Testamento de juventud | Crítica

Mecánica de la muerte

  • Periférica y Errata Naturae, de forma conjunta, se coaligan para traducir, por primera vez, un clásico del pacifismo y el feminismo de la Gran Guerra, firmado, a primeros de los años 30, por la británica Vera Brittain

Una joven Vera Brittain en uniforme de enfermera Una joven Vera Brittain en uniforme de enfermera

Una joven Vera Brittain en uniforme de enfermera

Este libro de Vera Brittain, Testamento de juventud, guarda desde su título cierta idea paradójica, y sin embargo central, en la generación que hace la Gran Guerra: la idea de prestar testimonio, en forma de responso, por su malograda y brevísima existencia. También la de racionalizar, de algún modo, la inesperada extrañeza con la que se dirigen, tras los primeros días de euforia, a un fenómeno desconocido, muy distinto de las dos últimas guerras que habían afectado a su país o a sus países vecinos: la guerra de los bóer, y antes, la guerra franco-prusiana, primero de los tres grandes enfrentamientos europeos, pero de alcance mundial, que acabarán en la rendición alemana de mayo de 1945. Dicho fenómeno, como ya supondrá el lector, no es otro que la mecanización de la muerte, su trivialización por acopio, cuya imagen más dramática y más conocida será la tediosa y brutal guerra de trincheras.

Brittain retrata la muerte inesperada de la seguridad de un mundo, su mundo, y el creciente protagonismo de la mujer

Obviamente, este Testamento de juventud, escrito por una estudiante reconvertida en enfermera, no pretende ser una visión novedosa del conflicto. Bastaría citar el Adiós a todo eso de su compatriota Robert Graves, o las Tempestades de acero de Jünger, para conceder que, en cuanto al pormenor bélico, en cuanto a la sujeción del individuo a fuerzas nuevas y colosales, este libro de Brittain no es una fuente de primer orden. Tampoco en su composición formal, que está más cerca de la lírica victoriana de Pater y de Ruskin, y en suma, de una melancólica aflicción que Apollinaire y Tralk, por ejemplo, llevarían a otros terrenos más inhóspitos e inseguros. Pero es precisamente esto, la muerte inesperada de la seguridad de un mundo, del reducido mundo oxoniense que les aguardaba, lo que Brittain quiere retratar en su radical y dolorosa novedad.

A lo cual añade una cuestión que hoy ha vuelto a adquirir actualidad, pero que entonces se hallaba en un modesto grado de desarrollo: la cuestión del feminismo; o si se quiere, la cuestión del protagonismo social de la mujer, cuyas interioridades retrata Brittain en la primera parte del libro, para dar cuenta, no sólo de lo que se esperaba de una señorita eduardiana a partir del fin de su adolescencia, sino de los numerosos reparos e inconvenientes que encontró Brittain para acceder a la universidad, tanto por parte de su familia, como de la propia institución lectiva. Todo eso cambiará drásticamente con la guerra. Pero cambiará, como se muestra en el libro, a un precio inmoderado.

Brittain sabe que el creciente, que el decisivo papel de la mujer, debe mucho a las necesidades de la guerra. No sin enormes reticencias, la sociedad europea de primeros del XX aceptará el protagonismo de la mujer en tareas esenciales, como la asistencia hospitalaria a los jóvenes que volvieron del frente convertidos en espantosos despojos. En una parte sustancial, este Testamento de juventud es también el testamento de esa realidad clínica, absolutamente inconcebible apenas unos años atrás, y que tendrá su traducción tanto en el psicoanálisis de Freud y sus tramas de guerra, como en el surrealismo de Breton, joven médico de campaña. Una realidad, por otra parte, que es el fruto lógico de una forma de conflicto, de unas capacidades bélicas, nunca probadas antes.

En este sentido, acaso fuera Valle-Inclán, en su La media noche. Visión estelar de un momento de guerra, quien haya adoptado la perspectiva más adecuada, a la hora de presentar la Gran Guerra. En Valle, la guerra es una guerra vista desde el avión, donde los hombres viven y mueren -donde las muchedumbres huelen- como las hormigas de Mauricio Maeternich (recordemos que, en 1916, Valle fue invitado al frente de Verdún por el gobierno francés, acompañado de Corpus Barga). Este brusco acolmenamiento, y su abultado resultado en muertes, prolongado y agravado por un extenso limbo clínico, es lo que Brittain nos ofrece, en su completo círculo de espanto. Pero debe destacarse, y Brittain así lo hace, que unas mujeres que han visto en los hospitales la desmembración y el sufrimiento de los cuerpos; que han conocido las impertinencias y cuévanos de la anatomía humana; que han visto morir, deformes y convulsos, a sus compatriotas más jóvenes, no pueden asumir ya -no pueden concebir siquiera- el ruboroso amor romántico, previo a la guerra, donde la fisiología era una enorme interrogación, nunca expresada, que se resolvía con el matrimonio.

Los locos años 20 serán, pues, no sólo el fruto del dolor, la urgencia y la exasperación de unos jóvenes que han sobrevivido al Apocalipsis. Son también, y así lo explica Brittain, el resultado lógico de un mero conocimiento de la anatomía humana. A todo esto debe añadirse, con la mayor importancia, tanto la vindicación que hace Brittain de la libertad y la igualdad de la mujer, como de un internacionalismo, resumido en la Sociedad de Naciones, y que busca la consecución de una paz realista y duradera, que destierre la posibilidad de otra guerra.

El libro, sin embargo, termina con una visión pesimista sobre tal asunto. Al igual que su compatriota Keynes, Brittain habla de Las consecuencias económicas de la paz y del imprudente estrangulamiento al que se sometería a Alemania tras el armisticio de Versalles. Sobre esa oclusión se cimentaría un malestar venidero, que estallará pocos años más tarde. También sobre la doctrina Wilson, que separaría por etnias el asendereado vientre de Europa. Un siglo después, esa cuestión no sólo vuelve a craquelar el continente, sino que amenaza y divide ya a la vieja Britania de Vera Brittain.

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