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ARTE

El legado de los 'Nenúfares' de Monet

  • Una reflexión sobre los cuadros de l'Orangerie, museo que ofrece una buena visita virtual, abre esta serie de textos de arte para el confinamiento

Un detalle de una de las piezas de l'Orangerie. Un detalle de una de las piezas de l'Orangerie.

Un detalle de una de las piezas de l'Orangerie.

Quienes en el Museo de l'Orangerie exploran paso a paso los Nenúfares (Nymphéas) de Monet, apenas sospechan la relación que guardan con la guerra. Monet había trabajado ese motivo en torno a 1900 pero hacia 1912 comienza a pensar en un gran espacio formado sólo por los Nenúfares. Para realizarlo, amplía, en plena guerra (1915, con 75 años), su estudio en Giverny. Tras tal esfuerzo, no es extraño que se niegue, irritado, a dejar aquel trabajo y aquel lugar, pese a la cercanía del ejército alemán. En noviembre de 1918, al día siguiente al armisticio, Monet decide ceder el proyecto a la República Francesa. Hay en ello algo sorprendente: ¿qué vínculo hay entre la extrema dureza de la guerra y menos aún, entre la exaltación patriótica del vencedor (nada despreciable en Francia) y una obra que es un canto, sutil y sensual, a lo fluyente, lo inestable, lo que no se deja dominar y escapa entre los dedos? Porque los cuadros de l'Orangerie soslayan la tierra firme, sólo apuntada por fragmentos de sauce. Los mismos nenúfares están dispersos en el incesante vibrar del agua, la luz cambiante y el reflejo, sólo el reflejo, de la espesura del jardín, los árboles, las nubes.

Vista del estudio que Monet se construyó en Giverny, cuando contaba 75 años, para preparar la serie. Vista del estudio que Monet se construyó en Giverny, cuando contaba 75 años, para preparar la serie.

Vista del estudio que Monet se construyó en Giverny, cuando contaba 75 años, para preparar la serie.

Para responder a la pregunta, recordemos, primero, el entusiasmo de los impresionistas franceses por el jardín. No lo transfiguran, como los simbolistas (de Klimt a Rusiñol). Quieren vivir en él, como signo, réplica o añoranza de la naturaleza que la ciudad moderna aparta de sí. El jardín puede convivir con el huerto (Pissarro), crecer a su antojo (Renoir) o construirse, como hace Caillebotte, que lleva hasta Gennevilliers, por el Sena, gabarras de la mejor tierra. Así también Monet: amplía la casa de labor, huerto y jardín comprados en Giverny, con tierras por las que corre un arroyo y desvía su curso para construir un estanque. Rodeado de plantas exóticas que trae de medio mundo y cruzado por un puente japonés, en él cultivará los nenúfares. Ese es el medio cultural de los cuadros de l'Orangerie.

Los nenúfares, en segundo lugar, ocupan lugar preciso en la obra de Monet. Es el momento, dicen los expertos, de las series. Almiares, álamos junto al Epte, palacio de Westminster, catedral de Rouen, Monet repite una y otra vez sus figuras. Es una iniciativa de pintores veteranos. Se adentran en un lenguaje que ya dominan para ampliarlo, interesados, más que en los rasgos del objeto, en sus posibilidades artísticas. Monet explora su relación poética con esos entornos naturales o urbanos, como Cézanne hizo con la Montaña de Sainte-Victoire.

Pero en Monet hay algo peculiar: la atención al tiempo. Se advierte en su afán de pintar esos motivos a las distintas luces del día o del año, y quizá vaya más lejos en los cuadros de la Catedral de Rouen. Impresionan porque testifican una mirada sensible y atenta a la luz, pero quizá sea más importante el modo en que cuestionan la firmeza del edificio. Cuando la fotografía celebra la entereza y persistencia en el tiempo de la catedral, centro de la ciudad antigua, los cuadros de Monet parecen disolverla en el paso de las luces y los días. Creo que este elogio de la caducidad es decisivo en los Nenúfares.

Una de las salas de las 'Nymphéas' en el museo de l'Orangerie. Una de las salas de las  'Nymphéas' en el museo de l'Orangerie.

Una de las salas de las 'Nymphéas' en el museo de l'Orangerie.

La I Guerra Mundial puso punto final a un modo de vida. La pasión nacionalista, llena de rasgos tardorrománticos, con que se inicia se convierte en horror al comprobar cómo la técnica era medio eficaz de una destrucción sin precedentes. La guerra deshizo la cultura del fin de siglo (Zweig, Roth y aun Márai lo testifican) y borró la figura del héroe, poniendo en su lugar el esfuerzo y el dolor anónimos de mujeres y hombres formados en la cultura industrial. No se aprendió la lección y proliferaron relatos de la historia bañados por la épica de presuntos salvadores de la humanidad. Frente a ello, los Nenúfares de Monet hablan de un tiempo sin ruido, sin nostalgia de supuestos excelsos pasados ni presiones de halagüeños futuros.

El viejo republicano, decidido dreyfusard, ofrece a Francia un duelo por las víctimas de la guerra (hojas de sauce que interrumpen a veces la visión del estanque) y un modo de entender la vida abierto a otras culturas y acompasado a una estrecha relación con la tierra. Abierto a otras culturas porque los Nenúfares recogen plantas de medio mundo y se han pintado con personal complicidad hacia el gesto, la perspectiva y aun el desarrollo sucesivo de la pintura oriental. Pero apuntan además a una vida construida en serena sintonía con la tierra, esto es, con una naturaleza cíclica, pródiga a veces, retraída otras. Hermann Broch opone a la vertical del héroe, empeñado en escalar el cielo, la horizontal del paisaje que señala nuestra pertenencia a la tierra. La horizontal, al fin, preside momentos claves: los del sueño, el amor y la muerte. Tal sean esos los valores que ofrece Monet con sus Nenúfares.

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