Libertad | Crítica Urbizu reimprime la leyenda del bandolerismo

  • Llega a los cines la estupenda versión largometraje de 'Libertad', la miniserie sobre bandoleros de Enrique Urbizu para Movistar+ protagonizada por Bebe.  

Jason Fernández y Bebe en una imagen de 'Libertad'. Jason Fernández y Bebe en una imagen de 'Libertad'.

Jason Fernández y Bebe en una imagen de 'Libertad'.

Ya es doble alegría que Enrique Urbizu estrene serie (Movistar+) y película en paralelo, formatos compatibles para una misma historia que permiten aquí ver en plenitud de facultades al que tal vez sea el mejor narrador audiovisual de nuestro país, o al menos el que mejor preserva ciertas esencias de la puesta en escena clásica en cada uno de sus encuadres y gestos de dirección. Una alegría que es triple por el arrojo con el que recupera el viejo y olvidado universo de los bandoleros y la España de comienzos del XIX (1807-1809) como marco para la aventura patria que, en su caso, no deja de conectar con el western como gran género de referencia que permite el trayecto dramático, el peso del paisaje, la tipología bien delimitada y la escurridiza frontera entre la Historia documentada y la leyenda como fértil territorio híbrido para el relato.

Libertad pone su foco en La Llanera, interpretada por una descarnada y convincente Bebe, bandolera que, tras 17 años de presidio junto a su hijo y unos cuantos perdones en el patíbulo, sale al fin de la cárcel para emprender una nueva vida de paz. Un foco que pronto se dispersa relatado por una de esas figuras externas, la de ese novelista hispano-británico que, como en Sin perdón, permite entrar y salir del relato con la distancia del testigo que es a la vez partícipe y fabulador libre de los acontecimientos.

Rodada mayormente en exteriores, en un elocuente y dramático formato panorámico y con referencias pictóricas que van de Goya a Caravaggio, Libertad se impregna del ambiente serrano castellano, de sus tonalidades, paisajes, clima, atmósfera y sonidos, para lanzarse a una particular persecución cruzada y al juego de las dobles traiciones entre las bandas de El Aceituno (extraordinario Isak Férriz) y El Lagartijo (Xabier Deive) y las tropas del gobernador (Luis Callejo) que pretende acabar con unos y con otros.

Urbizu vuelve a entender que un personaje es ante todo un rostro singular y una buena percha, repite con viejos conocidos y dibuja de un trazo firme a sus protagonistas y sus motivaciones, entre las que el vínculo materno-filial y o el amor homosexual aparecen aquí como aportaciones novedosas a un género de masculinidades monolíticas. El guion de Barros y Gaztambide también sabe reproducir el castellano de la época, sus hablas y acentos, y los actores incorporarlo a su manera de moverse y expresarse. Y tampoco olvida que, bajo la carcasa del género, late también en la eterna confrontación entre políticos y bandoleros, entre monarcas, gobernantes y el pueblo, una encarnizada lucha de clases plenamente vigente.

Con todos estos elementos construye Urbizu un filme extraordinario y hasta cierto punto desmitificador impulsado por el ritmo cambiante del galope de los caballos, el tiempo y la mirada detenidos cuando es preciso, el cambio de escenarios y la materialización de situaciones primordiales (de la conversación íntima en la hoguera a las emboscadas, persecuciones y duelos a navaja y escopeta) en las que, más que espectacularidad, lo que asoma es esa violencia seca, directa y con verdadero peso moral marca de la casa que no redime nunca a sus personajes, más bien todo lo contrario.