Martes Santo

Cuando sólo queda esperar

  • El riesgo de lluvia, que se materializó a las 19:00, dejó la tercera jornada de la Semana Santa huérfana de cofradías.

Ala tercera no fue la vencida. El Martes Santo tampoco consiguió el pleno de cofradías, la mayoría de las cuales saben ya lo que es quedarse dos años consecutivos en casa. Esta Semana Santa es la de la espera constante. Espera en los templos mientras se reúnen los oficiales, espera a través del pinganillo, espera en la prórroga de tiempo para tomar una decisión, espera para conocer el último parte meteorológico, espera a que pase el chubasco inoportuno que nos sorprende sin paraguas, espera, espera... La paciencia del cofrade se pone a prueba a cada instante.

Horas huecas, vacías. ¿Qué hacer en un tiempo que debía emplearse para la búsqueda y contemplación de los pasos? Las alternativas son variadas, múltiples, pero todo cansa cuando después de tres jornadas son 18 cofradías las que no han salido. Esta espera cansina es un yermo ocioso donde toman la palabra los integrantes de esa especie cuya población no corre peligro de extinción por más que el cielo descargue fuerte. Son los pontificadores, aquellos personajes que aprovechan cualquier micrófono cercano que ofrecen los reporteros en días en los que hay que rellenar muchas horas de radio y televisión con cualquier comentario.

Estos especímenes sientan cátedra sobre lo correcto e inoportuno pese a llevar en el mundo de las cofradías desde ayer por la noche. Utilizan calificativos rimbombantes en un alarde lingüístico tan ridículo como poco natural. Ayer tocaba hablar de las cofradías que se mojaron el lunes y de la peculiar estación de penitencia de Vera-Cruz, corporación que logró meterse en el top ten de los temas principales de la ciudad, algo complicado si el tiempo no hubiera mostrado el lunes su cara más amarga. Y en esa discusión tomaban parte toda suerte de neomísticos y ortodoxos de la forma que dejan lucir en estas fechas su vocabulario de escogidas palabras y almibaradas frases.

  

Vídeo: Ainhoa Ulla.La espera y la frustración se traducen en una resignación generalizada. Comienza el Martes Santo con la imagen aún en la retina de los nazarenos de San Gonzalo con la túnica empapada, el aguacero que cayó mientras el paso de la Virgen del Rocío se refugiaba en la Anunciación o el impecable cortejo que acompañó al Lignum Crucis de Vera-Cruz en una cofradía insólita que traerá la larga cola de un sesudo debate sobre la conveniencia o no de realizar este tipo de estación de penitencia.

Los sevillanos desayunan con los partes meteorológicos encima de la mesa. Han hecho de los porcentajes de lluvia su compañero inseparable como el auricular en días de lluvia. Florecen los corresponsales de la meteorología en el Aljarafe y la provincia onubense. Todo el mundo tiene estos días por arte de birlibirloque un familiar o un gran amigo que vive exactamente por donde entran las borrascas y que siempre está dispuesto a informar minuto a minuto de los antojos del cielo. Ahora llueve en Pilas, en Dos Hermanas, en Alcalá, en Camas...

Vídeo: Antonio Pizarro

Twitter -esa red social a la que los sevillanos le han sacado el carné de cofrade- sirve para dejar testimonio inmediato del avance de un frente nuboso cuando el Martes Santo ha cruzado su ecuador. Cinco cofradías se habían quedado sin salir sin que hasta el momento hubiera caído ni una gota. Las imágenes de las cofradías que se mojaron el lunes pesaron como una losa en el ánimo de las juntas de gobierno. Las decisiones no se hicieron esperar tanto como días anteriores. En el Cerro del Águila o en la Calzá no se sabe lo que es un Martes Santo desde hace dos años. No hay nada más triste que vivir del recuerdo en días pensados para la fiesta.

A las siete de la tarde el cielo se tiñó de un gris panza de burra. La negrura cubría la ciudad. El Cristo de la Buena Muerte ya estaba en su capilla. Había terminado el traslado desde el Rectorado. Fueron los únicos pasos que se movieron en el día. Se hizo presente la lluvia que dio razón y alivio a los hermanos mayores que habían decidido no salir. No hay nada peor que suspender una estación de penitencia sin que se hagan realidad los peores pronósticos.

La lluvia se agudizó. Los menos precavidos buscaron refugio bajo soportales y centros comerciales que hicieron su agosto con la venta de paraguas. Pingüe alivio en una semana donde los bares tienen las cajas a medio llenar. No sólo a las cofradías perjudica el agua. La tormenta no cesó y se dejó gustar a su paso por Sevilla. Los gotas dieron paso al granizo. Había quien se había olvidado de lo que era la lluvia, pero siempre está la Semana Santa para recordarlo. El paisaje que queda tras ella es desolador cuando el escenario por donde debía discurrir la fiesta religiosa se convierte en un dédalo de calles de las que se adueñó este invierno retardado.

Al soniquete del agua siguió el cuentagotas de confirmaciones previstas. Una tras otra. La Candelaria y Santa Cruz también se quedaban en sus templos. A esta decisión se unió la Bofetá (las tristes escenas del año pasado aún están muy presentes). El Martes Santo terminó antes de que la escasa luz se difuminara por completo. La ciudad se había reducido a una suma de charcos, colgaduras mojadas y resignación obligatoria. En estos tres días el vacío se ha hecho un hueco en el ánimo. A la tercera no fue la vencida. El número del equilibrio dejó en blanco el martes y limpias de cera las túnicas por segundo año. Sólo queda esperar a que este miércoles traiga el sol de la infancia. Sólo queda eso, esperar.

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