La gran mentira | Crítica Mirren y McKellen merecían más

Helen Mirren e Ian McKellen, en una imagen de la película. Helen Mirren e Ian McKellen, en una imagen de la película.

Helen Mirren e Ian McKellen, en una imagen de la película. / D. S.

El más televisivo que cinematográfico y mediocre Bill Condon (Candyman 2, Kinsey, las dos entregas de La saga Crepúsculo: Amanecer) logró sus mejores películas -además de la apreciable Dreamgirls- trabajando con Ian McKellen en Dioses y monstruos y Mr. Holmes. La primera era el retrato otoñal de un personaje real: el gran director de cine fantástico James Whale. La segunda era el retrato otoñal del más real -hasta existe su casa en Baker Street 221 B- de los personajes de ficción: Sherlock Holmes. Ahora une su tótem McKellen a una actriz tan grande como él, Helen Mirren. Los dos están en cuanto a talento muy por encima de Condon, lo que hace inevitable que lo mejor de esta mediana película sean las interpretaciones.

Basándose en un best-seller de Nicholas Searle convertido en guión por el poco estimulante autor teatral y guionista Jeffrey Hatcher –Belleza prohibida, La duquesa, Casanova- que ya había trabajado con Condon en Mr. Holmes, cuenta la historia en principio interesante de la red (literalmente porque todo empieza a través de las redes) de mentiras que teje el turbio McKellen para enredar a la rica Mirren. Rica, pero no tonta. Desgraciadamente un buen arranque exige una buena continuación y un final digno del principio, cosas de las que esta película carece: conforme avanza declina, disparata y yerra al pretender ofrecer giros inesperados que, a causa de la torpeza del guion, son tan forzados como esperados. La corrección de la primera parte y los fallos de la segunda hacen presumir que los problemas están en la novela y el guión. Pero, se supone, para remediarlos está el director. En este caso Condon parece haberse limitado a dirigir con corrección el texto que Hatcher le ha ofrecido, sin ánimo o ganas de mejorarlo.

Tras McKellen y Mirren lo mejor de la película es la intervención de otro veterano, el muy buen secundario Jim Carter al que Downton Abbey dio finalmente popularidad, y la banda sonora del siempre grande Carter Burwell, el alma musical de los Coen. Cuando un maestro del toreo decayó sus seguidores decían que verle hacer el paseíllo valía el precio de la entrada. Aplíquese a la presencia de Mirren y McKellen.

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