La errabunda | Crítica

A paseo todo

  • La editorial Lindo & Espinosa reúne en un volumen colectivo una serie de relatos sobre caminatas urbanas por varias ciudades españolas

Un hombre camina por una calle del centro de Oporto. Un hombre camina por una calle del centro de Oporto.

Un hombre camina por una calle del centro de Oporto.

A veces, cuando el paseante urbano tiende a filosofar, quien más y quien menos suele ponerse estupendo. Andar, deambular, descifrar la retícula de una ciudad sin propósito ni sentido, viene a ser un acto heroico, un impulso subversivo. Muchos proponen que el oficio del paseante es una forma de ética revolucionaria.

Postureo aparte, diremos que hoy por hoy, si transitamos por ciudades de cartoné como Barcelona o Sevilla, atestadas de turistas, de nativos embobados por reclamos de ocio, el andar, el mero pasear al buen tuntún, se ha convertido, en efecto, en un acto heroico y subversivo. El paseante, entendido como homo urbanitas, podrá tener o no su poso de contracultura (eso lo veremos ahora). Pero quede dicho que hoy ejercer el democrático derecho de pasear por Sevilla o Barcelona incita al malestar y está abonando, directamente, a la discordia civil.

Podríamos recordar ahora los postulados artísticos de la Internacional Situacionista (1957-1972), aquel contenedor cultural y de izquierdas que propuso una alternativa al capitalismo en todo ámbito. Las ciudades debían refundarse para lograr una especie de felicidad política. Guy Debord (Naked City) hacía apología del deambular. La figura del caminador también encontró eco en artistas como Jospeh Beuys (La Rivoluzione Siamo Noi) y Richard Long (A Line Made by Walking). En Nueva York, Vito Acconci se propuso una aventura psicopática y morbosa que más de uno ha abrigado alguna que otra vez: seguir por azar los pasos a un desconocido y convertir su caminata en el reguero con migas de pan de nuestro propio laberinto. Igual hizo Sophie Calle, pero en París.

Todas estas narrativas andarinas nos llevan en origen a Walter Benjamin. Quiere decirse a su célebre arte "del saber perderse en una ciudad a través de un buen aprendizaje". Recordemos si no su Libro de los pasajes o Crónica sobre Berlín, cuya histeria apelotonada había atraído a Kirchner en sus cuadros y a nuestro Chaves Nogales mientras disfrutaba de la visión nocturna de la urbe, tachonada de pepitas diamantinas, a bordo de un avión.

Hemos tirado de la idea del paseo como acto subversivo tras haber leído estos relatos sobre ciudades españolas: La errabunda. Nos gusta aún más el subtítulo Primer tratado ibérico de deambulogía heterodoxa. El volumen reúne un corrillo de autores nacidos en los años 70 y 80. Unos y otros evocan su ciudad natal o de acogida. Y unos más y otras menos (caso de Sabina Urraca, que recrea cierto Madrid desde la óptica del llamado periodismo gonzo) proponen un paseo por los bulevares de la nostalgia. Evitan no obstante el regusto salobre de la lágrima fácil.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro.

Daniel Monedero recorre la Valladolid de la niñez, "ciudad de comerciantes, funcionarios y obreros de la Renault". Nos cuenta un par de anécdotas sobre Miguel Delibes y Arbydas Sabonis (aquel pívot lituano –para nosotros soviético– que fichó por el Forum Filatélico). Ebriedad (esa Seminci como nouvelle vague castellana) y defensa de la paseata como acto revolucionario, se dan la mano en esta aguada nostálgica y sentimental sobre la Pucela perdida.

Por su parte, al recrear la Barcelona de los 90, el relato de Jordi Corominas, criado en el Guinardó, nos ha recordado en parte a Marsé y a aquellos Paseos con mi madre de Javier Pérez Andújar por Sant Adriá del Besós y por su poética de charnegos encantos.

De Bilbao, del Bilbao lluvioso, con olor a hollín y a humazo de gabarra, se acuerda la escritora Txani Rodríguez. Su pieza traza una especie de puente aéreo entre la hoy renovada capital vizcaína y Ronda (asociada ésta a las vacaciones del verano). De Gijón, por otra parte, desconocíamos su pasado ballenero de no haber sido por la estampa que de la ciudad norteña hace Miguel Barrero. Desde el barrio de Cimadevilla su paseo se pierde por el enmarañado casco urbano que más de uno, por muchas veces que vaya a Gijón, suele padecer con cierto placer sodomita.

Por último, Sergio del Molino, autor de La España vacía y del recién publicado Lugares fuera de sitio, hace una semblanza de Zaragoza. Según su teoría, Zaragoza es un gran ejemplo de ciudad media, de una exactitud científicamente media, lo que la convierte en laboratorio para pruebas de márketing y consumo. Lo que se prueba en Zaragoza como producto piloto triunfará, o no, en España. El autor, afín al propósito del conjunto, hace apología de una costumbre tanto o más ritual que la ofrenda floral junto a la basílica del Pilar: el paseo de los sábados. No importa ni el calor ni el frío ni el cierzo.

Decía Peter Handke, gran andarín, que todo libro debería ser fruto del andar, el silencio y la lentitud. El presente tiene estos mimbres.

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