La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Juan Carlos, go home!
No es la más antigua, pero se aproxima al siglo de apertura. Ha vivido la Guerra Civil en su primer año, una dictadura, un cambio de régimen político, un mundial de fútbol, tres cardenales, una legión de alcaldes, la mudanza de la Feria, el retorno de la Macarena coronada en la Catedral, dos visitas del papa Juan Pablo II, una boda real, la entrada del euro, la coronación de la vecina Virgen del Rosario, una pandemia que nos cambió la vida y transformó la hostelería para siempre, el cierre de tantos negocios añejos... Todo eso pasaba cuando el Vizcaíno no dejaba de ser un refugio grato de varias generaciones de sevillanos, el sitio donde se acuda a celebrar, confraternizar, olvidar, estar solo o realizar una simple parada. Los tiempos cambiaban, el Vizcaíno se consolidaba como observatorio del siglo XX en la Plaza de los Carros y con una larga vida por delante en el XXI. Tiene más años que muchas cofradías, el sabor de las tabernas auténticas que no necesitan de decoradores ni interioristas, sino de buenos tiradores de cerveza, camareros despiertos y con reflejos y ese paso del tiempo que genera la pátina de las cosas que son originales. No hay más, ni menos. Así se ve siempre desde fuera, sobre todo por los sevillanos que nunca hemos entrado en el Vizcaíno, una de las tareas que tenemos pendientes, además de la de participar en la cucaña de la Velá, pero este segundo objetivo es muy posible que nunca lo cumplamos. Quédese tranquilo el capitular del arrabal, señor Alés.
Hay tabernas que se ven desde fuera y son verdaderos latidos de la ciudad, generan vida, animación y alegría, dan luz a las calles, están incardinadas en el imaginario colectivo. No se concibe la calle Feria sin el mercadillo de los jueves que siempre pide crónicas de Paquiño Correal; la plaza de abastos, los comercios que resisten en ese tramo ancho que es la alegría en las tardes de cabalgata y en las mañanas de Viernes Santo, el Vizcaíno con sus corrillos en la puerta, las cofradías del barrio... La calle Feria no sería la misma sin ese bullicio de mediodía de los días laborales, sin el júbilo de los sábados luminosos, sin esas mesas altas que los conductores al girar a la derecha se cuidan mucho de no rozar. ¡Cuidado, pararse ahí! Esas mesas tienen más autoridad que un policía local, porque en ellas se convive en esta sociedad de prisas y vértigo. Hay gente a la que el médico no receta ansiolíticos, sino que acuda al Vizcaíno un mediodía de sol, de este despertar de la primavera que pide estar en las calles; que apague la chicharra del teléfono móvil y se deje llevar por una buena tertulia, o se dedique simplemente a dejar pasar los minutos. Es muy habitual el perfil del cliente solitario en las tabernas de la Sevilla profunda, porque suele ser más parroquiano que otra cosa. Igual que se entra en soledad en la basílica para contarle a la Virgen lo que Ella ya sabe, se entra en el templo laico de la calle Feria para cumplir la tarea más difícil: estar con uno mismo.
También te puede interesar
Lo último
No hay comentarios