A estrada antes da curva | Exposición en Espacio Olvera De la huella y el espacio

  • El portugués Nuno Sousa Vieira plantea en el Espacio Olvera una enjundiosa propuesta escultórica

Vista del Espacio Olvera con algunas de las obras del artista portugués. Vista del Espacio Olvera con algunas de las obras del artista portugués.

Vista del Espacio Olvera con algunas de las obras del artista portugués. / M. G.

Tal vez sea la obra de arte de elaboración más extensa. En 1913, Marcel Duchamp comenzó a tomar apuntes preparatorios para ella, poco después realizó algunos de sus fragmentos, ensayos más que bocetos. En 1915 adquirió las dos grandes láminas de vidrio (casi tres metros de altura por uno y tres cuartos de ancho), que la formarían, y comenzó a colocar cuidadosamente entre ellas figuras hechas de plomo, minio, hilo de cobre, óleo y plata electrolítica. En 1923 la abandonó sin completarla. Así quedó El gran vidrio: aun inacabado, es quizá el principio del fin del arte moderno. Durante ese largo tiempo Duchamp viajó a París. Al volver de allí, observó que había una interesante afinidad entre el polvo, depositado sobre el cristal, y las extrañas figuras encerradas en su interior. Man Ray hizo el resto: fotografió esa marca dejada por el tiempo. De modo aleatorio, la materia había hecho una obra diferente. Titularon la fotografía Criadero de polvo. De algún modo es el polo opuesto (o tal vez complementario) al criadero de miradas que es (o puede ser) toda obra de arte.

Esta marca que de modo casi insensible deja en las cosas el tiempo ha tentado a muchos artistas, como la mexicana Frida Escobedo, que compuso un gran mural con los cristales de las ventanas de un edificio en desuso al filo del derribo. También ha tentado a Nuno Sousa Vieira (Leiria, Portugal, 1971). Al entrar en la galería, a la izquierda, hay tres monocromos, uno rojo y los otros en sendos tonos de ocre. Los colores parecen borrosos, difuminados. Ocurre así porque los vidrios que los cubren proceden de un antiguo taller. El autor los ha elegido para dar cuenta del azar y la memoria. Los colores son los que cubrían las paredes del taller, los viejos cristales conservan adherida la huella del tiempo. Una huella (tal vez un sedimento), en el vidrio y en nosotros, tan silenciosa como efectiva.

La otra obra expuesta es una cuidada construcción en madera: grandes rectángulos, unidos por bisagras de metal y que incorporan dos espejos. La pieza, Encrucijada, altera el espacio de la galería, el espectador puede rodearla, entrar en su interior, atravesando sus vanos, sorprenderse al encontrar de repente su imagen extraviada en alguno de los espejos. Encrucijada hace pensar en la potencia del minimal art. Esta concepción del arte nos enseñó dos cosas. La primera, que una obra de arte es un asunto que se dirime a tres bandas: la pieza (sencilla, casi humilde), el espacio (con el que la pieza interactúa: lo modifica y a la vez ella misma se altera) y el espectador que da vida a ambos, porque los convierte en experiencia estética. Y ésta es la segunda enseñanza del minimal art y también su atrevimiento: nos pone en presencia de algo que puede ser un simple objeto pero que tal vez llegue a ser una obra de arte. Al espectador corresponde cruzar ese umbral, breve pero comprometido, que atribuye a algo, a primera vista sólo una cosa, la entidad de arte.

Un espectador se adentra en la 'Encrucijada' de Nuso Sousa Vieira. Un espectador se adentra en la 'Encrucijada' de Nuso Sousa Vieira.

Un espectador se adentra en la 'Encrucijada' de Nuso Sousa Vieira. / M. G.

Encrucijada posee además una nota que muchos autores han atribuido al arte: la condición de juego. Ante la pieza apenas cabe la contemplación, es posible, sin duda, pero enseguida surge el impulso de cruzar los extraños rectángulos, verlos desde dentro, comprobar sus ángulos muertos, buscar el reflejo (o la sorpresa) del espejo. Estas acciones, sencillas, están haciendo la obra, cumplen, por así decir, las potencialidades que el autor puso en ella. De este modo Encrucijada es la obra en su materialidad más el conjunto de miradas, gestos, idas y venidas que ha ido suscitando en tantos cuerpos (como un cuadro es, además de lienzo, pigmento y trabajo del pintor, el sinfín de miradas, fantasías, afectos e ideas que ha ido despertando en quienes decidieron pararse ante él).

Quiero referirme, para terminar, a una opinión recurrente en la historia del arte. Puede encontrarse en Leonardo Da Vinci y en Baudelaire. Es la idea de la debilidad poética de la escultura, de su prosaísmo. Leonardo cree que es incapaz de suscitar ideas, como sí hace la pintura, tal vez porque las formas de la escultura son tan terminantes que no impulsan la imaginación. Baudelaire la tacha de aburrida y la razón es parecida: la escultura tiende al naturalismo y no exige la inventiva del autor ni despierta la fantasía del espectador. La opinión es discutible: Donatello, Miguel Ángel, Bernini o Rodin la desmienten. Pero sin necesidad de recurrir a estos grandes autores, la fuerza poética de la escultura no se limita a la imagen, a la figura, a la representación, sino que, cuando es acertada, invade el espacio que la rodea, lo mediatiza, lo transforma. La escultura crea espacio y convierte al espectador en un cómplice que es capaz de llevarla más lejos de su primera intención. Así ocurre con Encrucijada, la pieza de Sousa Vieira.

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