Cofradias

La ciudad de la Esperanza

  • La Macarena fue trasladada a la Catedral en una procesión extraordinaria en la que estuvo acompañada por miles de personas Visitó Montesión, San Juan de la Palma y la Anunciación

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Han vuelto las colgaduras al número 23 de la calle Escoberos. Parece la mañana del Viernes Santo. Los balcones de la casita blanca de dos plantas están repletos. Desde el cierro se divisa Parras al completo. La calle se va llenando hasta desafiar las leyes de la física. Las guirnaldas anuncian que algo grande se celebra en el barrio. El reloj va alcanzando las tres de la tarde. El revuelo de unas campanas cercanas revela que se ha producido el momento ansiado. Ya ha salido la Macarena. Por eso están las estancias repletas. En las paredes hay fotografías centenarias de los que han sido moradores de esa casa que fue fábrica de jabón que empleaba a buena parte del barrio. Allí se guardaron algunos enseres de la cofradía cuando los trágicos sucesos de 1936. Cuentan que tras quemar San Gil se fueron para allá. "No, la fábrica no, que da trabajo".

Ya no están Charín y Alberto. Sí estuvieron ayer su hija Esperanza, con sus hijas, y Alberto, uno de los nietos. Su padre, también Alberto, es el último cirio morado del Señor de la Sentencia, o el primero, según se mire. Ayer no pudo acudir a la cita. Cosas de las guardias. Sobre las mesitas se disponen unas viandas para agasajar a los invitados y amenizar la espera. En una de ellas hay una foto antigua de la Virgen de la Esperanza en besamanos. Parece de la época de Gamero o Pérez Calvo. Lleva la corona de oro que le diseñó Juan Manuel y le hicieron en la Joyería Reyes para su coronación popular, la de 1913. Ayer comenzaron las celebraciones por los 50 años de la coronación canónica con la que el Vaticano reconocía la devoción universal a la Macarena. Esa corona de oro, la que le ofrendó su barrio con tanto esfuerzo en 1913 y la que el cardenal Bueno Monreal le impuso en la canónica ceremonia de 1964, estuvo en esta casa precisamente, junto a los otros enseres, en el año 1936, antes de que la hermandad la donara durante la Guerra Civil al frente nacional. La valiosa joya estuvo guardada en el altillo del armario del dormitorio de José Costas Mensaque, que por aquellos tiempos era miembro de la junta de gobierno de la hermandad. 

Las cornetas y los tambores de la Centuria anuncian que ya queda menos para ver a la Esperanza. La Virgen que acelera los corazones cuando se intuye. Viene como le gusta a Garduño: con el manto de tisú y la mantilla. En la mano derecha lleva las azucenas naturales, como hace 50 y hace 25 años. Son muchos los hermanos que forman el cortejo. Hasta mil, aunque son más los que se han sacado la papeleta de sitio. Uno de los diputados con palermo se empeña en que aquellos que van en busca de la Esperanza no se metan entre los tramos. Al cabo de unos minutos la tarea se torna imposible.

Una pancarta verde con las cinco mariquillas da la bienvenida a la Macarena en Parras. La banda de la Centuria y los hermanos con cirio ya no se distinguen entre la masa. Ya se intuye la Esperanza por Fray Luis Sotelo. Enfila Escoberos a los sones de Macarena, de Emilio Cebrián, mientras se encogen los corazones. El paso de palio va fino, gustándose. Se saborea cada momento. "Ve más despacio Macarena que te vas por siete días". Su barrio la despide lentamente entre vivas y guapas. Uno de los dos focos devocionales de la ciudad, el otro está en San Lorenzo, se traslada por unos días a la mismísima Catedral. Como hace medio siglo hasta allí la acompañarán sus hermanos y devotos. Esos que nunca dejan sola a la Esperanza.

La Macarena ya mira de frente a su calle Parras y con ella, a través de sus ojos, tantas y tantas personas que ya están junto a ella: Ricardo Zubiría, Victoria Sánchez Contreras, Juanita Reina, Gallito, Juan Manuel Rodríguez Ojeda, Manuel Távora, Esperanza Elena Caro, José Hernández Díaz, Pilar de Banús... la lista es interminable. Los del Guadalquivir le cantan a la Virgen unas sevillanas desde la Hermandad del Rocío que el público jalea. A duras penas el palio macareno navega entre las miles de personas que abarrotan la que es su calle. El retraso a esa hora ya va siendo importante. Entre lluvias de flores la Macarena recorrió Parras.

