Pequeño gran problema | Crítica Mujer negra empoderada soltera busca...

Cómo no, se le han escapado a los distribuidores españoles dos películas del último cine independiente norteamericano que abordaban la crisis del capitalismo, el asunto racial y de género bajo perspectivas interesantes y de cierto voltaje cinematográfico, a saber, Sorry to bother you, de Boots Riley, y Support the girls, de Andrew Bujalski, donde precisamente también podíamos ver en acción a la estupenda Regina Hall, protagonista compartida de este Pequeño gran problema. Al césar lo que es del césar: pueden recuperarlas ambas hoy mismo en Netflix.

Mientras tanto, con la canícula aterriza en un rincón discreto de la cartelera la mucho menos interesante aunque por momentos simpática Pequeño gran problema, una cinta envuelta en una chirriante estética pop de sitcom televisiva y contada en clave de fábula contemporánea que nos desdobla al personaje de una empoderada ejecutiva de una empresa tecnológica (Hall) en la niña abusada y ridiculizada que fue en sus días de colegio a través del clásico toque mágico del viaje temporal. O sea, como un Big con y para afroamericanos integrados de clase media.

La comedia de Tina Gordon Chism aborda así su deriva satírica sobre el bullying, los excesos y caprichos del poder, la competencia femenina o las dinámicas del mundo corporativo sobre la delgada línea cómica de ver a la joven Marsai Martin hacerse pasar por una adulta insoportable y por la sucesión de gags que, con mayor o menor fortuna y antes del remate buenista y conciliador, la ponen en la piel de una niña mandona capaz de seducir desde el pupitre a su profesor de primaria o de tener charlas picantonas con su socia (Issa Rae).