La Purga: Infinita | Crítica Distopía barata en la frontera del odio

Quinta entrega de la saga distópica sobre el ascenso violento y regulado del Supremacismo Blanco en la Norteamérica de la era Trump, La Purga: Infinita arranca al otro lado de la frontera mejicana acompañando a un grupo de inmigrantes por los estrechos túneles que desembocan en suelo estadounidense, un grupo que, meses más tarde, ya ha conseguido instalarse y trabajar en las granjas y fábricas de Texas.

Como en entregas anteriores, la Purga designa el día en el que el Gobierno suspende la normalidad y da carta de naturaleza al racismo en sus manifestaciones más violentas, una suerte de caza del extranjero y de sálvese quien pueda destinada a limpiar la nación aria de otras tonalidades y acentos. Nuestra pareja protagonista (Ana de la Reguera y Tenoch Huerta) logra pasar la noche fatídica de barra libre nazi no sin algún sustillo, pero las reglas del juego macabro no se aplican y empieza pronto la escalada de una purga permanente y definitiva.

Y es justo ahí donde el posible interés de la cinta que dirige Everardo Gout, hasta entonces recogida en el plano dramático y con algunos matices, decae en favor del trazo grueso y el modo vídeo-juego donde la acción, los guiños al género (del zombi al western, con su particular Álamo latino incluido) y la alianza básica del grupo intercultural progresan de manera rutinaria entre escenarios de apocalipsis bélico barato, explosiones de ordenador y mensajes didácticos sobre la parábola de fondo que hacen de esta Purga Infinita un ejercicio de denuncia bastante pueril finalmente sepultado por el despliegue paramilitar y la pirotecnia low-cost.