que también ha atendido a víctimas, lo explica con sencillez: cada caso exige una lectura propia y una respuesta a medida. En la práctica, ese enfoque se traduce en una red de 67 psicólogos desplegados en Madrid y Córdoba, con refuerzo en otras provincias como Málaga. La compañía contabiliza más de 1.350 llamadas ya realizadas y 360 encuentros presenciales con víctimas y familiares. Esas cifras no describen un call center. Describen una estructura que prioriza evaluación, contención y seguimiento. 

El criterio de continuidad se extiende a todo el proceso: la persona afectada puede contactar en todo momento con los mismos profesionales que la atienden desde el primer día. La psicóloga resume el retorno que reciben con una idea insistente: la gente agradece que haya respuesta a cualquier hora y que esa respuesta llegue de quien conoce su caso. En un escenario que rompe rutinas y certezas, ese punto de apoyo reduce la ansiedad y la sensación de abandono. 

En dos semanas se han hecho más de 1.350 llamadas y 360 sesiones presenciales con psicólogos

La intervención incorpora además intérpretes cuando hace falta y atención en español, inglés y alemán. Importa por dos razones: acorta malentendidos en momentos decisivos y permite que la persona se exprese en la lengua en la que piensa el miedo. La red reúne especialistas con experiencia en emergencias, duelo y trauma. También en multiculturalidad. El objetivo: cubrir el abanico completo de reacciones posibles y no perder a nadie en los márgenes. 

El marco clínico incluye una pauta central que Santiago Toro pide explicitar: los llamados flashbacks forman parte de las primeras semanas. Irrumpen sin aviso. Se van. Vuelven. Aunque no anticipan, por sí solos, un trastorno. Lo relevante es la tendencia: que disminuyan, que la persona recupere actividad diaria, que el cuerpo deje de vivir en modo alarma. En ese tránsito se evita la cronificación. 

La superviviente del vagón 8 reconoce ese itinerario. Dice que ahora identifica las señales y que dispone de herramientas prácticas: respiraciones pautadas, rutinas cortas, avisos a familiares cuando aparecen picos de ansiedad. Nada de esto borra lo ocurrido, pero lo vuelve manejable. Sobrevivir a Adamuz necesita método. 

La logística del duelo 

La gestión de maletas y efectos personales no es un trámite neutro. Es un punto delicado que puede reabrir el golpe. La compañía inició la devolución de equipajes con refuerzo de psicólogos especializados en accidentes. El procedimiento se habilitó en el Espacio Iryo de la estación MadridPuerta de Atocha Almudena Grandes, en el vestíbulo de Cercanías. Después se trasladó a Córdoba para atender a familias y viajeros de esa provincia. La escena se repite con variaciones: una bolsa, una chaqueta, un libro. Cada objeto arrastra una historia. La presencia del profesional a pocos metros actúa como muro de contención. 

El apoyo no se limita al plano emocional. La coordinación cubre alojamientoseguros internacionalestrámites administrativos y gestiones consulares. Esa capa práctica evita que, en pleno shock, una ventanilla sin respuesta agrande la grieta. La superviviente lo concreta con un ejemplo: pudo resolver en días lo que, en otras circunstancias, habría tardado semanas. El tiempo en esos casos no es un dato menor. El tiempo, aquí, también cura cuando no se desperdicia. 

El dispositivo mantiene atención las 24 horas y seguimiento activo. La psicóloga insiste en un matiz importante: no solo responden a la demanda, también llaman para saber cómo evoluciona la persona. Esa proactividad marca diferencias. Detecta recaídas. Ofrece citas nuevas. Ajusta pautas. Evita que el silencio o el pudor de quien sufre lo deje fuera del circuito de ayuda. 

El caso de la viajera que prefiere no ser identificada encaja en ese patrón. Conserva dolores que la medicina trata y un duelo que no se mide con radiografías o análisis.  

En la compañía asumen que el accidente puso a prueba su capacidad para responder a víctimas y familias. No escatimar medios se ha convertido en la ideafuerza que repiten quienes están sobre el terreno. Jesús Linares corrobora que Iryo está poniendo “una gran cantidad de medios para asistir a las personas afectadas”. La superviviente coincide con esa percepción. Agradece la rapidez. Agradece la continuidad. Agradece no sentirse sola en la estación, en el domicilio o al teléfono. Lo resume con una frase corta, sin adjetivos de más: “La experiencia ha sido positiva”

La tragedia de Adamuz no termina al salir de las vías. No termina cuando se cierre la investigación. Terminará cuando quienes estuvieron en los trenes siniestrados y sobrevivieron recuperen una vida reconocible. Sobrevivir a Adamuz abrió un después que aún se reconstruye. El acompañamiento profesional, inmediato y sostenido, marca la diferencia entre un recuerdo que ocupa todo y un trágico recuerdo que la vida consigue colocar en su sitio.

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