Suspiria | Crítica

El falso cine de autor visita el cine popular de culto

Dakota Johnson, en una escena de 'Suspiria'. Dakota Johnson, en una escena de 'Suspiria'.

Dakota Johnson, en una escena de 'Suspiria'.

Dario Argento es un director simpático, divertido y muy entretenido que manejó con desparpajo absolutamente italiano las claves del giallo (el thriller a la italiana) siguiendo el camino abierto por Mario Bava, obteniendo enormes éxitos en los años 70 con películas de título extravagante y zoológicamente retorcido -El pájaro de las plumas de cristal (1970), El gato de nueve colas y Cuatro moscas sobre terciopelo gris (ambas de 1971)- o sugestivo -Profondo rosso (1975), Suspiria (1977), Inferno (1980)- completando dos trilogías tras las que su irregular talento y las circunstancias lo sumieron en un largo declive.

Se le consideró el Sergio Leone del giallo, pero pese a lo interesante de sus mal envejecidas películas (de las que lo que mejor ha aguantado el paso del tiempo son sus bandas sonoras compuestas por Morricone y Goblin) nunca alcanzó la creatividad de la magistral tetralogía western de Leone (la Trilogía del Dólar más Hasta que llegó su hora, en cuyo guión Argento participó junto a Bertolucci).

Al éxito popular que Argento tuvo en su día la posteridad ha añadido un culto exagerado. A este culto se suma el mediocre, pedante y sobrevalorado Luca Guadagnino (Yo soy el amor, Cegados por el sol, Call Me by Your Name) con este desastroso remake de Suspiria, cósmicamente inferior al original de Argento. El falso cine de autor de 2018 visitando el cine popular de culto de los 70.

Guadagnino quita misterio -el cine de Argento gustaba balancearse entre los límites del suspense y el terror, del thriller y lo fantástico- para añadir linealidad narrativa y mensaje político (se insiste mucho en los años de plomo del terrorismo alemán y reencarnaciones o emanaciones nazis) y feminista (llevado al extremo de lo grotesco). Lo que liga con el trasfondo terrorífico de una escuela de danza que es en realidad una Salem repleta de brujas de verdad como el agua y el aceite. De lo sugerente a lo obvio. Nada se gana. Mucho se pierde.

El juego de Argento sorprendía y divertía en los 70. El de Guadagnino cansa e irrita por sus pretensiones autoriales estilísticas y temáticas, por su insincero juego con lo kitsch y por su pretensión de dar rigor narrativo y político a una obra cuyo caprichoso y colorista encanto era no tenerlo. Si esto es un homenaje, que Dios libre a Argento de admiradores como Guadagnino. Aparecen como fantasmas con forma de citas homenaje la Jessica Harper que interpretó el original o la fassbinderiana Ingrid Caven. Dakota Johnson lo da todo. Tilda Swinton da demasiado, hasta el extremo de lo grotesco. Que ambas sean estrellas y que Guadagnino sea considerado un autor lo dice todo sobre la situación actual del cine. Lo único positivo de este traspié es que la desnudez del rey se va mostrando.

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