Quien a hierro mata | Crítica Justicia narcopoética

Luis Tosar en una imagen emblemática de 'Quien a hierro mata', de Paco Plaza. Luis Tosar en una imagen emblemática de 'Quien a hierro mata', de Paco Plaza.

Luis Tosar en una imagen emblemática de 'Quien a hierro mata', de Paco Plaza.

Después del éxito popular y crítico de Verónica, personal cruce entre las dinámicas del terror adolescente y la reescritura del mejor cine español de la Transición (Cría cuervos), Paco Plaza sigue su carrera dentro del cine de género para pasarse al inagotable thriller de venganza con el narcotráfico gallego de fondo en esta historia protagonizada por un hombre común (Tosar, enfermero y cuidador en una residencia de ancianos) enfrentado a un particular descenso a los infiernos marcado por el regreso de los fantasmas del pasado, la extorsión y la violencia.

Quien a hierro mata marca tal vez demasiado pronto y con demasiada fuerza su trayecto, doble responsabilidad de un guion (firmado por el especialista Jorge Guerricaechevarría) empeñado en iluminar de más sus senderos y de una dirección errática y cargada de tics en la que Plaza tampoco parece dispuesto a dejarse atrás ningún recoveco ni ninguna duda sobre las motivaciones vengadoras de su protagonista y sus posibles consecuencias.

Se deja así sentir demasiado en la película el subrayado de sus tramas, sus temas y su desenlace, problema al que cabe añadir esa tendencia al efectismo (argumental y visual) que apuntala a cada giro y a cada imagen explícita, también a cada gesto interpretativo, en especial de los casi caricaturescos hermanos narcotraficantes que interpretan Ismael Martínez y Enric Auquer, un tablero de movimientos, intrigas (o no tanto), escenas de acción y giros caprichosos que denotan demasiado el artificio sobre el que se construye el filme.

Más allá de todo ello, se deja sentir también una cierta puerilidad de base en el levantamiento de toda una historia a partir de la culpabilización del narco como causante de las desgracias sociales y los traumas personales, algo poco convincente si tenemos en cuenta el perfil sensible, sobrio e inteligente de su protagonista.

Con todo, Quien a hierro mata suma un nuevo jalón en una cierta edad adulta del cine de género nacional y nos regala algunas imágenes poderosas y turbadoras que parecen ser el fin último de su particular poética del horror y la violencia, destellos de estilo y búsqueda de nuevas formas en un filme que se deja arrastrar y contagiar demasiado por su tendencia al exceso.