Cofradias

Metáfora del Génesis en calle Cuna

  • La salida extraordinaria del Gran Poder propició un recorrido añejo La imagen de Juan de Mesa viajaba al feudo de Martínez Montañés

Nada sobrecoge tanto como el silencio de una multitud. "Debe estar llegando porque la gente está muy callada", dice una mujer por el móvil. Hasta los niños se han puesto de acuerdo para llorar con cierta armonía, mitigada su impaciencia con la genética cofrade. Es hermosa la geometría de las devociones: es tan humano ese Dios que todo lo alcanfora, lo perfuma. Ni a humanidad huele con las apreturas de cuerpos. Será el ramo de flores que un hombre tiene en sus manos para entregarlo cuando pase el Señor.

Nadie tiene prisa. Una señora: "El ambiente es de Domingo de Ramos, está petaíto". Las madres y abuelas han asumido la jerga de sus hijos. Cierran las tiendas y abren los balcones. El de Ciudad de Londres se va llenando. También los que están sobre las tiendas Dolores Promesas y Aurora Gaviño. Hay indulgencia con las estampas prosaicas de quienes esperan con un botellín en la mano y el cigarrillo en la otra como si esperasen una etapa del Giro.

La esquina de Cuna con Acetres es un buen sitio para verlo. Es la calle en la que el 21 de septiembre de 1902 nació el poeta Luis Cernuda. Hace justamente un siglo el autor de Ocnos tenía 14 años y estudiaba en los Escolapios. Las cuentas las hace Antonio Rivero Taravillo. El biógrafo del poeta se cruza con la gente que viene de ver al Gran Poder. "Fue precisamente con esa edad cuando se le despertó la afición a la poesía, cuando un profesor le encargó el trabajo sobre una décima". Mañana se cumple un nuevo aniversario de la muerte del poeta en el exilio mexicano.

La ciudad asistía al sempiterno pleito entre la realidad y el deseo con el más reconocido de los mediadores. La Casa de la Memoria, sita en el antiguo San Marco, es ahora un lugar de espectáculos flamencos. Un grupo de turistas centroeuropeos se asoman a la puerta y se encuentran con esta propina inesperada. El Papa de Roma y del San Lorenzo de Almagro, que no el de Paco Reyes, ha tendido un puente en el quinto centenario de la Reforma de Lutero entre las iglesias que en tiempos se citaban en el campo de batalla.

Poco antes de las ocho de la tarde, pasa la Cruz de Guía por Acetres. Vilima se reconoce antes que Ocnos. A falta de nazarenos, los únicos tramos reconocibles son los de la Policía Nacional, algunos de cuyos miembros comentarán con sones de confesor que su nuevo ministro fue el alcalde de Sevilla. Empiezan a pasar los hermanos con el cirio en la mano. El que arrastra la cruz enaltece a los humildes y humilla a los poderosos. Por eso su Poder es Grande, lo hacen grande los pequeños, los débiles, los pobres, los incomprendidos. Iguala por doquier. Nadie es más que nadie en esta igualdad sin Marsellesa. Aprieta el paso la tropa de a pie, donde se confunden hermanos anónimos con otros que han sido pregoneros de la Semana Santa o han presidido el Consejo General de Cofradías. Los honores deshonoran, escribió Alejo Carpentier. Si el Gran Poder está en la calle, es la consagración de la primavera. El cielo equívoco, el meteorológico y el teológico, firmamento y paraíso, balcón etéreo.

Un jueves como un Domingo de Ramos. En estas cosas no hace falta servicio de orden. La capacidad de autogestión es admirable. Detienen el paso en Rivero y después en Cerrajería. Entre los sacerdotes, aparece Andrés, un cura extremeño que todos los veranos se va a Albania a prestar sus servicios espirituales y materiales con la comunidad que fundó Teresa de Calcuta. Hay un cura que no forma parte del cortejo. Es el actor Arturo Fernández caracterizado de sacerdote, que el 30 de noviembre, con 87 años, hijo de la Exposición del 29, estrena nueva obra en el teatro Quintero.

Se pierde la cruz hacia el Salvador. Juan de Mesa en los dominios de Martínez Montañés. El maestro y el discípulo del libro de Fernando Carrasco. El arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra vuelve a su estudio. En la nómina de hermanos con cirio, Alfonso Rodríguez Macías, ex arquitecto municipal unido a la basílica que diseñaron Antonio Delgado-Roig y Alberto Balbontín.

Sobriedad y trascendencia, claridad y misterio. La Sevilla que nunca sale en los telediarios, que domina los tiempos y los espacios en el mejor eje de coordenadas: abcisas de la fe, ordenadas de la servidumbre. La ciudad se enseñorea con su Señor, se apasiona en los aledaños de Pasión. En el duelo entre borrascas y anticiclones, la decisión de adelantar un día la salida extraordinaria del Año de la Misericordia le regaló a Sevilla unos puntos suspensivos entre los Santos, los Difuntos y la síntesis perfecta de quien murió para la vida, de quien padeció para liberarnos y viajó desde el Gólgota hasta Cuna,metáfora del Génesis.

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