La ciudad está completamente entregada a su Esperanza. La procesión es triunfal. Bien lo saben los miles de sevillanos y personas llegadas de muchos lugares de España que han salido a su encuentro. Balcones engalanados, alfombras de flores, guirnaldas y banderolas durante todo el recorrido. La Virgen se hace esperar, pero se espera con ilusión a la Esperanza. Sevilla fue ayer, más que nunca, la ciudad de la Esperanza.

Uno de los momentos más esperados de la tarde era ver a la Macarena y a la Amargura frente a frente en San Juan de la Palma. Fue una de las imágenes más buscadas. En la puerta del templo se ha conformado un gran escudo de la Amargura realizado con claveles de colores. Un cordón de voluntarios de Protección Civil se afana para que la primera que lo pise sea la Virgen. Dentro, la Virgen de la Amargura espera asomada en su presbiterio, con su manto de salida y la corona de oro que le impuso Segura en 1954 en la primera coronación canónica de una Dolorosa sevillana.

La Macarena ya visitó a la Amargura en dos ocasiones. En 1964, en el regreso de la coronación, y en 1971, cuando fue al Ayuntamiento para la imposición de la Medalla de Oro de la ciudad. En las casas que hay frente al templo lucen los reposteros con las letanías que hizo la Amargura por el cincuentenario de su coronación. La Macarena se hace esperar. ¿Qué es el tiempo cuando se espera a la Esperanza? A las seis de la tarde llega la cruz de guía. El paso, que antes ha entrado en la capilla del Rosario para visitar a la Hermandad de Montesión, asoma por la esquina de Feria una hora y media más tarde.

Como sucede en el regreso de la Madrugada, las insignias van mucho más pegadas que a la salida. Llega el paso a los sones de Amarguras mientras el sol de la tarde baña el paso. La Virgen entra de manera pausada. El paso es ancho y la puerta estrecha. Mientras fuera suena Valle de Sevilla, la Macarena se acerca a la Amargura. Se arria el paso ante el presbiterio. "Estamos aquí para estrechar lazos entre punta y punta de la calle Feria". Mientras se reza el Salve Madre y se entrega un recuerdo, los auxiliares se aprestan a encender la candelería y los candelabros de cola, se levantan los faldones para que los costaleros tomen aire y el aguaor da beber a los acólitos y otros miembros del cortejo. Sin dejar de mirar a la Amargura, la Macarena se despide. "Paso atrás", manda Santiago. Muy despacio el paso sale a la plaza. Desde la casa de enfrente llueven las flores mientras el Carmen de Salteras ataca Coronación de la Macarena. El delirio. 

Con el mismo andar pausado la Macarena llega al convento de las Hermanas de la Cruz. Allí, Inmaculada Rodríguez Guzmán, la que fue madrina de la coronación, volvió a ofrendarle a la Macarena las flores de las hermanitas, y como hace 50 y 25 años, volvió a tocar el martillo del paso de palio. De Santa Ángela a la Anunciación en una de las visitas más sentimentales. La Macarena estuvo allí refugiada cuando le quemaron su casa en 1936. Entonces no estaba la Hermandad del Valle, otra Virgen coronada que ayer también se encontró frente a frente con la Macarena. Suena en el interior Coronación de la Macarena.

En la Plaza de San Francisco, como hace 25 años, la corporación municipal recibe a la Macarena. Se viven momentos indescriptibles con la llegada del paso mientras se canta el Himno de la Macarena. La Virgen volvió a pasar bajo las portadas del Corpus y sobre una alfombra de sales de colores con los escudos de la Macarena, Sevilla y Sanlúcar de Barrameda, que esta localidad ha ofrendado a la Esperanza. Allí el alcalde, Juan Ignacio Zoido, le entrega un pergamino conmemorativo pintado por Carmen Bahima.

La Macarena entró en la Catedral a la 01:30, con varias horas de retraso. Demasiadas. Pero dicen los macarenos que cuando la Virgen sale a la calle ya no mandan sobre ella. Es del pueblo, de su gente. No hubo horarios. Se les paró el reloj a los macarenos. Se detuvo el tiempo. Pero bien lo disfrutó Sevilla. La ciudad de la Esperanza.

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