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Crítica 'The Imitation Game (Descifrando a Enigma)'

El descifrador es el mayor enigma

The Imitation Game (Descifrando a Enigma). Biopic, EEUU/Reino Unido, 2014, 114 min. Dirección: Morten Tyldum. Guión: Graham Moore. Fotografía: Óscar Faura. Música: Clint Mansell Intérpretes: Benedict Cumberbatch, Keira Knightley, Mark Strong, Charles Dance, Matthew Goode, Rory Kinnear, Tuppence Middleton, Steven Waddington, Victoria Wicks, Ancuta Breaban, James Northcote, Matthew Beard, Hannah Flynn, Tom Goodman-Hill, Allen Leech.

Lo más importante en esta película, aquello en lo que se juega acertar o errar, es la atmósfera. Porque es y no es una película de guerra, es y no es una película de espías y servicios secretos, es y no es una tragedia, es y no es una denuncia. Todo a la vez. ¿Cómo contar la corta pero intensa vida de un hombre que, pese a estar dotado de una inteligencia excepcional, pese a abrir campos de ilimitado futuro a la inteligencia artificial y los computadores, pese a ser uno de los más grandes (y desconocidos por aquellos a quienes contribuyó a salvar) héroes ingleses de la Segunda Guerra Mundial al acortar la guerra y ayudar a su patria a ganarla, tuvo una vida desdichada y un final atormentado cuando sólo contaba 42 años? ¿A qué género pertenece una película así? ¿Y de quién trata? No pretende desmontar la imagen tópica de un héroe, desvelando su lado oscuro. Pero tampoco convertir en héroe a un personaje oscuro, justificando o disimulando sus debilidades. No pretende desmitificar la Inglaterra que tan valerosamente se enfrentó sola a la máquina de guerra alemana para presentarla como una nación ingrata para con sus héroes y ferozmente represora. Pero tampoco ocultar uno de los más injustos y vergonzosos errores cometidos por la justicia inglesa. Las cosas, en esta historia y con respecto a este personaje, son como fueron. Y si se quiere ser honesto no se debe variar nada. Alan Turing, su protagonista, fue un genio; pero también una personalidad intratable y al borde de la demencia. La misma Inglaterra que se cubrió de gloria librando la guerra que Turing ayudó a ganar se cubrió de vergüenza con el trato que le dio sólo siete años después del fin de la guerra. Así fueron las cosas.

Es importante subrayar estas dificultades porque es al sortearlas cuando esta película demuestra su talla, mayor de lo que su corrección formal deja entrever. La virtud discreta siempre es más difícil de apreciarse. En su salto a la gran producción internacional tras el éxito de Headhunters, el director noruego Morten Tyldum (y, por ser justos, la producción encabezada por los Weinstein que ha armado todo el proyecto) ha querido ser honrado respetando la indefinición genérica de esta película y la ambigüedad de los hechos que narra. Por eso en ella sólo la atmósfera, como nota visual dominante, podía unificar los tres tiempos en los que se desarrolla -los años 20, los 40 y los 50- y los tres registros que conjuga -la biografía, el suspense con trasfondo bélico y la denuncia-. Y en cine la atmósfera depende sobre todo de la fotografía. Por eso el primer nombre que quiero citar es el del director de fotografía español Óscar Faura (El orfanato, Los ojos de Julia, Lo imposible). Él logra crear la atmósfera capaz de contener los tres tiempos y los tres registros sin rupturas. Y logra también hacer justicia al espléndido diseño de producción de la genial María Djurkovic, responsable de la creación de los mundos -tan distintos- de Las horas, La zona gris o El topo, de cuyo tono sombrío tanto hay en esta película.

El tercer factor determinante en el buen resultado de esta película, tras la fotografía y el diseño de producción, es que el guión de Graham Moore se base en el libro que Andrew Hodges dedicó a Alan Turing (Alan Turing: el Enigma). Era la mejor elección posible porque Moore lo escribió con el conocimiento del científico (es un matemático que trabaja en el Wadham College de Oxford) y la rabia y el afán de denunciar el tormento vivido por Turing de uno de los pioneros de los movimientos de liberación gay en los años 70. El cuarto factor es la impresionante interpretación de Benedict Cumberbatch. Y el quinto es la discreta, casi invisible dirección de Tyldum. Un artesano que roza el arte. Algo muy de agradecer cuando hay tanto memo que, sin llegar a artesano, se cree autor. El resultado es una muy buena y muy entretenida película bélica de espionaje que a la vez es la denuncia de una injusticia y el retrato de una personalidad atormentada y compleja.

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