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El reflejo de Sibyl | Crítica Entre el diván y el caos

El título castellano del original Sibyl apunta a la propia puesta en abismo del relato de este tercer filme de Justine Triet, que en aquella prometedora La batalla de Solferino presentaba sus credenciales como renovadora en declinación femenina de la nueva comedia de autor francesa producida desde los márgenes.

Su segundo largo, Los casos de Victoria, abrazaba ya las hechuras del mainstream nacional y la nostalgia por la comedia (clásica) del absurdo con la complicidad de Virginie Efira como nueva mujer y madre empoderada al borde la crisis, actriz que repite aquí en este nuevo intento de combinar comedia, drama y retrato psicológico a propósito de una terapeuta que decide apartarse de su labor, también de algunos peajes de su vida familiar, para volcarse plenamente en la escritura, su verdadera vocación.

Al enredo metaficcional de nuestra protagonista, interpretada con su habitual mezcla de carnalidad y energía caótica por Efira, cabe añadir el juego cinéfilo de hacer viajar a sus personajes (entre ellos a la excesiva Exarchopoulos) a la mítica isla de Stromboli, deslumbrante plató natural para el rodaje de una película destinada a convertirse en espejo deformante y detonante para la catarsis.

Los problemas llegan cuando los materiales para su novela en ciernes se nutren y parecen demasiado a la propia vida y a la de algunos de sus ex-pacientes, recurso que Triet utiliza como puente de ida y vuelta para la fabulación y la realidad entremezcladas en un relato de tono variable, pasiones encendidas y cierta tendencia al histerismo que no termina de cuajar en su justa proporción y medida.