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Diez minutos

Detalle de una página de la obra. Detalle de una página de la obra.

Detalle de una página de la obra.

No es extraño que The Spirit figure en lo más alto de las listas de los mejores cómics de la historia. Posee la extraña cualidad de ser un comic book publicado en prensa, de modo que aúna dos de los formatos principales del medio; vio la luz en la década de 1940 y los primeros años de la de 1950, cuando se solidificaban los motivos básicos de la historieta, de modo que el personaje ha alcanzado el rango de icónico; y es un tebeo pionero también en el lenguaje, pues gozó de la inventiva de Will Eisner, que aportó innumerables soluciones gráficas a una gramática aún en formación. Todo (o casi todo) el material de The Spirit es notable, aunque la serie puede dividirse en dos fases, de las que la segunda, comenzada a finales de 1945 con el regreso de Eisner a EEUU tras la Segunda Guerra Mundial, es la más excelsa. El artista contó siempre con un magnífico grupo de colaboradores, que incluye nombres propios como Jack Cole, Lou Fine o Wally Wood y, de todos ellos, el que mejor supo adaptarse a la naturaleza de la serie, el que más aportó a la visión creativa proyectada por Eisner, fue Jules Feiffer.

En 1946, cuando entró a formar parte del estudio artístico que producía The Spirit, Feiffer tenía solo 16 años. Empezó realizando todo tipo de tareas, desde borrar los lápices y limpiar los pinceles hasta colorear las páginas, y compaginó el trabajo con los estudios en una escuela de arte para mejorar su estilo de dibujo. Para 1949, fecha de los episodios incluidos en el volumen 19 de Los archivos de The Spirit, Feiffer compartía ideas y argumentos con Eisner, cuando no escribía directamente los guiones.

Fruto de la sinergia de los dos genios (conviene recordar que, en solitario, Feiffer se convertiría en un prestigioso historietista), la calidad de la serie se elevó hasta alcanzar sus cotas más altas, como atestigua el presente tomo. Más aún, bastan las siete páginas de Diez minutos, el episodio publicado el 11 de septiembre de 1949, para entender que estamos ante un momento prodigioso, irrepetible, de la historia del cómic.

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