Rambo: Last Blood | Crítica El que la sigue...

Sylvester Stallone, en una escena de la película. Sylvester Stallone, en una escena de la película.

Sylvester Stallone, en una escena de la película. / D. S.

El que la sigue la consigue, dice el refrán. Y Stallone, desde luego, la ha seguido y la ha conseguido. Desde 1976 y 1982 apostó contra viento de burlas y mareas de malas críticas (cinematográficas e ideológicas), afrontando también los fundamentales cambios que el cine ha vivido desde entonces, por sus personajes de Rocky Balboa y James John Rambo. Y el público apoyó y apoya esta perseverancia, como demuestran las taquillas. La saga Rocky iniciada en el 76 tuvo su última entrega (Creed II) en 2018 y la de Rambo, iniciada en el 82, ofrece ahora su último episodio.

Más de lo mismo en mayores dosis. Si Stallone optó por humanizar a Rocky y hacer más íntimas y reflexivas las últimas entregas, logrando incluso buenas críticas, con Rambo optó por extremar la violencia, aunque incluyendo toques de humanización del personaje como hizo en la nada despreciable John Rambo (2008). Hay que recordar que antes de convertirse en una autocaricatura, la serie se inició con una buena película (Acorralado, dirigida por el artesano Ted Kotchell, basada en la buena novela de David Morell Primera sangre y con una estupenda partitura de Jerry Goldsmith) muy influyente en el cine de los 80, cuando El cazador y Apocalypse Now parecían haber liquidado Vietnam, una guerra sin épica cinematográfica. Hay que reconocer que cuando todo el mundo lo daba por muerto, Stallone supo reinventar su carrera y sus personajes con extraordinaria habilidad.

Rambo está retirado en su rancho, sombra de él mismo en el anochecer de su vida, pero entra en acción cuando su sobrina es secuestrada en México por un cártel que trafica con cuanto se pueda traficar, desde la droga a las mujeres reducidas a esclavas sexuales. Y está como el coñac Fundador, es decir, como nunca. Sobre los personajes interpretados por los españoles Óscar Jaenada y Sergio Peris-Mencheta (también interviene Paz Vega) cae lo más grande.

El director Adrian Gunberg tiene un curioso currículo mexicano que tal vez explique por qué lo eligió Stallone: dirigió para el cine la tremebunda Vacaciones en el infierno, en la que Mel Gibson sufre tanto como le suele gustar en una cárcel mexicana, y para la televisión realizó episodios de la serie Aquí en la tierra, crónica de crueldades y corrupciones en una poderosa familia mexicana.

Exprime el jugo de la historia y del personaje hasta que no queda una gota de sangre. Y logra un producto toscamente entretenido para quien no sufra de hemofobia. Lo acusarán inevitablemente de xenofobia pro-muro de Trump. Pero no es cierto. El título original de la primera aparición de Rambo en la pantalla fue Primera sangre (respetando el de la novela), de ahí que esta despedida se llame Last Blood, Última sangre. Desde luego Stallone no ha dejado ni un poquito de hemoglobina para una siguiente entrega.

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