Acaso un bodegón | Crítica Maneras de cultivar la pintura

  • La galería sevillana Di Gallery propone hasta final de noviembre un sugerente diálogo generacional, desde Luis Gordillo hasta Seleka pasando por jovencísimos recién licenciados en Bellas Artes

La serie que dedica Luis Gordillo a la jirafa de juguete. La serie que dedica Luis Gordillo a la jirafa de juguete.

La serie que dedica Luis Gordillo a la jirafa de juguete. / D. S.

Si, encandilados por el título, acuden ustedes a esta muestra buscando un bodegón, vaya por delante que no encontrarán ninguno. Sí tropezarán con pintura, con buena pintura que les dará que ver y que pensar. Por eso me parece adecuado el título de la exposición, porque el bodegón abrió muchas fronteras. Suele decirse que nació con la prohibición de la pintura sacra por la Reforma. Es sin duda una de sus raíces. Pero las naturalezas muertas y los cuadros de cocina, en Flandes y los Países Bajos, también apuntaban a una cultura diferente: no era la de los mecenas, que podían encargar cuadros de grandes fábulas (paganas o cristianas), ni tampoco la del pueblo fiel que disfrutaba de esas fábulas o devoto, se recogía ante ellas. Esa nueva cultura potencia el bodegón y contribuye al legado europea con dos valores: el gozo material de la pintura y la extrañeza del objeto.

Las elegantes copas y jarras de Willem Kalf (Rotterdam, 1619-Amasterdam, 1693) y las sencillas tallas de barro y platos de peltre de Zurbarán (Fuente de Cantos, 1598-Madrid, 1664) ponen ante los ojos objetos cercanos que de repente se han hecho distantes porque ya no son simples medios a utilizar, meros instrumentos, sino que poseen entidad propia. Firmes y serenos, se resisten a nosotros y sugieren un tiempo circular, repetitivo por el que nosotros simplemente pasamos. Desde él miran con cariñosa ironía nuestros desvelos.

Junto a ese extrañamiento de los objetos, el bodegón nos enseñó a disfrutar de la pintura. Nos hizo olvidar los entresijos de la fábula y la belleza de la figura para que reposáramos en los matices de color, en el brillo y la oscuridad, en lo liso o lo rugoso. La vista y el tacto, así estimulados, nos recuerdan que somos carne y nos invitan a pensar desde ella.

Esta muestra apunta en ambas direcciones. Luis Gordillo (Sevilla, 1934) reflexiona (o juega o enreda) con una jirafa de juguete, como en otro tiempo lo hizo con una sirenita de plástico o con aquel muñeco, del mismo material que, intempestivo, irrumpía en el romance fotográfico del cantante Tom Jones en una playa publicitaria. Gordillo ha sido capaz, entre otras muchas cosas, de desvelar ese instante en que un objeto deja de ser baladí y se torna inquietante. No es casual que a veces hable del arte que puede encontrarse en un supermercado.

Díptico de Pablo Padilla Moreno. Díptico de Pablo Padilla Moreno.

Díptico de Pablo Padilla Moreno. / D. S.

En el extremo opuesto de la diagonal de la sala, cuelga un díptico de Pablo Padilla Moreno. Nacido en Sevilla, en 1997, este recién licenciado en Bellas Artes, combina y altera diversas maneras de abstracción. Podría ser el suyo un cuadro geométrico, si no fuera porque los límites entre las formas no coinciden con precisión y porque en la primera pieza, el triángulo invertido verde y el trapecio azul confinan en una caprichosa pincelada. Por otra parte, el cuadro deja a la vista rasgos del proceso de elaboración y algún que otro rayón o desfallecimientos repentinos de la pintura. No, no pretende Padilla Moreno seducir. Deja más bien hablar a la pintura, al color y a las texturas, a la materia del pigmento y el gesto del pintor.

Junto al díptico de Pablo Padilla, el de Raquel Serrano Tafalla (Huelva, 1995) que opta por otra materia, el grafito molido. Siembra así en el papel una gama de grises que guía la mirada, a través de intensidades de luz, con un ritmo lento, como el de un atardecer. Más vibrante es el lienzo de ambicioso formato de Paco Pérez Valencia (Sanlúcar de Barrameda, 1969): luminosos azules y añiles que hacen pensar en aquellas piscinas que trabajó Carlos Alcolea y el propio Luis Gordillo. En otra pieza, Noche griega, el color se oscurece y el gesto se apacigua pero se hace más denso a la hora de aplicar la pintura.

Tesorillo de Alejandro Botubol (Cádiz, 1979) coloca en un rectángulo amarillo brillante, que se oscurece ligeramente en los extremos, un segundo rectángulo delimitado por finas líneas rojas en cuyo interior el azul se aclara hasta el blanco brillante. Hace confluir con acierto la geometría, la pintura de campos de color y el arte óptico.

Fernando Parrilla (Sevilla, 1957) deja que formas abstractas de colores brillantes floten sobre un fondo donde el color se desliza casi insensiblemente por el círculo cromático y otras veces las fija con decididas manchas de color. La exposición se completa con Birlibirloque, un gran cuadro de Seleka Muñoz (Sevilla, 1982), de tonalidades apagadas, que confirma el paso del autor de la agitación del graffiti a la acompasada reflexión del estudio.

La muestra, quizá heterogénea, tiene no obstante el atractivo de la cita entre generaciones de artistas, la mirada reflexiva de Gordillo entre el objeto, la fotografía y la pintura, y la entrada en escena de nuevos valores empeñados en cultivar el campo, no siempre generoso, de la pintura.

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